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Siguen sin escuchar

Por: @OrlandoGoncal

En noviembre de 2019, motivado por las protestas sociales en varios países de la región, escribí un artículo titulado “Las explosiones sociales, llegaron para quedarse” donde manifesté lo siguiente:

“Con una valoración razonada podemos decir que los ciudadanos han llegado al límite, perciben que el sistema democrático no está ofreciendo las respuestas y soluciones a sus requerimientos, por lo tanto, al sentirse al límite, explotan”

También escribí “Las sociedades deberán mentalizar que, el cambio climático es un problema global, pero, también tendrán que acostumbrarse a éstas explosiones sociales en la medida que no haya solución a la desigualdad social, fenómeno que amenaza con convertirse en problema global”.

No tardó en llegar el problema global y, con ésta pandemia la posibilidad de que surjan protestas sociales, revueltas y, hasta cambios de regímenes o revoluciones está más latente. Mucho se ha dicho que el covid-19 nos afecta a todos por igual, pero, la realidad nos está indicando otra cosa. Las clases sociales más vulnerables, las más desposeídas, que no la pasaban bien, ahora están peor. El aislamiento físico, –que parece ser la medida más eficaz para desacelerar los contagios y por ende las muertes-, es fácil decretarlo, pero, para las familias pobres, sin ahorros, que viven de lo que diariamente logran obtener, al estar encerrados, sin producir, si no reciben apoyos gubernamentales, pues la pasan peor que tiempos atrás.

Por ejemplo, la Organización Internacional del Trabajo –OIT- a través de su director general, Guy Ryder, advirtió que la pandemia destruirá 195 millones de empleos en todo el mundo y reducirá drásticamente los ingresos de otros 1.250 millones de personas y, fue más allá al decir “Los trabajadores y las empresas se enfrentan a una catástrofe, tanto en las economías desarrolladas como en las que están en desarrollo”.

Observemos lo interesante de ésta declaración, pone en un mismo párrafo a los trabajadores y las empresas, es decir, no separa al ser humano de la productividad, pues uno sin el otro no son nada. Ahora, parece que algunos gobiernos privilegian a unos sobre otros, sin entender que, es una relación bidireccional, donde cada uno cumple una función. Así que, “decretar” el confinamiento, no es suficiente. Si dicha medida no viene acompañada con planes concretos de auxilio a la población y a las empresas, será tinta muerta.

Por dar un par de ejemplos, el parlamento de Panamá aprueba una ley de moratoria para ayudar a los ciudadanos a sobrellevar la carga de la ésta crisis, y el ejecutivo sencillamente la ignora, y, ni siquiera opina, mucho menos le coloca el ejecútese. Cuesta entender ésta actitud.

Difícil comprender también, como el gobierno Colombia, se salta a la torera límites que le imponen la Constitución Política a la hora de implementar el Estado de Emergencia, emitiendo decretos ejecutivos, que además de estar fuera de su competencia, buscan favorecer a grandes conglomerados empresariales, además, imponiendo impuestos a los ciudadanos, sacándole dinero de los ya vacíos bolsillos de estos.

Entendamos que antes de la pandemia, la mayoría de los ciudadanos de nuestra región eran pobres – o en el mejor de los casos, clase media empobrecida- y, ahora, con esta crisis económica lo serán muchos más; por lo cual, las tensiones sociales van a llegar a tales niveles que la soga reventará, y quizás presenciemos, nuevamente, explosiones sociales, pero, esta vez, podrían ser más violentas, con consecuencias trágicas. De suceder eso, entonces surgiría la pregunta ¿Fue correcto enfocarse solo en los ciudadanos, o, solo en las empresas?

La respuesta parece obvia. Las empresas no funcionan con cadáveres, al igual que a los ciudadanos no le servirán empresas cadavéricas, así que, ese falso dilema entre economía y vida debería quedar desterrado. Sin vida, no hay economía y, nos guste o no, sin economía, tampoco habrá buena calidad de vida.

Es hora de que, los líderes de los Estados comiencen a pensar con audacia, entendiendo que los problemas globales requieren soluciones globales; por lo tanto, además de pragmatismo, necesitan entender que, cada país tiene sus propias características, pero los problemas subyacentes que enfrentan, incluida la desigualdad, la pobreza, la inequidad, están presentes en muchos de ellos, y ninguno está exento de un estallido social con niveles de desesperación sin precedentes.

Señores gobernantes, esto no se trata de decretos. Los decretos no resuelven los problemas, la implementación de verdaderas soluciones estructurales, el diálogo permanente con todos los actores de la sociedad, las decisiones consensuadas que busquen el mayor bienestar general, eso sí ayuda. Es hora de escuchar y sacar lo mejor de todos para superar juntos ésta crisis.