Los gobiernos y el Covid-19: el derecho ciudadano a discrepar y levantar la voz

Por Germán Silva Cuadra

Está claro que el mundo, y nuestro continente en particular, vive una crisis insospechada y de proporciones. Está claro que una emergencia, todos debemos ser conscientes del auto cuidado y del cuidado a los demás, cooperando con las autoridades del país, partiendo por los que más comprenden las necesidades de la gente, lo alcaldes, y por supuesto el gobierno central. Está claro que todos los estamentos de la sociedad tenemos que hacer un esfuerzo por poner lo mejor de nosotros, más allá de las posiciones ideológicas. Está claro también que los medios de comunicación, los tradicionales, esos de alcance masivo, deben ser capaces de informar y orientar a la población. Pero distinto es asumir una posición a crítica, uniforme, oficialista. La posibilidad de discrepar, de pedir explicaciones o plantear inquietudes, no sólo es un derecho, sino que representa un síntoma sano para la sociedad y la democracia.

Por algo, el valor que han adquirido los medios independientes, digitales, las radios y redes sociales –y en el caso de Chile desde el 18/0 en adelante- para reflejar y representar mejor a una población cansada de los lugares comunes, programas livianos y/o sensacionalistas, que más que informar terminan expandiendo el miedo y la sensación de incertidumbre a una velocidad inmensamente mayor al coronavirus.

Si bien la mayoría de los países de Sudamérica han adoptado una estrategia muy similar, tanto Chile como Brasil parecen tener sus propias fórmulas para enfrentar esta pandemia. El gobierno de Sebastián Piñera decretó, la semana pasada, la cuarentena a sólo siete comunas de la Región Metropolitana –de unos 8 millones de habitantes-, la mayoría del sector oriente, que corresponde al más acomodado y dónde se concentra la mayor riqueza del país. El dato no es menor, ya que un alto porcentaje de los casos de contagio corresponde a personas que viajaron a Europa y Asia durante la temporada de verano, que abarca los meses de enero y febrero. Gente que programó sus vacaciones muy lejos del país, pese a que la crisis social seguía en desarrollo. 

Germán Silva Cuadra, Psicólogo de la Universidad Diego Portales. Analista, consultor, columnista y académico. Experto en comunicación corporativa, organizacional y gestión de crisis, autor de diversas publicaciones, entre ellas, los libros “¿Y ahora qué hacemos?, cómo las empresas pueden gestionar comunicacionalmente una crisis y salir fortalecidas (RIL Editores, 2013) y “No te reconozco Chile” (RIL Editores, 2016).
Germán Silva Cuadra, Psicólogo de la Universidad Diego Portales. Analista, consultor, columnista y académico. Experto en comunicación corporativa, organizacional y gestión de crisis, autor de diversas publicaciones, entre ellas, los libros “¿Y ahora qué hacemos?, cómo las empresas pueden gestionar comunicacionalmente una crisis y salir fortalecidas (RIL Editores, 2013) y “No te reconozco Chile” (RIL Editores, 2016).

Pese a la fuerte presión de los alcaldes para declarar una cuarentena nacional, el Gobierno optó por un confinamiento parcial, que además ha sumado a algunas comunas del sur de Chile. Sin embargo, la medida tomada en el gran Santiago, se interpretó como una suerte de “plan piloto” –involucrando a 1.300.000 personas- antes de cerrar completamente la Región Metropolitana y de ahí extender la medida al resto del territorio. Además, la cuarentena se decretó por sólo siete días, algo que también se entendió como una manera de no generar un “ataque de pánico” que significara que, en las horas previas a entrar a regir la medida, la gente se agolpara en los supermercados, sin respetar la distancia social. Pero sorpresivamente, la autoridad sanitaria decidió mantener la cuarentena en 6 de las comunas, excluyendo a Independencia, un sector de clase media y media baja, cuyo alcalde señaló – al conocer la noticia- que ésta era una “medida clasista”.  La pregunta, además, es cuanto puede ayudar una cuarentena de siete días, cuando en todos los países del mundo, el mínimo es catorce, de acuerdo al ciclo del virus. 

Piñera ha avanzado con su plan, considerando muy poco la opinión de los alcaldes –unidos desde la derecha a la izquierda- así como del Colegio Médico. El tiempo dirá quien tenía la razón, claro que a costa de muchas personas que pueden morir cuando se toman malas decisiones.

¿Deben las personas, los ciudadanos, seguir a sus respectivas autoridades cuando está en juego la salud y vida de las personas?

Pero donde las cosas están complejas es en Brasil. La actuación de Jair Bolsonaro se está convirtiendo no sólo en un problema político, sino que ha pasado a ser un peligro para los brasileños. Negando la gravedad de la pandemia –facebook, Instagram y twiteer lo han bloqueado-, asumiendo conductas temerarias en público –ha insistido en las reuniones masivas, sin respetar las medidas de prevención como la distancia social o uso de elementos de protección-, burlándose de las medidas tomadas por 27 los Gobernadores Estaduales de ese país -y la mayoría de los Intendentes y alcaldes- criticando a la prensa y hasta poniendo a las FFAA en una comedia del absurdo de presionarlos para recibir un apoyo irrestricto, pese al riesgo inminente para su gran población.

¿Deben las personas, los ciudadanos, seguir a sus respectivas autoridades cuando está en juego la salud y vida de las personas? Por supuesto que sí, pero con dos condiciones. Primera, confianza. Es decir, cuando el líder es creíble y tiene una buena base de apoyo, las personas van a tener menos dudas del pragmatismo con que está actuando el gobierno. Creo que la disciplina que hemos visto en los peruanos –con medidas muy drásticas- tiene que ver con el nivel de apoyo que tiene Vizcarra. La segunda condición es la percepción genuina de que la crisis se está abordando unitariamente, una característica que, por ejemplo, aún el presidente Piñera no ha logrado posicionar. 

Esta es una hora inédita en la historia de la humanidad, y somos todos, los gobiernos y los ciudadanos, responsables de auto cuidarnos y cuidar a nuestra gente, pero especialmente de construir una mirada de futuro de lo que vendrá después. Pero si en el aquí y el ahora, en la emergencia, no somos capaces de levantar la voz para decir que alguien nos está poniendo en riesgo, tal vez en poco tiempo más sea demasiado tarde. Ojalá qué en Brasil, los 431 muertos –al sábado 4 de abril- no sigan aumentando. Y por supuesto, yo también me siento responsable de levantar la voz.

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