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Es muy difícil explicar lo que ocurrió en las elecciones del 21 de noviembre. Dudo que alguien en otro país pueda entender el torbellino que ha golpeado a Chile en apenas dos años. Hace sólo seis meses, los chilenos eligieron a los convencionales que están redactando la Nueva Constitución. Al igual que en la Cámara de Diputados, son 155 y representan exactamente a los mismos distritos territoriales. En la ocasión, el oficialismo no alcanzó ni siquiera a conquistar un tercio de los escaños y el Partido Republicano, el de José Antonio Kast que alcanzó el primer lugar en la primera vuelta de los comicios recién celebrado, obtuvo apenas un cupo. Uno de ciento cincuenta y cinco. Claro, la Convención era el reflejo del 80% obtenido en el plebiscito que votó por cambiar la Constitución heredada de Pinochet, y cual permitió descomprimir las demandas de cambio expresadas durante el  estallido social del 18/0 de 2019.  Y si de contradicciones se trata, no olvidemos que estamos terminando de vivir 16 largos años en que se fueron turnando en el poder dos presidentes – Michelle Bachelet y Sebastián Piñera -totalmente contradictorios entre sí y que parecen representar estas dos almas que parecen cohabitar en los chilenos: uno católico, de derecha, rico, estudiante en Estados Unidos, v/s la otra atea, de izquierda, de clase media y que vivió en la ex RDA.  

Pero pareciera que el stress y vaivén político que hemos vivido estos dos años, nos ha afectado la salud mental colectiva a los chilenos. Partiendo por el 18/0, pasando por la pandemia y luego las 5 elecciones que hemos enfrentado en poco más de 12 meses. ¿No está pasando que nos volvimos locos?. Al menos amerita una reflexión profunda para entender porque el giro tan radical. De seguro, hay responsabilidades de muchos políticos –como la arrogancia de dirigentes del Frente Amplio que llamaban a refundar todo, con una intolerancia total por las opiniones del resto. 

Ya tendremos tiempos de decantar las consecuencias políticas de una elección en que la ex Concertación y ex Alianza por Chile –sus nombres originales- inició su funeral después de 30 largos años en que se disputaron alternadamente el poder, en lo que en lenguaje de ME-O sería “un duopolio”. Porque anoche, se inició un nuevo ciclo en que, por un lado, la expresión de extrema derecha y el debutante Partido de la Gente –una versión light de lo que fue hace unos meses La Lista del Pueblo y antes el Frente Amplio- le dieron una verdadera bofetada a los bloques tradicionales, esos que por años capitalizaron la “administración” de la transición. Décadas con sus parlamentarios instalados en el Congreso –varios terminaron un ciclo de 30 años de “servicio público” ayer-, repartiéndose cargos y pensando que esto sería eterno, como los Demócratas y Republicanos en EEUU.

Tanto Kast –ultra derecha- como Boric –izquierda que suma al Partido Comunista-, deberán replantearse sus programas, ampliar la mirada y negociar si quieren alcanzar el poder, y claro, tratar de buscar el centro si quieren triunfar en la segunda vuelta del 19 de diciembre. Sin duda, quien más “concesiones” deberá hacer es Kast, porque la verdad es que su programa original –ese que lo descolocó en el último debate y no fue capaz de explicar- plantea reducir el Estado eliminando ministerios, despidiendo a 30.000 empleados públicos, impugnar la ley de despenalización del aborto, privatizar la empresa estatal de cobre, Codelco, entre otros. Esa es su propuesta real al país, esa que pasó desapercibida por el foco en la seguridad ciudadana, su posición radical para enfrentar la migración y la violencia en La Araucanía, algo que Sebastián Sichel –el abanderado del oficialismo que obtuvo el cuarto lugar- muy poco podía mostrar siendo en representante de un gobierno que fracasó rotundamente en esos temas. 

Si Marco Enriquez Ominami, que competía por cuarta vez, tuvo un acierto, fue frase que uso en el último debate: “el Dr. Miedo”, para apuntar a la campaña de Kast, quien alcanzó el primer lugar gracias a su brutal relato, y por supuesto, la pésima campaña de Sichel. Pero el factor clave en este mes será Franco Parisi –un outsider que se declara “ni de izquierda ni derecha”- , la gran sorpresa de ayer al alcanzar el tercer lugar. Porque aquí sí, la locura de los chilenos se vio en todo su esplendor. Un candidato que no pisa suelo nacional hace dos años, que no vino ni para la campaña, que no votó y le debe 207 millones en pensión a sus hijos. Que declaró ante el Servel un sueldo miserable, pese a que Mega mostró ayer su casa en EEUU. Porque más allá de que Parisi demostró el peso de las RRSS y medios digitales, cuesta entender que “la Gente” –su partido obtuvo la impresionante cifra de 8 senadores y 7 diputados-  le compre su discurso populista y pase por alto todos los factores mencionados del candidato. Parisi será relevante en la segunda vuelta –es mucho más cercano a Kast, sin duda, aunque diga que no es “de izquierda ni derecha”-, pero será aún más importante en el Congreso, dónde el populismo capitaliza rápido.

Desde ahora se inicia una elección completamente distinta, pero también un ciclo político, en que el populismo pasará a ser relevante, dónde veremos el fin y nacimiento de nuevas coaliciones y pactos, partiendo por el entierro de la Concertación-Alianza, con un parlamento en que nadie tendrá mayoría, pero con nuevos actores que harán más difícil avanzar en los proyectos de cambio social iniciados hace dos años, partiendo por los 14 diputados Republicanos que obtuvo Kast. Pero quizás el signo que grafica mejor nuestra locura es que en la RM tengamos de senadores a Fabiola Campillai, una víctima de la acción policial en el estallido social, que sacó la primera mayoría en la Región más grande del país, y a Rojo Edwards –del partido de Kast- que planteó en su campaña que volvieran las detenciones ilegales en las protestas, lo que hizo recordar a la CNI, la temida policía política que asesinó e hizo desaparecer a cientos de chilenos durante la dictadura.