Chile v/s Argentina, competencia surrealista  

Por Germán Silva Cuadra

Hace casi un mes escribí, en esta misma columna, que el covid-19 se estaba convirtiendo en una tentación atractiva para los gobiernos. Una oportunidad para poner todo entre paréntesis, olvidar la agenda política, olvidar los problemas internos y capitalizar gracias a una pandemia que despierta miedo al contagio, incertidumbre respecto al presente y angustia por el futuro. Cuando las personas experimentan esas emociones, y la agenda se pone monotemática, la ciudadanía suele tener la necesidad de recibir instrucciones, orientaciones y dejarse conducir. Es lo que ha pasado en casi todos los países hasta ahora, sin embargo, hay una variable que es clave para que se exprese esa conducta colectiva: confianza en el emisor, en este caso, los gobernantes.

Germán Silva Cuadra, Psicólogo de la Universidad Diego Portales. Analista, consultor, columnista y académico. Experto en comunicación corporativa, organizacional y gestión de crisis, autor de diversas publicaciones, entre ellas, los libros “¿Y ahora qué hacemos?, cómo las empresas pueden gestionar comunicacionalmente una crisis y salir fortalecidas (RIL Editores, 2013) y “No te reconozco Chile” (RIL Editores, 2016).
Germán Silva Cuadra, Psicólogo de la Universidad Diego Portales. Analista, consultor, columnista y académico. Experto en comunicación corporativa, organizacional y gestión de crisis, autor de diversas publicaciones, entre ellas, los libros “¿Y ahora qué hacemos?, cómo las empresas pueden gestionar comunicacionalmente una crisis y salir fortalecidas (RIL Editores, 2013) y “No te reconozco Chile” (RIL Editores, 2016).

Este pareciera ser el caso de algunos presidentes de Latinoamérica, como Vizcarra en Perú, Lacalle en Uruguay y Fernandez en Argentina. Los tres tienen un alto nivel de apoyo ciudadano, entre un 60 y 70%. Los tres también, han logrado una disciplina envidiable gracias a la cohesión interna, que ha hecho que la oposición se cuadrara con el Gobierno, pese a la aplicación de medidas duras, especialmente en Perú. En la vereda contraria, tenemos a un Bolsonaro que, pese a todos los datos y evidencia de la gravedad del virus, insiste en poner la economía en primer lugar. Peleado con los partidos que lo llevaron al triunfo, destituyendo ministros y acusando a la prensa de sostener una campaña alarmista, el mandatario carioca ha sentido el rigor de su falta de capacidad de conducir la crisis, llegando a un 30% de respaldo ciudadano después de triunfar con un 55.2% hace poco más un año y medio.

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Pero el caso de Sebastián Piñera es muy peculiar. El mandatario chileno ha tomado una estrategia completamente distinta al resto del continente –como lo señalamos hace algunas semanas-, manejando una crisis con bastante libertad, con muy poca participación de la oposición y cada vez más desoyendo a quienes intentaron tener un rol más activo en un comienzo, como el prestigioso Colegio Médico y un grupo transversal de alcaldes. Piñera entendió que la vida le daba una nueva oportunidad después de la pésima gestión política para enfrentar el estallido social de octubre, el que hasta finales de febrero se mantenía con fuerza. El presidente chileno ha personalizado la estrategia de Gobierno, apareciendo de manera cotidiana en puntos de prensa, entrevistas, programa de televisión, proyectando su ansiedad habitual de recibir el reconocimiento de la gente. Sin embargo, los números le siguen siendo esquivos. En la encuesta Cadem, que mide el pulso político semanalmente, Piñera ha logrado remontar alrededor de 9 puntos en un mes hasta oscilar entre los 19 y 22 %. Pese a eso, en el mismo sondeo, cuando se pregunta quien ha tenido una mejor gestión en la crisis, entre 11 personas o instituciones incluidas, los alcaldes reciben un 72%, el Colegio Médico un 68%. ¿el último lugar de todos? Piñera con un 28%. Es decir, pese a todos los esfuerzos, el chileno sigue a mucha distancia de los otros mandatarios del continente. No obstante, los números del coronavirus son más positivos, por lo que su Gobierno está ya proyectando un triunfalismo peligroso, muy propio de la personalidad del presidente.

Y aunque todos esperaríamos que los esfuerzos deberían estar puestos en la cooperación entre los distintos países del continente para combatir la pandemia, lo cierto es que la mayoría se las ha arreglado por su cuenta, pese a la similitud de estrategias de la mayoría de ellos, las que se han basado en la cuarentena total. Prosur, ese organismo propiciado por Bolsonaro y Piñera el año pasado, no ha tenido ningún protagonismo, lo mismo que la OPS o la OEA. Esta era una oportunidad para actuar en conjunto y la hemos perdido.

Para rematar esta falta de mirada común, un grupo de ex presidentes –encabezados por Lagos, Santos, Cardoso y Zedillo- presentaron un documento llamado “Imperativos éticos y económicos”, un análisis académico y tardío, que más que hablar de salud, pone énfasis en lo económico, demostrando que, en esta pandemia, a la hora del trade off, la salud está quedando en segundo lugar a la hora de las decisiones.

Pese a todos los esfuerzos, el chileno sigue a mucha distancia de los otros mandatarios del continente. No obstante, los números del coronavirus son más positivos, por lo que su Gobierno está ya proyectando un triunfalismo peligroso, muy propio de la personalidad del presidente

Pero lo que pareció surrealista es la disputa que se generó a partir de una comparación que hizo el presidente Fernandez con otros países del mundo, incluidos Brasil y Chile, para demostrar la gestión acertada del gobierno argentino que ha apuntado a mantener una férrea y efectiva cuarentena. Y aunque algunos analistas trasandinos interpretaron el hecho como un ataque indirecto a Bolsonaro, lo cierto es que, el gobierno chileno, cual niño ofendido, respondió de una manera muy poco diplomática, elaborando un análisis que fue filtrado a la prensa argentina, para argumentar que la estrategia chilena ha sido más eficaz. ¿Quién está en lo cierto?, eso lo definirá la historia porque la verdad ambos gobiernos han definido estrategias que consideran adecuadas para su realidad. Esto no es una competencia entre naciones en que primen los egos y aplausos, es una lucha pudo haberse enfrentado de manera colectiva, pero que se desperdició la oportunidad.

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