Pornografía democrática

 

“Pornosofar” es ser auténtico también en el pensamiento; debemos reconocer que siempre pretendemos que pase algo con lo que pensamos: debemos convencer, conquistar, lograr que nos den dinero, que nos rindan pleitesía y, así, tener más sexo a partir de eso.

Por  Francisco Tomas Gonzalez Cabañas

 

Tal como si fuese el Barrio Rojo de Ámsterdam, o una muestra verdaderamente vanguardista y artística, se inicia la temporada alta del intercambio, crudo, puro, duro y lujurioso, entre los sectores minoritarios que tutelan (por acción u omisión) a los vastos bolsones de pobres, marginales y excluidos. En nombre del velo protector de lo democrático, a resguardo de ese látex, símil al preservativo y que se traduce en lo cotidiano de la danza grotesca, envalentonada por expresiones guturales que invitan a jornadas dionisíacas completas, para que estos grupúsculos ensimismados en la envergadura de sus colectoras, de la erección de sus vanidades, de sus postureos, de sus candidaturas obturadas de la convicción de representar, cojan, las voluntades diseminadas por los latifundios en donde sobreabundan las necesidades insatisfechas, enquistadas en cuerpos inanimados, cosificados y reducidos a la mínima expresión de receptores de efluvios, en una suerte de eyaculación sempiterna o de nunca acabar, el clímax del goce, se escuchará no sólo en el cuarto oscuro en donde se lleve a cabo el acto lascivo, sino en toda la extensión de la comarca. La repetición, el llevarlo al estadio pornográfico, nos corresponderá a quiénes comunicamos, lo que nos transforma, en más cómplices de lo que pensamos, creemos e imaginamos, de tamaña inmoralidad que en tiempos electorales perpetramos en nombre de la sacrosanta, sagrada y totémica democracia actual.

Sí coincidiéramos con el Marqués de Sade en que las prostitutas son las únicas filósofas auténticas, deberíamos ir en su búsqueda, dado que, desde hace un tiempo, no las encontramos más en los burdeles ni en las calles, ya que continúan siendo perseguidas por su ejercicio. Lo son desde tiempos inmemoriales y, ahora, son confundidas por quienes las capturan como esclavas sexuales. Que atesoren el filosofar puede ser, incluso, más cuestionable; pero si intentamos definir qué es el filosofar, probablemente el camino se nos allane. El amor a la sabiduría, tal como lo indicaría la definición etimológica, nos puede dar una pista. Las prostitutas, insistimos, las auténticas, trabajan con la esencia, con la materia prima del amor, que es lo sexual.

La insensatez, sobre todo política, de amar a la sabiduría, sirve en un espacio acotado de tiempo. Lo mismo pasa con las personas que dicen amarse: firman un contrato (matrimonio) y se someten a convivir como si esa sensación (la mayoría de las veces, sexual) perdurara infinitamente en el tiempo. Los que decían amar a la sabiduría, les sirvieron políticamente a sus respectivas sociedades; fue el caso de Sócrates y el de Platón. Luego, esa imposibilidad de seguir amando (es decir, al principio, al legitimarlas bases de lo político, ese amor era reluciente, real y útil), generaba que cuestionaran aquello que habían ayudado a construir; por eso, uno terminó suicidándose; el otro fue vendido como esclavo. No podían amar lo que había sido modificado, pero tampoco, como filósofos, podían dejar de amar esa búsqueda del saber. Aquel que contrae matrimonio con quien dice amar, siente, en un determinado momento, que esa sensación primigenia se ha modificado (otro de los aspectos constitutivos de lo sexual, en relación a lo amoroso, es la idea de perpetrar sempiternamente los pocos segundos que dura un orgasmo); por esa causa, se cuestiona si debe romper el contrato o continuar con un amor que pasó a ser otra cosa. Las prostitutas, profesionales de la sexualidad, son las que conocen, mejor que nadie, el momento exacto en que la verdad se transforma en mentira; saben cómo no caer en el matrimonio y cómo fijar un límite cuando lo necesario y conveniente se vuelve peligroso (lo que le ocurre a los filósofos).

Etimológicamente el porno, la pornografía, es lo que se escribe acerca de las prostitutas. El concepto de “pornosofía” alude a la sabiduría que podría estar detrás de quienes atesoran esa actitud ante la vida de defender lo que creen o sienten como cierto. La raíz griega de este término implica lo absoluto; es ahí en donde  encontramos un nuevo hermanamiento entre filosofía y pornografía: detrás de nuestra construcción conceptual de la pornosofía. El “pornósofo” debe ir detrás de lo auténtico, de ese absoluto en el que creé y por el que se guía su yo en el mundo. “Pornosofar” es ser auténtico también en el pensamiento; debemos reconocer que siempre pretendemos que pase algo con lo que pensamos: debemos convencer, conquistar, lograr que nos den dinero, que nos rindan pleitesía y, así, tener más sexo a partir de eso.

Lo singular es que, hoy en día, tanto a la filosofía como a la pornografía —padre y madre de la pornosofía— les está ocurriendo lo mismo: no terminan de morir y vegetan en la inanición de haber sido, en su momento, interesantes formas disruptivas del orden establecido. La filosofía ha dejado, hace siglos, una amenaza para las mentes más acomodadas; en lo mejor de los casos, devino en un pasatiempo. Filosofar es una jactancia literaria; en cambio, “pornosofar” es una obligación para quiénes tienen la posibilidad de hacer sinapsis. La pornografía le ha dado paso al sexo plástico que se viraliza en las redes sociales y que se impone como regla. Es la cosificación, no de un género, sino de una condición: la del pobre o del menos pudiente. En el reinado de la estética, que impuso operaciones y resultados de quirófano, la pornografía perdió su capacidad de escandalizar. La pornosofía llega, como todo hijo, no para la superación de sus padres, sino para el rescate de sus memorias, de aquello que, como reliquia, conocemos como filosofía y pornografía.

Los hombres temen al pensamiento más que a cualquier otra cosa en la tierra, más que a la ruina, incluso más que a la muerte. El pensamiento es subversivo y revolucionario, destructivo y terrible; el pensamiento es despiadado con el privilegio, las instituciones establecidas y los hábitos confortables; el pensamiento es anárquico y sin ley, indiferente a la autoridad, despreocupado de la acreditada sabiduría de las edades. El pensamiento escudriña el abismo del infierno y no teme. Ve al hombre, esa débil partícula, rodeado por insondables profundidades de silencio; sin embargo, procede arrogante, tan impertérrito como si fuera el señor del universo. El pensamiento es grande, y veloz y libre, la luz del mundo, y la principal gloria del hombre…Pero para que el pensamiento llegue a ser posesión de muchos, no privilegios de unos pocos, debemos eliminar el temor. Es el temor lo que contiene a los hombres, el temor de que sus acendradas creencias resulten engañosas, el temor de que las instituciones por las que viven resulten dañinas, el temor de que ellos mismos resulten menos dignos de respeto de lo que habían supuesto que era…Es mejor que los hombres sean estúpidos, lerdos y tiránicos y no que su pensamiento sea libre. En efecto si su pensamiento fuera libre, podrían no pensar como nosotros. Y este desastre debe evitarse a toda costa… (Bertrand Russel, Principies of Social Reconstruction).

“Pornosofar” la política, garcharla para que ella no nos garche; debemos quitarnos la dignidad evitando el virus que, con su miembro, la clase política, lasciva, nos intenta inocular para que nos quedemos en  un paro tanto laboral como existencial.

De lo contrario, y dado que sí no nos cuestionamos nada, no somos más que la parte del problema, los excesos, la pornografía como repetición lo es, terminara exasperándonos en su consecución hacia el hastío, y pereceremos en su multiplicación ad infinitum, en su burda y desquiciada reproducción por la reproducción misma, que acabará con nosotros mismos, llevándose antes, como tal vez lo está realizando, al sentido, de lo social, de lo contractual, de lo democrático.

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