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Por Lucrecia Armas

América Latina, continúa siendo eco de casos de corrupción. Frente, a todas las consecuencias objetivas y subjetivas de la misma, conviene entonces destinar compromisos y esfuerzos a su análisis, a fin de generar políticas que permitan descartarla. Pero, ¿Quiénes la integran? -La sociedad, el gobierno, los partidos políticos, grupos de presión, grupos de interés-.

Al respecto, se considera que el Estado tiene responsabilidad permanente en la garantía y cumplimiento de la ley, como expresión de la voluntad del pueblo. Para ello, la división de poderes en su estructura es fundamental. A partir de ahí, la discrecionalidad, arbitrariedad y ambiciones personales de las personas que lo conforman deberían ser socavadas. De lo contrario, todo resultaría corrupto y así seguiría la crisis de gobernabilidad y desconfianza hacía el cuerpo político. Pero, dado que no basta la vigencia de la leyes, ¿Qué hace falta? Es fundamental, rescatar lo que algunos clásicos en Teoría Política llaman: Virtud,-entendida como disposición al bien común-, porque resulta vital para todo aquel que pretenda administrar la cosa pública. Y esto, en la política no debería ser objetable; aunque, pudiese ser considerado por algunos como altruista.

Lucrecia Armas, venezolana, politóloga; actualmente residenciada en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Recibió la Licenciatura en la Universidad Central de Venezuela en el año 2010; y actualmente se encuentra realizando trabajo de grado de la Especialización en Derecho y Política Internacional, de la  misma universidad;  destaca, que en el inicio de esa nueva fase de estudios, desarrolló especial interés por el análisis de los acontecimientos que caracterizaron la Primavera Árabe; así como su impacto en el presente escenario internacional.
Lucrecia Armas, venezolana, politóloga; actualmente residenciada en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Recibió la Licenciatura en la Universidad Central de Venezuela en el año 2010; y actualmente se encuentra realizando trabajo de grado de la Especialización en Derecho y Política Internacional, de la misma universidad; destaca, que en el inicio de esa nueva fase de estudios, desarrolló especial interés por el análisis de los acontecimientos que caracterizaron la Primavera Árabe; así como su impacto en el presente escenario internacional.

Mientras, que algunos estudios desde el área sociológica, sugieren que para comprender la expansión de la corrupción, en los más diversos niveles de relaciones sociales, hay que:

…¨ Analizar toda la historia de tolerancia de las transgresiones sociales, entendidas como la violación u omisión de las leyes; e ir mas allá de los gobiernos, que no siempre facilitan que la ciudadanía pueda ejercer control sobre los organismos y funcionarios públicos”…

Otros defienden, que no corresponde sólo al gobierno, sino también; a los diferentes actores políticos, grupos de presión y de interés, la articulación de sus inclinaciones sin menoscabo del interés general.

Sin embargo, -Y en esto no es admisible ambivalencia alguna- los gobernantes deberían tener claro, que si los demás poderes dentro de su estructura, sólo dan complacencia a su voluntad; entonces, se suscitará la impunidad y con ello un terreno fecundo para la corrupción, que a su vez es reflejo en la sociedad. En otras palabras, no sólo es fundamental que los gobiernos rescaten el rol ejemplar para los ciudadanos; sino también una “gestión cotidiana”, en la que principios como: transparencia fiscal, acceso a la información, declaraciones patrimoniales y de ingresos y participación ciudadana, continúen dando lugar a espacios que permitan la articulación de los diferentes actores, sus intereses;  y la creación de bases sólidas que con apego a los avances tecnológicos actuales, sigan auspiciando lo que se conoce como:“gobierno abierto”.

Para finalizar, agrego a manera de reflexión y para sus consideraciones, el siguiente epígrafe:…Lo peor en las democracias es que se acabe el apasionamiento, lo cual sucede cuando se ha corrompido al pueblo por medio del oro; se hace calculador, pero egoísta; piensa en sí mismo, no en la cosa pública”…

Montesquieu.

El Espíritu de las Leyes.