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Si situar al hombre en el centro de la escena, empoderándolo y explotando su costado emocional es el mantra constitutivo de una digita (liza) ción que, entre otras cosas, posibilita vivir felizmente en verdaderas burbujas. ¿Qué consecuencias tiene ello para el arribo a consensos o síntesis? ¿Cómo o quién produce sentido? ¿Estamos en la era de la inclusión o de la fragmentación? ¿Cuál es el impacto del paradigma actual en las democracias tal como las conocemos?


Por Pablo Orcinoli – Director de Prolugus

“Emotional rescue”, es el título de un tema de los Rolling Stones que, con total legitimidad, podría entenderse como una correcta apreciación de este momento histórico, donde la irrupción de la digitalización vino a modificar costumbres y patrones de comportamiento. La velocidad del fenómeno, sustentada en su eficiencia panóptica, permite interpretar al individuo, desnudarlo y convertirlo en producto. A su vez, la lógica de la economía de las emociones lo entretiene, lo segmenta, hace benchmark con él y, de ser necesario, lo descarta. 

Para poder arribar a un entendimiento profundo del hombre (hábitos, consumo y preferencias), es necesario contar con acceso a la información; y para poder organizarla es condición sine qua non transformarse en su guardián. Internet, con el apalancamiento del emergente dataismo que explota el poder de los algoritmos para comprender qué seduce a las personas y mostrarles un abanico de opciones de consumo y de asuntos de interés público a su medida, cumple ese rol. El consecuente “call to action” comercial y también ideológico, que es es constitutivo del nuevo paradigma, favorece una cultura de bandos que anula la duda y la contradicción. Pero ¿Cómo lo logra? Es que las identificaciones derivadas de la nueva cultura de consumo de información se dan sólo en la medida en que el yo coincide (match) con aquello que llega; de modo que el consenso y la discusión parecen perder terreno a favor de las tribus, haciendo de la síntesis y de la producción de sentido (si es que esta es social) un bien en extinción. Tal como menciona Jamie Bartlet en People vs. Tech, «si cada quien recibe un mensaje personalizado, no hay debate público común: sólo millones de debates privados”. Para el sujeto, la propuesta de valor tiene que ver con vivir felizmente en burbujas políticas segmentadas y organizadas arbitrariamente de forma algorítmica.

Ahora bien, en esta era de la posverdad – un tiempo en que la percepción de la realidad se ve esparcida por la multiplicación de versiones sobre ella misma, sin que importe su verosimilitud -, si cada sujeto recibe un mensaje personal. ¿Dónde queda lo político entendido como visión común / compartida? 

El factor condicionante

Las redes sociales, con los algoritmos que seleccionan qué información ofrecer a cada usuario, dan forma al discurso público. Un canal de información funcional hecho tan a medida que termina siendo una anteojera que fragmenta más de lo que incluye, y favorece comportamientos en los que prevalece el YO. Resulta clarificador el planteo del filósofo Byung Chul Han en La Sociedad del Cansancio: “En un contexto donde las nuevas formas de comunicación desmantelan la relación con lo distinto, el sujeto moderno se desembaraza de la negatividad del otro.” Ergo, se positiviza en relación a una discutible identidad construida en base a respuestas emocionales.

“Estamos inmersos en un panóptico digital”, dice Han, en donde el ser humano voluntariamente se desnuda para encontrarse consigo mismo en la red, exteriorizando sus demandas y necesidades. Pero este espacio de libertad plena funciona paralelamente de forma amable y eficiente para dominar, fragmentar el comportamiento futuro, y hacer del devenir de las cosas algo predecible y mensurable.

Conceptos como democratización, emociones y libertad parecen entrar en tensión con lo opuesto e invisible: inclusión filtrada o fragmentación, socialización construida. Así como para Maquiavelo “dividir para reinar” era una de las estrategias de gobernabilidad más eficientes, para los tecnócratas, la transparencia, el acceso ilimitado y el entendimiento profundo del hombre son sus armas clave para fragmentar y dominar. Con la irrupción de la digitalización, así como la producción de sentido parece ir de lo social a lo individual, la noción de pueblo luce anacrónica, ya que hoy el pueblo es en verdad UNO mismo identificándose con aquello con lo que adhiere. Si no hay grandes consensos, ¿Qué futuro tendrán las democracias occidentales tal como fueron concebidas y las conocemos?  Y para el individuo ¿Es preciso un rescate emocional?

*El personalismo y la emoción en el tono prevalecen en relación con lo típicamente institucional y racional. El populismo barre con la corrección política en tanto que la lógica de nosotros vs. ellos se hace parte del fenómeno.