¿Por qué los chilenos dejaron de sentirse chilenos?

Por Germán Silva Cuadra

“Los ingleses de América”, un país correcto y legalista. El “oasis” de Sudamérica –como afirmó el presidente Piñera dos semanas antes del estallido social-. Chile acogedor de los forasteros. Integrante de la OCDE pese a estar inmerso en un barrio que le incomoda y desprecia. País católico y de misa dominical, donde los poderosos no se tocan, porque, aunque cometan “errores”, aportan al desarrollo gracias a la política del “chorreo” –es decir, el que genera riqueza y reparte unas migajas a los demás-. Un país que valora la familia tradicional por tanto no acepta el divorcio y menos la convivencia entre personas del mismo género. 

¿Dónde quedó ese país? En menos de una década, los chilenos nos dimos cuenta que mucho de lo que creíamos eran certezas, se habían esfumado. O tal vez, eran simplemente mitos con que la elite convenció al resto que esas eran las reglas del juego. Creo que la celebración del bicentenario, en 2010, fue el principio del derrumbe de algunas creencias. En ese momento, los medios, las empresas, y la elite se encargaron de refregarnos esos mitos. Pero los chilenos se dieron cuenta que, varios de ellos, no sólo no tenían vigencia, sino que eran distantes y lejanos a la cotidianeidad que vivían a diario. 

Luego vendría la crisis de las instituciones. Estas se fueron derrumbando una a una, con una secuencia tan dramática como inesperada. Primero fue la clase política, que nos permitió agregar a nuestro léxico el concepto de “boletas ideológicamente falsas” -para denominar un fraude tributario que consistía en “inventar” un servicio inexistente- con que algunas empresas financiaban parlamentarios y que dejó en evidencia cómo los intereses entre el poder económico y político se entrecruzan. A continuación, siguieron las grandes empresas, cuyos dueños se habían formado en Chicago y predicaban el valor del mercado y la competencia, pese a que durante décadas se habían coludido para fijar precios a sus productos olvidando todo lo aprendido de Milton Friedman. 

Y claro, el golpe final lo propició la Iglesia Católica, esa institución que había cumplido un rol fundamental durante los años oscuros de la dictadura, pero que ahora unía a sacerdotes progresistas y conservadores en una misma conducta aberrante y mucho más extendida de lo que su propia jerarquía fue capaz de comprender y aceptar: los abusos sexuales a menores de edad. 

De pronto supimos que los “curas” –como se les dice a los sacerdotes en Chile- tenían doble vida, que predicaban y entregaban penitencia a los pecadores de día y de noche eran capaces de robar la inocencia y traicionar la confianza depositada en ellos por jóvenes y niños que entregaban la fé a sus “pastores”. 

Los chilenos, entonces, nos dimos cuenta que el país correcto ese que dejaba que “las instituciones funcionen” –frase que repetían constantemente varios presidentes durante la transición- se había esfumado. Después llegarían los migrantes, aunque esta vez no eran los colonos alemanes, españoles o italianos que se habían adueñado del sur, incluyendo a la siniestra 

Colonia Dignidad. Tampoco eran rubios, ni tenían tez blanca. Eran negros, haitianos, venezolanos, colombianos. Así, “Los Huasos Quincheros” –un grupo de música folclórica tradicional ligada a la aristocracia- dejarían de repetir la frase con que sacaron, por décadas, aplausos de la elite “Y verás cómo quieren en Chile al amigo cuando es forastero”. Ahora a los chilenos nos tocaba descubrir que éramos xenófobos, y muy poco tolerantes a la diversidad.  

Luego vino el 18/0. Fue la pieza magistral de una sociedad cansada de los abusos, de la desigualdad disfrazada de Teletón. Fue el inicio de la rebelión contra las élites y las instituciones que “no funcionaban”, pero también la expresión de indignación contra un sistema que estaba consagrado y liderado por unos pocos y aceptado de manera inconsciente por el resto. Para desgracia del presidente Piñera, sus sobre promesas de “Tiempos Mejores” –el eslogan con que ganó las elecciones de 2017 con 54%- y su propia historia lo pusieron en la vitrina que necesitaba la gente para representar todo eso que ahora molestaba. Un hombre rico, poderoso, frío, distante. Y la historia del Banco Talca –por el que estuvo procesado judicialmente- o el relato de campaña en que decía que era de clase media provocó un quiebre cognitivo. No calzaba. Atrás quedaba esa idea grabada en el subconsciente que reforzaba que era mejor tener un rico en La Moneda, porque “los ricos no roban” o esa fantasía aspiracional de que un rico en el gobierno ayudaría a la gente a encontrar trabajo y subir su nivel de vida. 

Esta es una rebelión ciudadana que pareciera apuntar sin dirección y ser más bien un tiro a toda la bandada. Lo que se aprecia hoy es una molestia generalizada, contra todos y todas las que tienen poder. Es como si la gente estuviera pasando la cuenta de décadas de desigualdad y haber sido engañados. Las instituciones perdieron la confianza de la gente –la encuesta anual del Centro de Estudios Públicos mostró, dramáticamente, que las tres peor evaluadas son el gobierno, el congreso y los partidos políticos- a tal nivel, que en la mega crisis que vivimos desde el 18/0 en adelante y se arrastra ya por un año y medio por la pandemia, en otros momentos la Iglesia habría cumplido con un rol articulador, orientador. Hoy la Iglesia Católica no existe, está ausente.  

En estas largas semanas en que los y las chilenos (as) hemos estado nuevamente encerrados, la élite no ha sido capaz de entender la magnitud de sus problemas, sus dramas y sus miedos. El gobierno ha sido mezquino, la oposición ha sido mezquina. Juan Sutil –presidente de los empresarios- diciendo que los emigrantes no aportan al desarrollo, pese que somos un país de emigrantes. Un empresario agrícola poderoso señalando que la gente prefiere no trabajar y vivir de los bonos que entrega el Estado para la emergencia. Esa élite pareciera creer que Chile es igual que hace 10 años atrás. Hoy tenemos ley de divorcio, de matrimonio igualitario –a través de la Unión Civil- y el sistema de ahorros previsionales “made in Chile” que hizo famoso al hermano del presidente en todo el mundo –las AFP- está en el suelo. Los ciudadanos desconfiando de los políticos, del gobierno, de la oposición, de la iglesia, de las cifras y la vacuna contra el covid-19.  

Chile ya no es la Inglaterra de Sudamérica. No vivimos en un oasis y tampoco somos superiores al resto. Piñera podrá decir que fue el primero en conseguir las vacunas, pero igual tiene 9% de respaldo. El gobierno podrá jactarse de que ha dado más bonos que nadie en este continente, pero igual la gente está enojada, molesta. En las redes sociales, en las conversaciones de pasillo, en las entrevistas que hace la TV y radios a personas comunes y corrientes en la calle, se observa rabia. Nadie parecía estar conforme con nada. Se critica al Sistema Judicial. Se desconfía de Carabineros. Se critica a los empresarios a los parlamentarios a cualquiera. A todos. 

No importa que un bono suba unos cuantos pesos. El ciudadano se sintió solo, abandonado y gritó para poder recurrir a sus propios ahorros previsionales, pese a que la clase política se opuso en un comienzo. El ciudadano salió a las calles el 18/0 para pedir una Nueva Constitución y luego un 80% votó para que no fueran los mismos de siempre los que la redactaron, pero los que la escribirán serán ex ministros, ex parlamentarios, sin contar con que la lista de la derecha –que obtuvo apenas un 22% y que se opuso a cambiar la constitución firmada por Pinochet- sacará el primer lugar gracias al sistema electoral creado por los parlamentarios. 

Los chilenos parecemos habernos desencantado con los chilenos o con Chile. Es como si nos rebelamos de un pasado que nos avergüenza y que tenía más de espejismo que de realidad. Las nuevas generaciones deben preguntarse cómo fuimos capaces de tolerar una transición en que Pinochet, sí el dictador, siguió por años de Comandante en Jefe del Ejército y luego como senador designado. O como aceptamos la colusión de los productos esenciales, la desigualdad de género, la falta de dignidad o los abusos de menores en manos de respetuosos y aristocráticos sacerdotes.  Lamentablemente, nuestra élite aún no termina de entender porque la gente está irritada e inconforme con todo, pero tampoco entienden sus inquietudes, ni sus sueños, ni su realidad. Qué mejor ejemplo que el desconcierto que les produce el fenómeno en que se ha convertido la diputada Humanista Pamela Jiles –quien encabeza todas las encuestas para las próximas elecciones presidenciales de noviembre-. Es cierto, ella no tiene programa y ha tomado la bandera de un populismo carente de contenidos, pero logró capturar algo que el resto no vio: el retiro de los ahorros previsionales respondía a la autoafirmación de la gente de un derecho adquirido y a una crítica al Estado por la falta de apoyo. Pamela Jiles encarna la rabia y el desencanto emocional contra una élite insensible y ese Chile de hace diez que hoy no nos gusta. Eso que aquellos que protegieron el status quo y sus privilegios por décadas, no sólo no pueden ver, sino lo que es peor, tampoco comprender.