Discursos políticos que redirigen a un mundo multicultural

 

¿Son realmente los millenials los que salvarán, con su creatividad, sus tecnologías y, sobre todo con su cultura política new Age, al sistema político de los radicalismos?

Por Amyeris Piñero

El siglo XXI ha sido testigo de múltiples avances, tecnológicos, sociales, ideológicos, militares, culturales, sociales e incluso políticos, sin embargo, también se ha destacado por el regreso de ciertos pensamientos ultra-nacionalistas que no veíamos desde mediados de los 30’-40’ en Europa. Hoy, el nacionalismo no se centra en un país, un continente, todos los días escuchamos con preocupación discursos radicales de los futuros líderes políticos de Latinoamérica, Europa y Norteamérica, lo que significa en pocas palabras, el retorno del proteccionismo Estatal.

El mundo que cada día se siente invadido por las formas de producción y de consumo, que han provocado que merme la identidad cultural de los países, homogeneizándola en prácticas comunes, todo ello, debido a un proceso creciente de la globalización del capital, financiero, industrial, social y tecnológico, que antiguas sociedades no presenciaron. Sin embargo, también se produce un crecimiento económico, multicultural, gastronómico, social que enriquece a los ciudadanos, conectándolos con otras realidades y costumbres.

El pasado domingo, Francia decidió dejar de lado a los partidos tradicionales (socialistas y conservadores), a los cuales hundió en el fracaso, fortaleciéndo el ultra-nacionalismo de Marine Le Pen y el social-liberalismo de Emmanuel Macron, ambos con miradas diferentes de la Francia que ayudarían a construir, dos caras opuestas de la moneda política; pero, la preocupación sobresale las fronteras francesas, y preocupa a todo el continente Europeo, quien todavía no se recupera de la salida del Reino Unido (Brexit), y se mantiene atento a lo que sucederá el próximo mes de mayo, en uno de los países pilares dentro de la Unión Europea, organismo internacional que continúa siendo perseguido por el fantasma proteccionista, producto de las grandes oleadas migratorias de los últimos años.

Es así, como se potencian discursos proteccionistas, como el que lleva a la presidencia de los Estados Unidos al magnate Donald Trump, exacerbando las diferencias, el racismo y la xenofobia, reestableciendo el amigo-enemigo en las comunicaciones sociales, en una retórica anti-globalización, pero, ¿por qué nos debería sorprender que estos temas ganen terreno en pleno Siglo XXI?

Amyeris Piñero
Licenciada en Ciencias Políticas y Administrativas, mención Relaciones Internacionales de la Universidad Central de Venezuela (UCV), Diplomado en Estudios Diplomáticos y Relaciones Internacionales por la World Federation of United Nations, Magister en Gerencia, Administración Pública, Desarrollo Local y Gobierno Electrónico por el Instituto Internacional de Estudios Globales para el Desarrollo Humano y el Centro UNESCO (España).
Especialista en: Comunicación Política, Nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación, Gobierno Electrónico, Participación Ciudadana en redes sociales.

Si bien la globalización ha permitido generar un mundo multicultural, este fenómeno ha sido una etapa oscura para aquellos a los que el sistema globalizador no les generó beneficios dentro de su comunidad, incrementándose el apego a lo local, a lo propio, sin lograr comprenderlo en su totalidad. No obstante, lo anterior, no solo se basa en una llana idea nacionalista, sino que involucra una historia de desigualdad (incluso en sociedades autodenominadas como desarrolladas), de profundización de una brecha cultural, educativa y económica entre los que tienen una visión cosmopolita, abierta a la diversidad, y aquellos que, con sesgos, responden a creencias localistas, desde la esfera política como en la amplia condición social, haciendo de ellos, un sujeto profundamente perturbado. La Xenofobia, el racismo, etc., son una de tantas reacciones, ponderadas bajo lo que se denomina el orgullo por la nacionalidad, pero que reposa, más que en identidad férrea, en una conducta adjunta a la relación con la otredad, otros sujetos que representa la voz y la imagen de los invasores inmigrantes. Desde la otra vereda, el inmigrante, como forastero en las relaciones sociales y políticas de la Nación, carece en la medida en que no se le incluye en proyectos generales, mucho menos en un orden mundial donde el Estado, lejos de proteger el interés general de todos como consigna, no tiene control sobre lo que ocurre con sus fronteras, ni mucho menos en un tema tan sensible como el empleo precarizado, o la mano de obra barata, y menos aún, es capaz de mejorar las condiciones básicas de los inmigrantes.

Los ciudadanos, por lo pronto, tendrían la percepción de que han sido desamparados por las autoridades, en un fenómeno que bloqueó sus “derechos de ciudadanía”, que torpedeó, al juicio de ellos, la soberanía en sentido de construcción de la identidad en orden al Pueblo, a su idiosincrasia, y que amenaza con modificar, de manera profunda, la cultura política de los países. Así, se genera una desconexión profunda entre el discurso cosmopolita mundial y el discurso nacionalista sobre los Derechos universales (derechos que, desde el deber ser, se anteponen al origen de la persona), lo que constituye las bases para que ciudadanos de países como Francia, Reino Unido, Estados Unidos, España, Panamá, piensen en re-definir los límites de la democracia liberal, aquella que le dio sentido a la diversidad y expresión libre de las diferencias, tanto en planos institucionales convencionales como en la opinión pública, para denotar, más que libertad (de movimiento, de transacción de oferta laboral, de expresión de culturas, etc.) estricto control sobre lo que fue antes un derecho universal, dibujando una discreta pero segura máquina de regulación de gente, revestida de marco legal (resoluciones de residencia, visas temporales, etc.), así que, mientras las tensiones se encuentren en plena vitalidad, la retórica nacionalista, la de la cultura antiglobalizadora, puede que siga ganando terreno en un mundo donde se supone que las nuevas generaciones son las llamadas a refrescar los sistemas políticos, sin embargo, ¿Qué podemos decir del movimiento Brexit de Reino Unido? ¿Qué del Frenxit en Francia, de ganar Marie Le Pen, y del posible efecto rebote en Alemania?, ¿Son realmente los millenials los que salvarán, con su creatividad, sus tecnologías y, sobre todo con su cultura política new Age, al sistema político de los radicalismos?

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