El quebrantamiento del contrato social

Por Bairon Espinoza

Se suponía que una de las consecuencias positivas de la pandemia era generar conciencia, empero sobre todo devolver esa unión y armonía que necesitábamos en el mundo. Se suponía que era el momento preciso para que el Gobierno actual reafirme la existencia de un contrato social. Momento ideal para que al menos, una de cada diez de sus demagogias se hagan realidad. Momento crucial para que el pueblo brinde una segunda oportunidad o más bien, confíe un poco en el Gobierno e ignore por un momento el cuestionarse: ¿Quién debería ser el próximo presidente? No quiero terminar realizando un catálogo de lo que se suponía, se debía hacer en esta pandemia, puesto que posiblemente terminaría escribiendo un libro. El o los siguientes momentos propónganlo ustedes.

No obstante, lo que sí deberían cuestionarse es: ¿Qué esta pasando con la relación Pueblo-Estado? Muchos han aprovechado el confinamiento de manera productiva, otros lo han aprovechado para recargar energía y esperar el momento idóneo y justificativo para salir de sus casas a precipitada carrera. Manifestaciones en su máximo esplendor, lo hemos visto en; Ecuador, Estados Unidos, México, España, entre otros. El derecho a la resistencia latente por diferentes asuntos, empero todos ellos direccionados a una misma persona, hacia el presidente del Gobierno y todo su equipo de ineptos. 

Y sí, en efecto, el Gobierno es el culpable principal de que el contrato social se vea quebrantado, es el responsable de que observemos personas que han recargado tanta energía en este confinamiento, que su derecho a la resistencia, no es “derecho”, sino actitudes hostiles propiamente de personas que nunca decidieron firmar el contrato social o lo que se traduce en palabras de J. Rousseau: “delincuentes-enemigos”, términos con los cuales refuto totalmente, y estoy seguro de que J. Rousseau si estaría vivo, rectificaría al denominarlos de esta manera, pues si lo teórico fuese igual a lo práctico, todos estaríamos convencidos de estrechar lazos con el Estado, no obstante, la realidad es que no es el pueblo quien no quiere firmar el contrato social, sino el propio Estado. 

Por estas razones, la pandemia ha ratificado que vivir sin política es vivir más años, la pandemia ha ratificado que la política es sinónimo de corrupción y que los políticos son el fruto de un pueblo ignorante, más aún, cuando en un Estado “democrático”, la democracia se traduce en obligar al pueblo a sufragar, independientemente de si conocen o no, a los representantes del Gobierno, a quienes confiarán (lamentable y obligatoriamente) su contrato social. Lo siento Jean-Jacques Rousseau, lo que aportaste al mundo con tu libro esta viéndose limitado a la enseñanza académica, es decir, una simple teoría base que en la práctica se vuelve una utopía.  

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