Política disociada, políticos asociados

Por Fernando Flores D’Ascencao

La presencia cuasi permanente de políticos o de personas que ejercen algún grado de gestión en los medios masivos de comunicación no hacen otra cosa que rubricar la instalada idea de la claudicación de la cosa pública bajo el conjuro de la comunicación de masas. Pero no es el actor en estos casos lo que degrada por sí sólo, si no la indulgente construcción del personaje bajo una pobre actuación de un mucho más pobre libreto y en una puesta en escena de barato carnaval.

Para poder desarrollar este concepto de raleza de ideas expuestas en los medios masivos, en temas de imperioso conocimiento para la audiencia, el público, la ciudadanía, conviene presentar primero los partícipes necesarios del sainete en cartel: Por un lado, como actor secundario -aunque siempre se lo presente como actor invitado- el político, el politólogo, el asesor, el consultor, el experto; y por el otro, el siempre necesario y conveniente actor principal de la obra –y muy generalmente productor de la misma- el periodista.

Fernando Flores D’Ascencao Licenciado en Comunicación Social (UNC) y Diplomado en Gobierno Local (Konrad Adenauer Stiftung).  Miembro de la Asociación Argentina de Comunicación Interna (AAdeCI).  Docente y Capacitador en Arte, Diseño y Comunicación. Consultor en Imagen y Comunicación, RR.PP., RR.II. y RSE. Participación en organización de Cumbres Latinoamericanas de Alcaldes y Congresos de Gobiernos Locales en Argentina y LatAm. Disertaciones: "Gobiernos abiertos, Comunicación directa", "Los nuevos escenarios de la participación comunitaria", "Las ventajas de comunicar legislación", "No comunicar igual a no gobernar", "Comunicación de crisis en las ciudades del siglo XXI", "La comunicación global del gobierno local", entre otros.
Fernando Flores D’Ascencao
Licenciado en Comunicación Social (UNC) y Diplomado en Gobierno Local (Konrad Adenauer Stiftung).
Miembro de la Asociación Argentina de Comunicación Interna (AAdeCI).
Docente y Capacitador en Arte, Diseño y Comunicación. Consultor en Imagen y Comunicación, RR.PP., RR.II. y RSE.
Participación en organización de Cumbres Latinoamericanas de Alcaldes y Congresos de Gobiernos Locales en Argentina y LatAm.
Disertaciones: “Gobiernos abiertos, Comunicación directa”, “Los nuevos escenarios de la participación comunitaria”, “Las ventajas de comunicar legislación”, “No comunicar igual a no gobernar”, “Comunicación de crisis en las ciudades del siglo XXI”, “La comunicación global del gobierno local”, entre otros.

El juego entonces que se plantea desde el vamos en estos sets televisivos, donde se supone se intenta despejar dudas, aportar ideas, clarificar conceptos, es diametralmente lo opuesto. Lo que se logra -con total efectividad al ser subrepticiamente lo buscado- es generar ruido, potenciar la confusión y postular la negación del debate, de la verdadera confrontación de ideas. Es negar el pensamiento en todo momento, negándole simple y llanamente la posibilidad del desarrollo, de la conceptualización, de la exposición misma de la idea.

Como primer punto, para que una idea pueda desarrollarse -en su conceptualización y en su estructuración- necesita de tiempos que la televisión no está dispuesta a brindarle. Pero no está en condiciones de ofrecérselos no porque no dispone de los mismos, sino porque brindarle esos tiempos a la presentación de una idea puede ser peligroso para el sistema mismo. No estamos en condiciones de adelantarnos y conocer cuál puede ser la idea que termina siendo formulada y mucho menos estamos abiertos a abrir un debate sobre algo que no conocemos sus posibles ramificaciones.

Y es en este momento que nos acercamos al segundo punto: No confundir libertad de prensa con libertad de opinión. Este freno que –como dueños de la sala de la obra- ponen los medios masivos tiene que ver con eso: Si yo pongo la sala, produzco la obra, la dirijo y contrato al actor principal, no me vengan a reclamar después que el guion lo hacemos entre todos ¡Ese pluralismo a la tribuna, la obra es mía!

Y entrando en el análisis del sainete en sí, lo primero que detectamos como público es el necesario cocoliche para el ruido permanente en el desarrollo de la obra, ruido de voces que se contradicen –si fueran ideas…-, actores secundarios que se pisan la letra permanentemente, que se adelantan en la escena, o que no quieren irse de la misma; pero el summum de todo en estos tiempos que corren es redondamente actores que ya no saben ni su letra ni escuchan la del otro para ver si lograr recordar la suya, terminando todos en una verdadera babel en completa debacle.

Y detrás de escena -a la sombra de las luces del show- el productor de la obra y dueño de la sala relame la victoria y recuenta sus billetes; mientras su actor principal -el contratado, el pago- se camina el escenario frenéticamente sin parar de un lado a otro o -sin parar también- interrumpe a los actores invitados no ya siquiera para preguntar o repreguntar sino simplemente para lo que fue contratado: editorializar y opinar con su libre albedrío de cotillón.

Pero nada tendríamos que asombrarnos como consumidores y televidentes si estas obras se nos presentaran como circenses, de ficción o como viejos talk shows guionados; o si por lo menos aparecieran en la grilla en horarios de media tarde. El problema aquí es que se nos presentan –obra y actores- como producciones serias con personajes serios para pensar temáticas serias.

Que los actores secundarios en estos sainetes del nuevo periodismo político, se rebajen a ser simples extras que se presentan por bolos de cada vez más triste desarrollo, es preocupante y alarmante para la sociedad toda. Simplemente porque esos actores son las personas que ejercen la política, la ejercieron o tienen intención de hacerlo.

Si para convencer de sus ideas, de sus pensamientos, de sus doctrinas e ideales a sus pares o a la sociedad toda, en lo único que se enfocan es en elevar la voz, en responder sin escuchar o en atacar para defenderse, estamos en serios problemas como representados: Primero y principal porque nuestros representantes están actuando en una obra para la que no se los encomió y segundo, porque si así se expresan, si así se manejan, si así desarrollan una idea, la verdad, es hora de levantarse de la butaca y -no sin antes pasar por boletería a reclamar la devolución de la entrada- salir a la calle nuevamente.

En un país como el nuestro –Argentina- donde el Poder Judicial dispone de mes y medio de feria al año, el Legislativo de tres meses de receso y cada nuevo Ejecutivo de un primer trimestre sin Congreso activo, la verdad, ver a sus actores día y noche ante las cámaras debiera preocuparnos, alarmarnos un poco más. No podemos como ciudadanos acostumbrarnos a ver en programas de toda hora, de toda índole, de toda temática, funcionarios que debieran estar ejerciendo su cargo en ese momento, como en el anterior y como en el siguiente. Porque más de 2 horas en una mesa, 1 en un living o 1/2 en un panel implican otro tanto de producción, de traslado, preparación, etc., etc. Y no es que lo debieran realizar en horario extra a sus funciones, eso es una falacia implantada; sencillamente ¡porque ser funcionario público es trabajo full time!

Preocupa entonces sobre manera el desfile carnavalesco de los políticos en los medios. Alarma esa costumbre instalada de sus presencias. Preocupan y alarman a toda la sociedad por cantidad y por calidad. Cuantitativamente por política disociada, cualitativamente, por políticos asociados.

Cada uno sabrá a qué o a quién, pero seguro muy poco a los deberes de funcionario público.