Soy amarillo ¿y qué?

Por Felipe Vergara (@felipevergaram )

Hay cierta obsesión en algunos sectores políticos en catalogar peyorativamente a quienes valoran determinadas posturas de una u otra corriente, de “amarillentos”, como si reconocerle algo bueno a una propuesta, cuyo sector no comulga con el mío, significase renegar de mis principios.

Es esa postura la que tiene a muchos países extremadamente polarizado, recuerdo que en 1985 -en plena dictadura militar chilena- un tío que estimaba mucho, me dijo “tú eres de derecha”, entonces yo, con la ingenuidad de un joven le dije que no, ante lo cual me respondió “entonces eres comunista, porque el que no es de derecha es comunista”, la historia es más larga, lo triste es que 35 años después hemos vuelto al mismo punto.

Hace unas semanas pasada caminaba por fuera de Escuela Militar, donde un pequeño grupo se manifestaba en contra de una nueva Constitución propuesta en nuestro país, uno de ellos me lanzó una bandera en la cara, ante lo cual le pedí respeto al que va pasando y la reacción inmediata fue gritarme “ándate comunista”. Siendo ecuánime (o amarillo), he visto la misma reacción cuando marchando uno pide consideración con quienes no comparten las causas de nuestras manifestaciones; pasando inmediatamente a ser catalogado de fascista.

(…) le pedí respeto al que va pasando y la reacción inmediata fue gritarme “ándate comunista”. Siendo ecuánime (o amarillo), he visto la misma reacción cuando marchando uno pide consideración con quienes no comparten las causas de nuestras manifestaciones; pasando inmediatamente a ser catalogado de fascista.

Días atrás un diputado chileno encaró a un ministro de su propio sector y en su reclamo le preguntaba “de qué lado está”, como si sólo existiesen dos opciones: estás conmigo o contra mí. Se puede no ser ni comunista, ni fascista; es que el abanico es mucho más ancho que los extremos en que ciertos grupos debaten. La gama de colores es tan amplia, como la libertad para expresar mis principios, sin que ello sea causal de odio o violencia.

Así surge el amarillo como calificativo a una postura política, que pareciera ser más abierta, tolerante y, por sobre todo, respetuosa de las diferencias. Pero el amarillo es mucho más: partamos de la base que es uno de los colores primarios, ergo, de él surgen miles de colores diferentes, eso ya lo hace especial; pero además el sol es amarillo y es la fuente de nuestra sobrevivencia; es el color de los destacadores que habitualmente usamos en nuestros apuntes y el que tono que usamos en nuestros post-it para recordar cosas importantes, no es un color cualquiera.

Siendo así, creo importante valorar ciertos aspectos “amarillentos”. El esfuerzo que está haciendo el gobierno del presidente Piñera en el tema Constitucional, tributario y de pensiones es importante, puede que no alcance, puede requerir profundizar y llegar a mejores consensos; sin embargo, partir de la base que porque lo propone el gobierno es malo, me parece a lo menos arrogante.

No es menor que esta administración haya tenido que resignar parte importante de sus principios para lograr avanzar en las demandas sociales. El presidente Piñera no llegó al gobierno prometiendo una nueva Constitución, tampoco ofreciendo subir el sueldo mínimo, el impuesto a los más ricos o disminuirles el sueldo a los cargos directivos del sector público. No lo hizo porque no son los principios en los cuales se sostiene la derecha, así que ceder en ello, de seguro es un tremendo esfuerzo para La Moneda y, a su vez, un contundente triunfo para la calle que logró lo que ningún gobierno o parlamento había podido conseguir.

Felipe Vergara Doctor en Comunicación. Académico Universidad Andrés Bello @felipevergaram

Ahora, valorar esos esfuerzos, no me hace ni cercanamente de derecha, sólo significa reconocer y valorar el esfuerzo que están haciendo. Tampoco marchar y apoyar las causas del Estallidos Social en Chile me transforman en izquierdista, anarquista o comunista (como me han dicho), sino que significa que comparto y me identifico con sus demandas; como a su vez, defiendo demandas tales como la equidad de género, el matrimonio igualitario y la adopción homoparental, sin que ello me haga necesariamente ser homosexual.

Creo en el libre mercado, sin que ello signifique que soy pro empresa, son dos cosas totalmente distintas; pero ser pro mercado no me hace capitalista o, parafraseando a Maduro, “imperialista”. Y, por último, me siento extremadamente crítico de modelos de gobierno como el de Cuba, Venezuela, Filipinas, Brasil y otros regímenes de corrientes autoritarias que coartan las libertades individuales.

Si todo eso es ser un “amarillento”, entonces claramente me siento orgullosamente amarillo. Así como el centro político no es un punto equidistante entre la izquierda y la derecha, sino que el lugar en que confluyen las mejores ideas de ambos (como podría ser un triángulo equilátero). El amarillo no es estar “donde calienta el sol”, es estar donde las papas queman y desde ahí buscar consensos entre los extremos que permitan soluciones concretas para el Chile real.

Por todo eso es que sí, soy amarillo ¿Y qué?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.