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Los vices deberían ser los segundos más votados en una elección ejecutiva

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A propósito del quiebre de Cartes-Alfara (Paraguay), de la Paternidad de Scioli (Argentina) y del antecedente reciente de Roussef-Temer (Brasil).

 Por Francisco Tomás González Cabañas

La política es intensidad y dinámica, no podemos dejar que consideraciones establecidas antaño nos sigan determinando en nuestra cotidaneidad democrática. Nunca ha estado clara, la funcionalidad del compañero de fórmula, tanto del presidente, del gobernador o de un intendente municipal, más allá del rol (en la mayoría de los casos) meramente decorativo (salvo en caso de empate) de tocar la campanita en la legislatura y del imponderable de ser reemplazo ante la ausencia o muerte. Es decir el ganador de la elección, impone un compañero de fórmula que sólo es elegido por él (reforzando el tan criticado hiper-presidencialismo- o caudillismos gubernamentales) dejando al perdedor o su oponente, con una cantidad de votos (es decir legitimado por las urnas) pero carente de representatividad. Como si fuera poco en la praxis, los últimos vices nacionales han sido más que conflictivos en sus relaciones con quiénes los eligieron y a nivel provincias y municipios el vacío del poder del líder opositor (es decir el candidato que perdió podría ser el “nuevo” vice) genera más problemas que soluciones. Esta propuesta “teórica-práctica, se la podría encuadrar dentro de la perspectiva de Democracia agonística, desandada por la esposa de Ernesto Laclau, Chantal Mouffe.

La propuesta es simple, pero en su misma simplicidad, cultiva ciertas complejidades propias  y naturales de los proyectos que pretenden cambiar algo establecido y tratado como si fuese sacro e inamovible.

Es decir, asumimos el reto, de pretender modificar algo que a nuestro modo de ver, no funciona tal como aspiramos a que funcione (siempre el cambio como acto, está mal visto por quiénes usufructúan de lo establecido). Para afirmar lo anterior, nos apoyamos en la crítica situación que vivieron los Vicepresidentes Argentinos (los últimos 3) tanto con sus respectivos Presidentes, o con otros poderes del estado como el judicial. O actualmente lo que sucede entre el Presidente del Paraguay, Horacio Cartes y Juan Afara.

Asimismo profundizamos la crítica, al preguntar qué tipo de rol decisivo juega la figura del Vice, que no sea básicamente la de reemplazar en la ausencia al titular del ejecutivo y de oficiar en la mayordomía del ceremonial y protocolo, cuando lo que está en juego en nuestra democracia representativa, es la de generar la legitimidad de nuestros políticos con el voto emitido por los ciudadanos.

Es decir, ¿Cuánto de discrecional abonamos, dejando la figura del vice tal como está, a mero capricho del Presidente, Gobernador o Intendente (luego como en el juego de la escalera, estos se quejan del unitarismo de quién está en su escala superior, sobre todo en el reparto de fondos, pero son estas cuestiones discrecionales las que tienen que terminar, para mejorar el hiperpresidencialismo, el caudillismo de los gobernadores y la satrapía de los intendentes) hiriendo las bases de nuestra democracia representativa? Pues, ¿No tendría más sentido acaso que el vice, sea quién perdió la elección o el segundo más votado?.

Daremos un ejemplo que tal como lo describimos en verdad sucede o podría suceder como potencial producto de un sistema  a modificar, de acuerdo a nuestra propuesta, en cualquier aldea occidental que no se plantee la elección de sus vices. Por citar ejemplos, que insistimos abundan y redundan en la última elección en la Provincia de Corrientes (Argentina) el segundo candidato a gobernador, saco más del 40%, sin embargo, no sólo que no gano, sino que además con esa masa de votantes, que lo legitimo, no accedió a ningún espacio de poder (después sí lo hizo pero por discrecionalidad de la presidente) y la gente en verdad, o mejor dicho la consideración pública (sobre todo los que no se dedican a la política profesional ni académica) considera a la política como un espacio en sí mismo, es decir sí está votando a alguien (en gran número) quiere que esté en la política (en ese espacio, en esa categoría, en ese gueto que ven como lo político), sea como fuere o en algún lugar y eso creemos que no se está respetando. Brasil con el juicio político que sacó del poder a la Presidente Dilma Roussef, vivió o padeció lo expresado, dado que quién la reemplazo, no sólo que fue su Vicepresidente, Michel Temer, sino que fue sindicado como el organizador de este movimiento político que cambio el eje de lo hubieron de elegir los ciudadanos de tal país para que los gobiernen (las cuestiones jurídico-judiciales que se han esgrimido para ello no vienen al caso en el presente análisis y claramente son harina de otro costal).

En Argentina la última elección Presidencial se dirimió en un ajustado Ballotage, tal como en Perú, y el candidato perdidoso, pese a haber acumulado una intensidad (expresada en votos) representativa, quedo afuera del circuito político, paseando su peso específico (que es en verdad patrimonio también de los que lo votaron, o en cierta parte) en programas de espectáculos, disputado por impetuosas vedettes que en vez de reducir tal aspecto de la vida privada del sujeto en cuestión, sin querer o por no brindar, precisamente el sistema político estas garantías de la representación que debería ofrecer, socavan en su desfachatez a la política toda, apocándola al mero instrumento para que ciertos procaces satisfagan con mayor rapacidad sus bajos instintos.

Usted si tiene algún tipo de conocimiento teórico o práctico dirá que sería un despropósito, pues si el titular y el vice son de signos partidarios distintos o de expresiones ideológicas (esto lo concedemos, pero en verdad sabemos que no existe tal alteridad) distintas, en un viaje del número uno, el número dos, en pocas horas cambiara el gabinete y modificara el rumbo de lo económico y social, y por tanto la propuesta generaría caos.

En verdad, tener una lectura tan infantil de la política, también podemos dejar pasar, pero se resolvería muy fácilmente, no permitiendo (incluso en caso de muerte, se podría modificar para que el reemplazante sea el primero de la lista del que gano, por ejemplo el primer senador o concejal para el intendente) este tipo de decisiones en viajes cortos y con no más de dos normativas que sean más claras y específicas.

A los que le pueden dar una lectura académica a esta tesitura, les decimos que no sólo que la profundizaremos en tales ámbitos, sino que también estamos reinterpretando, a través de esto, la “democracia agonística” que plantea la politóloga belga, y viuda de Laclau, C. Mouffe como contra propuesta a la democracia deliberativa de Habermas.  Como básicamente la convivencia consensual con los conflictos que genera la disputa del poder en lo democrático.

Creemos con esto, que en vez de perjudicar (tal como se viene perjudicando la política mediante el sistema discrecional de elección de vices) estaremos aportando a una mejor calidad democrática, al sistema de representatividad (el que pierde la elección o el segundo que saca más votos, hace valer su legitimidad de votos, e ingresa en la  o lo “político”) y a la calidad de vida de nuestra ciudadanía.

Sería lindo que nuestros políticos discutan de este tipo de aporías, de este tipo de encrucijadas, que se sirvan de los pensadores y filósofos, en vez de segregarlos, caracterizarlos, por el simple hecho de tenerles miedo, el miedo de pensar que no podrán ser controlados, cuando en verdad nada se puede controlar, simplemente creemos hacerlo por una necesidad inherente que pretende armonía en ciertos períodos de tiempo.

Ni que decirlo en los ámbitos, en los claustros académicos, encriptados en codificaciones específicas que no resuelven, ni pretenden hacerlo, ningún tipo de problema concreto, de los que acucian a lo democrático.

Los medios de comunicación, también podrían incluir en los ríos de tinta en que transforman sus ediciones, abotagadas en diversas ocasiones de los mismos vicios que dicen criticar de la casta política, como los circuitos nepotistas y del amiguismo en el que conciben tanto los que escriben y los que publican, sin brindar posibilidad de que la comunicación pase a ser otra cosa que la opinión publicada, siempre tan apocada, poco versátil y funcional a intereses sectarios y escasamente democráticos.

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