El Rey está desnudo

Por Orlando Goncalves

“Los gobiernos se han transformado en fábricas de decretos, dejándolos al desnudo bien por sus incapacidades, o por sus intereses.”

Recordaba vagamente aquel cuento infantil y en mi mente se repetía el título “El Rey está desnudo”, aunque su título real era “El traje nuevo del Emperador” escrito por el danés Hans Christian Andersen, publicado en 1837. Básicamente, aquella fábula nos cuenta sobre una estafa que nadie se atreve a denunciar por temor a que lo tomen por tonto o incapaz de ver lo que todo el mundo ve.

En la fábula la mentira solo queda al descubierto cuando un niño grita con valentía “¡Pero si el rey está desnudo!”, y observando los acontecimientos en muchos países de nuestra región en los últimos meses, es claro que el covid-19 ha venido a desnudar a muchos sistemas de poder -político y económico- a los sistemas de educación y salud, así como a muchos de sus dirigentes. 

No hizo falta la valentía de un niño para entender lo que estaba a la vista. Nos negamos a entender porque las cifras de crecimiento de los países nos las mostraron envueltas en trajes hermosos, o empresas con presentaciones que las hacían ver como las mejores y más sólidas del mercado, todas vestidas con trajes deslumbrantes, pero lo peor, es que muchos dirigentes siguen actuando como aquel rey de la fábula y diariamente tratan de vendernos la ilusión de un traje que no existe, y cuanto más insisten en vendernos el traje, más al descubierto quedan.

La pandemia ha desnudado una realidad latente en muchos de nuestros países agudizando la vulnerabilidad de las clases sociales más desfavorecidas, y de manera particular en los jóvenes, quienes de cada cuatro que estaban activos en el mercado laboral, tres lo hacían en la economía informal, lo que no le da acceso directo a la protección social ni a las ayudas de emergencia que están otorgando algunos Estados.

Las cifras de pobreza, pobreza extrema, ahora son más dramáticas, producto de la parálisis que ha sufrido la economía por el confinamiento, solo que, no son solo cifras, son realidades de carne y hueso que, a diario vemos desfilar por la calle pidiendo dinero o comida. Son personas que antes no la pasaban bien, pero, ahora están en condiciones de mucha precariedad. Como si esto fuera poco, el daño social por la violencia doméstica, los divorcios, el alcoholismo, están golpeando a millones de familias.

Mientras, algunos gobiernos se han especializado en la fabricación y expedición de decretos, centenares de ellos con decenas de páginas, decretos que corrigen, modifican, adicionan, o eliminan decretos anteriores, y, en el ínterin de ese maremágnum, salen decretos para “socorrer” a grandes conglomerados empresariales, mismos que, en su costosa publicidad nos han mostrado sus mejores galas y su gran fortaleza financiera; o decretos que, evidentemente favorecen los intereses de algún grupo cercano al gobierno de turno. 

Lo triste es que, decretos para proteger e incentivar verdaderamente al ciudadano son la minoría, y, en ocasiones, cuando se les ocurre incluirlos, son tan complicados los requisitos y exigencias, que muy pocas personas podrán acceder a los supuestos beneficios.

Adicionalmente, algunos dirigentes de Estado no han tenido la disposición de escuchar a todos los sectores, de sopesar el impacto que han tenido las medidas “decretoritis” en cada sector del país, de escuchar a los mejores especialistas de cada área, para, entonces, con bases sólidas, y enfocados en generar el mayor bienestar posible para el ciudadano, tomar decisiones verdaderamente efectivas para todos. Quienes hoy están al frente de muchos Estados no están liderando un proceso complejo a la altura de las necesidades, se han limitado a dirigir las reacciones del día a día, es más, al día de hoy aún no sabemos de los alcances positivos para los ciudadanos de esos decretos, pero sin dudas el tiempo nos lo enseñará.

Ahora, ellos fueron electos -en su gran mayoría- por los ciudadanos, así que, llegó la hora de que estos entiendan que las decisiones de sus dirigentes les afectan para bien o para mal, y que, la única manera de que sus dirigentes se transformen en líderes verdaderos para el ciudadano, es bajo la presión y exigencia de sus gobernados. De lo contrario, seguiremos viendo a muchos reyes desnudos.

Llegó la hora de que cada ciudadano asuma su responsabilidad, que unidos nos involucremos en la toma de decisiones, participemos activamente. Si todos participamos, seguramente surgirán nuevos liderazgos más empáticos, comunicativos y sobre todo más transparentes, y no será porque anden desnudos, será porque son auténticos. 

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