pl
opi

Sin la democracia no se puede, pero con ella aún nos falta. Esto es todo, como casi nada a la vez, que nos enreda, que nos perpetúa en un histerismo repetitivo y torturante, de reiterar todo aquello que nos lleva al mismo lugar.

Por Francisco Tomás González Cabañas

Tal como todo lo traumático que sucede en el campo de lo real y que por ello nos conmina a entender que el tiempo no existe como tal (el suceso que quiebra la posibilidad de conceptualizarlo, de entenderlo, nos detiene, nos instala en el shock, en el trauma, nos traslada al otro plano del cuál deberemos salir) en la instancia político-electoral de las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO), las mismas se recargan de análisis y conclusiones que no dejan de ser testimonios calcados, de todo aquello que nos venimos planteando, una y otra vez, con respecto a nuestra vinculación con la política: En una suerte de relación, histérica-perversa que amenaza a reconsiderar sino transitamos caminos psicóticos, tal como fronterizos, manifestamos, todas y cada una de las reverberaciones, de lo que no queremos en lo concerniente a ese otro político. No queremos ir a esa elección que no es interna, que no es abierta, que no sabemos el sentido que sea simultánea y nos defrauda, desalienta y condiciona que sea obligatoria. Asimismo tampoco, podemos bosquejar queja razonable, pues han sido los propios políticos, de quiénes inmediatamente después de haberlos votado, los queremos botar, en su legitimidad, los que tradujeron, esta reforma política, tras el casi acabose conocido como el 2001 (cuando algunos expresaron en las calles que se vayan todos, mientras otros golpeaban cacerolas, pero no por los números de la pobreza, sino por los números del banco que llevaron el pasaje al acto, de decirle a los ahorristas la verdad de Perogrullo de que las matemáticas son sólo eso, un artilugio simbólico) de la que ahora, decimos, expresamos y sentimos que no tiene utilidad ni sentido.

Ocurre, sucede, acontece, que no podemos volver, regresar, desplegar el retorno, al plano del que nos sacó de eje, el shock. El golpe, la contundencia de los indicadores sociales, de que con lo democrático no alcanza. Sin la democracia no se puede, pero con ella aún nos falta. Esto es todo, como casi nada a la vez, que nos enreda, que nos perpetúa en un histerismo repetitivo y torturante, de reiterar todo aquello que nos lleva al mismo lugar.

Ratificamos, por inercia, con el ceño fruncido, tapándonos la nariz,  haciendo uso de un mecanismo de defensa más que otra cosa y por cobardía a vivir con plenitud, el concierto de contradicciones en que nuestros políticos, juegan a la política, con reglas, supuestas y travestidas de democráticas, que no hacen más que banalizarla, que socavarla, que arrinconarla en un real-imposible.

Este podría señalarse como nuestro mal radical de la actualidad democrática. Para analizar la idea de “mal radical”, Arendt recuerda que Kant, al tratar sobre las reglas de la guerra, ya había subrayado que en una confrontación bélica, para siquiera imaginar la paz con el enemigo en un futuro, resultaba indispensable no actuar infligiendo un daño que no debía infligirse de ninguna manera. El “mal radical” es para Arendt aquel daño o injusticia que jamás debió cometerse, y sobre el que no caben el perdón, la reconciliación, la venganza ni la indiferencia. Para catalogar un acto de “mal radical”, se deben tomar en cuenta aspectos como el ejercicio perverso del poder, las circunstancias de las víctimas, los mecanismos utilizados para materializar el “mal radical”, el sufrimiento físico y emocional que ocasiona, etc. El marco conceptual que ofrece Arendt, nos parece importante, pues esta filósofa, de las mayores que tuvo el siglo XX, dio origen a una de las mejores obras escritas acerca del totalitarismo, del fascismo que le subyace, y de la aniquilación de las instituciones democráticas y de los derechos humanos que son su consecuencia (Síntesis de Antonieta Ocampo).

La democracia, procede de la misma manera. Esconde sus formas, maneras y metodologías totalitarias, en la perversidad engañosa de una aprobación, condicionada, por supuestas mayorías libres, que periódicamente, legitiman a un grupúsculo de privilegiados, que a gusto y piacere,  a diestra y siniestra, demuestran la condición líquida, difuminada de las leyes, que casualmente (en este ardid centra su energía nodal lo democrático, en que las reglas de juego parezcan de dominio público, cuando en verdad lo central se escribe en tamaño micro para los pocos que cuentan con lupas para detectarlo) siempre los benefician, perjudicando, por lógica a las mayorías que votan a sus victimarios.

Lo debe hacer, progresivamente, paso a paso, o despacito, tal como el hit  musical moderno del autor Luis Fonsi, que no por casualidad impacto de ello en el inconsciente colectivo  de millones de hombres y mujeres también encantados, casi sin saber con el fenómeno democrático.

En su última estrofa la canción expresa: “Despacito. Quiero desnudarte a besos despacito. Firmo en las paredes de tu laberinto. Y hacer de tu cuerpo todo un manuscrito”. Bien podríamos hacer la analogía, para comprender tal vez porque tal música se ha transformado en tan popular, pues sí lo queremos hacer para entender lo político o lo democrático, nos lo prohibirán quiénes hacen ciencia, comunicación o negocio, con esto mismo. Las Paso, confirman lo desnudo que estamos los ciudadanos de a pie, en relación a todo la estructura de un sistema, del que hasta nuestros políticos, que parecen estar en su pináculo, en un santiamén, caen a la parte más baja, desnudando, aún más nuestro desencanto con nosotros mismos. Es que verlos tan oscilantes, caóticos y saltimbanquis, habla más de nosotros, que los sostenemos a ellos, que de ellos mismos, que de última no dejan de ser nuestros ratones de laboratorio, que expresan nuestros miedos proverbiales. Nos queremos ver democráticos, sentirnos a la consideración de una sociedad democrática, pero como no nos animamos, nos metemos las Primarias, que no conducen a ninguna secundaria, ni que democratiza ni mejora, incluye o abarca, nada más que esa sensación que queremos tener que algo hacemos, cuando no estamos haciendo nada más que desear que algo hacemos por ello.

Finalmente la última frase de la canción, habla de firmar en las paredes del laberinto. Traducido sería; La firma de las candidaturas, laberínticas, de partidos que no son tales, de internas que tampoco reflejan movimientos, proyectos, ideas o propuestas, sino los deseos personalísimos de algunos (de allí que en política se sumen exitosos, famosos, deportistas, cantantes, periodistas, pues es el campo por antonomasia de los ególatras, de los vanidosos, de los abotagados por dosis industriales de autoestima afiebradas) que al ser, elegidos, por ponerlo en esos términos, resultan caricaturizando, garabateando, cualquier cosa, sin coherencia, sin cohesión, sin sentido y sin valor, en nuestro cuerpo que es ni más ni menos que el cuerpo social, el que debería ser democrático, pero del que paso a paso y despacito, cada vez se va alejando de ello.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *