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Para los gigantes de internet, el mapa es el territorio

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En 1931, el científico Alfred Korzybski acuñó ante una audiencia de pares la frase “el mapa no es el territorio”. Se refería a que no hay que confundir a la representación, lo virtual, con lo representado, lo material. Y sin embargo…

Por Antonio Vázquez Brust (@vazquezbrust )

Digitalización de la cultura mediante, nuestras urbes han engendrado un alter-ego intangible, pero no por ello menos real: la versión de la ciudad que sólo podemos “ver” mediante las tecnologías de la información. La que aparece en los mapas de Google, de Apple o de OpenStreetMap. El doppelganger digital de la ciudad se nutre del contenido que en forma constante aportan los usuarios/ciudadanos, a veces adrede -como cuando colaboran con OpenStreetMap trazando calles y agregando nombres- pero en general sin advertirlo, dejando un constante rastro de sus movimientos y preferencias que Google y otros registran con ahínco.

La comodidad que nos brindan los mapas online, siempre disponibles en nuestro bolsillo, ya los hace indispensables. Yo no puedo imaginarme enfrentar una larga jornada de trámites y mandados sin la ayuda del mapa de Google para encontrar el camino más corto, o menos estresante, entre dos puntos. Y de paso, un buen café donde hacer una pausa antes de seguir. Y una lista de los lugares que he marcado para visitar si tengo la chance, si llego a pasar cerca. Y el estado de cortes de calles. Todo está ahí, conmigo en el centro, un puntito azul en torno al cual se desparrama una ciudad -una versión de mi ciudad- que empieza a ser más importante, o al menos más estudiada y reconocida, que la que veo y camino.

Para el proveedor del mapa ubicuo, la constante atención de muchos millones de usuarios como yo representa un caudal inmenso de poder. Quien controla el mapa decide que es importante que no, influye en que vemos y que ignoramos, e incluso en nuestra decisión de a donde ir. Ya he mencionado a Google, que por su primacía en el mercado de los mapas en línea suele ser el primer ejemplo en el que pensamos. Sus competidores son conscientes de la amenaza que representa para ellos (y probablemente, para nosotros también) tal concentración de poder/atención, por lo cual llevan años invirtiendo enormes recursos para desarrollar sus propios mapas. En 2012 Apple eliminó la aplicación del mapa de Google en los iPhones, que hasta entonces la traían de fábrica, para emplazar en su lugar una alternativa propia. El caso recibió un nivel de cobertura en los medios que rivaliza al que reciben algunos conflictos internacionales, pero no fue la primera batalla en la guerra de los mapas.

Antonio Vazquez Brust es Planificador Urbano/Regional y Científico de Datos. Acumula experiencia en el ámbito privado, como especialista en el diseño de sistemas informáticos de gran escala, y en el ámbito de la gestión pública como consultor para la puesta en marcha de programas públicos de acceso a las tecnologías digitales. Su campo de interés actual es la aplicación práctica de las ciencias de datos y el análisis computacional como herramientas de gobernanza en las ciudades latinoamericanas.
Se lo puede encontrar en Twitter como @vazquezbrust

Ya en el 2007, en un esfuerzo por asegurar su relevancia Nokia había adquirido a Navteq, una de las empresas de cartografía digital más avanzadas del momento. La tecnología recibida terminó en Here Maps, el servicio usado hoy por los grandes en pugna que no tienen mapas propios: entre otros Facebook, el moribundo Yahoo, y Microsoft. Éstos últimos fueron los dueños de HERE desde el 2013, habiendo comprado la división de tecnologías móviles de Nokia, pero ese no sería el final del recorrido: en 2015 HERE Maps vuelve a ser vendida, esta vez a un consorcio alemán de… fabricantes de automóviles. Volkswagen, BMW y Mercedes su sumaron a la refriega. ¿Por qué? Porque necesitan controlar los mapas si quieren ser jugadores de peso en el campo de los vehículos autónomos.

Los vehículos autónomos, “inteligentes” y autoconducidos, evolucionan sin pausa. Están llamados a reemplazar a los autos tradicionales, en menos tiempo que el que tomó desplazar a los carros tirados por caballos. Las empresas de tecnología son de sobra conscientes de esto. Google invierte fuerte en su rama de vehículos autónomos; Apple, en secreto como de costumbre, parece estar desarrollando un auto propio también. Desde el lado de los fabricantes tradicionales, no sólo los alemanes apuestan a adaptarse: Ford creó una subsidiaria dedicada a autónomos, Fiat se asoció con Google, Renault-Nissan hace dos por uno y anunció un piloto de autos que se conducen solos y además son eléctricos. Y todavía nos falta mencionar a la bestia negra del transporte hi-tech, Uber.

El canto de sirena de la disminución del gasto en recursos humanos -léase, conductores- hace de los autos que se manejan solos una propuesta irresistible para los servicios de transporte, en particular aquellos que nacieron en el siglo XXI. Es por eso que Uber tiene un centro de I+D dedicado a producir taxis y camiones de carga autónomos, y ha hecho descender sobre ciudades en todo el mundo sus nuevos escuadrones de cartografía digital urbana. Uber decidió hacer sus propios mapas porque necesitaba reducir su dependencia de Google, quien era su proveedor y es ahora un competidor implacable con una resonante demanda de por medio.

Los vehículos autónomos reaccionan ante lo inesperado mediante una batería de sensores que leen el mundo que los rodea: caminos bloqueados, automóviles cercanos que frenan o se acercan demasiado, peatones distraídos que se cruzan. En cuestiones de seguridad, ésta lectura del mundo externo es fundamental. Pero en lo que refiere a llegar a destino, no es más que un complemento a su guía principal, que es un detallado mapa del área donde operan. Éstos autos y camiones autónomos en realidad se están desplazando por un mapa interno, enviando señales a su masa de metal rodante para que replique en el terreno los movimientos que trazan sobre su plano digital. Me recuerdan a mi, cuando camino por un barrio poco conocido con el cuello doblado y la mirada en mi celular. Y me recuerdan que controlar el mapa es controlar el territorio, ahora más que nunca.

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