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Por: David Valerio Miranda @ValerioMirand

En 1967 el filósofo francés Guy Debord publicó la que se considera su obra más célebre: La sociedad del espectáculo. Trabajo en el que la tesis central estriba en proponer el contexto de las sociedades humanas como literalmente un gran espectáculo.

A cincuenta años después de la publicación de dicha obra, hoy más que nunca, se podría observar cierta vigencia en sus propuestas. Para concretar la anterior afirmación, reflexionemos en torno a una de las actividades más importantes de las sociedades actuales, como lo es la política y para matizar aún más esta reflexión, consideremos el caso de México.

México es un país en el que la actividad política parece tornarse en ocasiones como un mero espectáculo, fenómeno que se ha venido intensificando en las últimas décadas. Si bien la imagen del político siempre ha sido clave para su estrategia, en el contexto contemporáneo, con el “boom” de los medios masivos de comunicación y el apogeo de las redes sociales, la imagen del político se ha convertido en un lenguaje, que para hacerlo más convincente echa mano de recursos “espectaculares”, que aseguren una comunicación directo con sus interlocutores.

Por ello, la relación y uso de los medios de comunicación se ha vuelto un recurso elemental para el político; desde la propaganda comercial, dar declaraciones, emitir desplegados, ofrecer entrevistas, conferencias de prensa, publicar notas o hasta artículos son actividades que en el contexto actual se exigen dentro del quehacer político. Algunos de estos recursos se presentan como tradicionales y serios.

Sin embargo, también se da el caso de aquellos que en el afán de incrementar su popularidad y promocionar su imagen, han rayado en la ridiculez mediante sus acciones.

Actividades que van desde asistir y ser partícipes de programas de comedia, como incursionar en la “actuación”, “música”, “deporte” o hasta en el mundo del modelaje. Sin dejar de mencionar, a quienes valiéndose de la “libertad” de las redes sociales, han hecho proselitismo con declaraciones y disputas polémicas que terminan por “viralizarse” en el universo de la red. O difundiendo un falso altruismo al exhibir sus actividades sociales de voluntariado y beneficencia pública de manera demagógica y deshonesta.

Tan importante es la imagen y lo que esta proyecta del político en la actualidad, que hasta en diferentes ofertas educativas, ya se ofrecen licenciaturas y posgrados en el llamado Marketing político. Disciplinas, que precisamente pretenden orientar al político en cómo manejar su imagen y su relación con los medios, para de esta manera cumplir sus objetivos.

Considero que cada actor político, tiene derecho a buscar las tácticas comerciales y de marketing que más le convenga, sin embargo, en el caso específico de México, las experiencias han mostrado que un mal uso o abuso de dichas estrategias parecen resultar contraproducentes para la actividad política restándole seriedad. Por ejemplo, en ocasiones parece que se le invierte más a la imagen que se pretende dar del político y al espectáculo que usa como recurso, que preocuparse por dar propuestas, resultados y proyectos reales que ayuden en la superación de las dificultades y problemas políticos-económicos y sociales.

El hacer de la política un espectáculo en México, ha devaluado una actividad tan importante para nuestras sociedades humanas. Ante tan caricaturesco y desolador panorama, podemos sostener que no necesitamos políticos “modelos” “bien parecidos”, “deportistas” o “influencers”, sino agentes comprometidos y con vocación de servicio que se desempeñen con ética y total entrega en la compleja actividad política de hoy.