El derrumbe de la estrategia chilena frente al covid-19

Por Germán Silva Cuadra

El 15 de abril, en esta misma columna, analicé la curiosa polémica entre Argentina y Chile respecto de quien estaba implementando la “mejor” estrategia para enfrentar el Sars-Cov2. La controversia se generó a partir de una comparación que hizo el presidente argentino con otros países, incluidos Brasil y Chile, para demostrar la gestión acertada de su gobierno, sustentada en mantener una férrea cuarentena extensiva. Y aunque algunos analistas trasandinos interpretaron el hecho como un ataque indirecto a Bolsonaro, lo cierto es que, el gobierno chileno respondió de una manera muy poco diplomática, elaborando un análisis que fue filtrado a la prensa argentina, para instalar el argumento que la estrategia chilena era sido más eficaz. Es decir, Chile optó por diferenciarse del resto y aplicar cuarentenas muy focalizadas, desechando múltiples veces el confinamiento masivo, argumentando que no se ajustaba a la realidad de Chile “¿quién está en lo cierto?, eso lo definirá la historia”, señalé en esa ocasión, sin embargo, insistí que esta debería ser una lucha común en todo el continente.

Un mes después, la realidad –hasta ahora- parece estar dándole la razón al presidente Fernández y dejando en una situación muy delicada a Jair Bolsonaro, quien se ha negado a tomar medidas de confinamiento e incluso distancia social, pese a los intentos de las autoridades de los estados. Y claro, en Chile, la contención de la pandemia se le ha puesto cuesta arriba al presidente Piñera, llegando el país a ocupar entre el tercer y cuarto lugar de contagios diarios en el mundo

Germán Silva Cuadra, Psicólogo de la Universidad Diego Portales. Analista, consultor, columnista y académico. Experto en comunicación corporativa, organizacional y gestión de crisis, autor de diversas publicaciones, entre ellas, los libros “¿Y ahora qué hacemos?, cómo las empresas pueden gestionar comunicacionalmente una crisis y salir fortalecidas (RIL Editores, 2013) y “No te reconozco Chile” (RIL Editores, 2016).
Germán Silva Cuadra, Psicólogo de la Universidad Diego Portales. Analista, consultor, columnista y académico. Experto en comunicación corporativa, organizacional y gestión de crisis, autor de diversas publicaciones, entre ellas, los libros “¿Y ahora qué hacemos?, cómo las empresas pueden gestionar comunicacionalmente una crisis y salir fortalecidas (RIL Editores, 2013) y “No te reconozco Chile” (RIL Editores, 2016).

Lo cierto es que, de manera abrupta, la estrategia y relato escogido por el gobierno chileno se vino abajo. Se dejó de hablar de los mejores del mundo para enfrentar la pandemia, de los originales, los que pensábamos que los otros estaban equivocados, los que nos preparamos mejor que Italia y el resto del continente. “No vamos a decretar cuarentena en la RM, no es necesaria… y hasta en una de esas el virus se pone bueno” había declarado en su momento el ministro de salud Jaime Mañalich. Eran momento de triunfalismo y celebración anticipada. Incluso, hace sólo unas semanas, el presidente hizo una promesa pública que Dios quiera se pueda cumplir, justo ahora que el sistema de salud está al borde del colapso: “Quiero decirles a los chilenos, si requieren una cama de hospital la van a tener si requieren un ventilador mecánico, lo van a tener”. 

En pocos días se pudo observar un cambio importante en el estado de ánimo de las autoridades nacionales, y por su puesto de la población – 8 millones están en cuarentena total- Se nota en el esperado punto de prensa diario, que debe ser, por lejos, el programa más visto en la TV y medios digitales en mucho tiempo. Un conteo macabro en que la frase “los fallecidos de hoy son” remueve el corazón. El ministro Mañalich ya no usa su clásico humor negro. El presidente Piñera, incluso, llegó a desaparecer por un par de días de los programas matinales y entrevistas cotidianas en que repetía hasta el cansancio que se habían preparado desde enero y que todo iba a funcionar a la perfección, incluida la fecha –casi exacta- del peak, meseta y vuelta a la normalidad.

El miedo empezó a notarse en las conversaciones, en las redes sociales, en los programas de televisión. Las dudas respecto de las cifras, “certezas” y comparaciones del Gobierno con otros países despiertan cada vez más suspicacias Incluso, el ministro, por primera vez admitió algo de responsabilidad en el aumento explosivo de casos: “existían desconfianzas mutuas” desde el estallido social del 18 de octubre, de ahí que la población no estaría creyendo en sus autoridades. Una forma algo burda de culpar a la población por el alza en las cifras.

Recién ahora, el gobierno ha hecho un llamado a un pacto nacional para enfrentar la nueva fase de la crisis y el post pandemia, que como en todo el mundo, presentará una situación muy precaria en los económico y social. Pero eso requiere que el presidente Sebastián Piñera, asuma que la actitud triunfalista de la primera fase, los errores, como el llamado anticipado a la normalidad o las señales confusas entregadas a la ciudadanía no han contribuido en nada a que la gente confíe en una autoridad que ya venía fuertemente cuestionada desde octubre. Una posición de mayor humildad, como el reconocer que podría haber sido una equivocación el tratar de diferenciarse del resto del mundo con las cuarentenas dinámicas –para llegar a lo mismo, dos meses después- podría ayudar mucho a que todos los sectores se puedan unir en torno a un panorama que se ve muy complejo y que, como hemos visto en casi todos los países del mundo, ha implicado que la población deje de lado las diferencias para enfrentar la etapa dura, cómo la que estamos iniciando

Reitero lo que escribí hace un mes. Esta no era una guerra entre Argentina y Chile por quien lo hacía mejor. Por el contrario, era la oportunidad de que los países de nuestro continente trabajaran unidos para enfrentar la pandemia, pero eso lamentablemente no ocurrió. Como chileno lamento la actitud de nuestro gobierno que trató de mostrarle al país –veníamos arrastrando una crisis política muy grave- y al resto de los países que podíamos hacer las cosas diferentes. Una soberbia que no está costando muy muy cara.

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