La abdicación de Piñera

Por Germán Silva Cuadra

El presidente chileno está pasando por un momento muy complejo. Lejos aún de controlar la pandemia –de hecho, se teme que la nueva ola de contagios venga fuerte, como lo ocurrido en Buenos Aires, Bogotá y Lima- y con una crisis política prolongada, que ni el cambio de gabinete podrá controlar, el panorama es poco alentador para su entorno

Sebastián Piñera llegó, por segunda vez a la presidencia de la República, con un gran objetivo conducir el “mejor gobierno de la historia”. Una ambición que representaba, en una sola frase, la personalidad, estilo, historia, auto imagen de si mismo, y por supuesto, ocultaba algunos deseos, que, aunque jamás expresó, se podían intuir o leer bajo línea después al terminar su primer período. Piñera intentó de todas las maneras posible que la gente le tuviera aprecio, cariño. Sin embargo, su frialdad, falta de conexión emocional con la gente y baja empatía –el presidente no mira a la gente que saluda, por ejemplo- no lograron nunca vencer una barrera natural, basada en una percepción del hombre exitoso en los negocios y calculador. Y si a Piñera se le veía como un hombre rico su nuevo mandato terminó por agudizar esa imagen. Poco antes de empezar el estallido social del año pasado, se conoció que el presidente pagaba menos de un dólar de contribuciones por una propiedad lujosa instalada en la orilla de uno de los lagos más hermosos y caros del país. También era capaz de llevar a sus hijos a realizar negocios a China en el avión presidencial, o aún más: jamás se dio por aludido frente a las sugerencias que se le hicieron de donar su sueldo como mandatario, como en EEUU lo hizo Donald Trump. 

Para cumplir con su sueño, comenzó a trabajar el mismo día que salió del palacio de gobierno, de volver cuatro años después. Para ello, Piñera montó su “La pequeña Moneda” en una de las torres de su propiedad, llevándose a sus exministros de mayor confianza, y constituyó equipos programáticos en distintos ámbitos, y comenzó a actuar en paralelo a la presidenta Bachelet, mientras preparaba el regreso. Cada cierto tiempo entregaban propuestas, instalaba temas de agenda pública y criticaban con dureza al gobierno. De hecho, cuaando salió electo –con un masivo 54% en segunda vuelta- Piñera puso a su equipo en distintos puestos claves de su gabinete. Con el equipo de La Moneda –Interior, Segpres y vocería- se conocían de memoria: ocho largos años trabajando juntos. Pero más allá de tratar de proyectar las ideas de la derecha, lo que el presidente buscaba era construir un legado claro: el “piñerismo”, ese fenómeno tan latinoamericano, que ha construido grandes proyectos políticos en torno a una figura, como el peronismo o kichnerismo en Argentina. 

Germán Silva Cuadra, Psicólogo de la Universidad Diego Portales. Analista, consultor, columnista y académico. Experto en comunicación corporativa, organizacional y gestión de crisis, autor de diversas publicaciones, entre ellas, los libros “¿Y ahora qué hacemos?, cómo las empresas pueden gestionar comunicacionalmente una crisis y salir fortalecidas (RIL Editores, 2013) y “No te reconozco Chile” (RIL Editores, 2016).
Germán Silva Cuadra, Psicólogo de la Universidad Diego Portales. Analista, consultor, columnista y académico. Experto en comunicación corporativa, organizacional y gestión de crisis, autor de diversas publicaciones, entre ellas, los libros “¿Y ahora qué hacemos?, cómo las empresas pueden gestionar comunicacionalmente una crisis y salir fortalecidas (RIL Editores, 2013) y “No te reconozco Chile” (RIL Editores, 2016).

Hasta el 17 de octubre del año pasado, esa meta parecía no tan alejada de la realidad. Un gobierno que actuaba con total autonomía de los partidos, incluso con presencia de independientes en su gabinete o en altos cargos públicos. Es más, algunos ya mencionaban nombres de continuidad, pese a llevar algunos meses en La Moneda, incluyendo a su señora, Cecilia Morel. Piñera se imponía a la coalición oficialista –Chile Vamos- sin contrapeso. Eran tiempos en que el gobierno aún contaba con respaldo ciudadano, la economía funcionaba y la oposición era completamente inexistente. Pero después de la crisis de octubre, las cosas empezaron a cambiar de manera radical. Los partidos comenzaron a exigir más participación, “endurecer” la mano frente a la violencia y evitar que se pusiera en cuestionamiento la Constitución redactada y votada en plena dictadura de Pinochet. Pero el presidente no fue capaz de responder a las expectativas partidarias y las diferencias se empezaron a hacer más evidentes. “Piñerismo”, v/s Chile Vamos.

Pero con la pandemia las cosas se fueron extremando, y se produjo la pérdida de la sintonía gruesa y fina. Los conflictos se empezaron a hacer públicos entre y al interior de los cuatro partidos que sostienen la coalición. La coalición se dividió en “pragmáticos” y “dogmáticos”, en “duros” y “menos duros”, en los “apruebo” y “rechazo” –el plebiscito que definirá si se mantiene la Constitución redactada durante la dictadura de Pinochet- Y en un escenario de quiebre, de baja en las encuestas, de derrota en el Congreso, Piñera optó entonces, por traerse a cuatro parlamentarios, irse por la línea dura, alinear en torno al rechazo, pero principalmente, tranquilizar las aguas en Chile Vamos, y comenzar a convivir con el “enemigo” adentro. 

La llegada de dirigentes “pesos pesados”, de los dos partidos más importantes de Chile Vamos –la coalición gobernante-, es una señal de que Piñera entendió que con un 12% de respaldo, las posibilidades de levantar y que los candidatos quieran posar con él, en los afiches que desplegaran los y las postulantes a alcaldes, concejales, gobernadores, diputados, senadores y presidente, es casi imposible. De ahí que con este cambio de ministros el mandatario chileno ha debido olvidar su aspiración de generar el legado del “piñerismo”.  Por eso, a contar de ahora, este ya no será más el gobierno de Sebastián Piñera, sino el de los partidos de Chile Vamos. De seguro no tenía opción, sin embargo, el último de los sueños del mandatario se cae por completo. Esta fue una verdadera “abdicación” de Piñera. Los 20 meses que le quedan por delante, no sé si será una tortura para los ciudadanos, o para el mismo.

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