Chile: crónica de un estallido social histórico

Por Federico Daruich

El estallido social iniciado en Chile a partir de octubre de 2019 constituye, sin lugar a dudas, uno de los eventos socio políticos más importantes de la década y porque no de principios de siglo. Pocas veces se ha visto, y particularmente en Latinoamérica, un movimiento tan espontáneo, tan meramente popular pero sobre todo tan potente y furioso, capaz de hacer tambalear a uno de los gobiernos más conservadores del continente.
Chile es, por sobre todas las cosas, un país muy rico en recursos naturales. Dueño de una extraña geografía, el país constituye un largo territorio de 4270 km de largo y unos escasos 360 km de ancho. Pero si algo lo destaca es la pluralidad de biomas, territorios, climas, especies y fundamentalmente recursos que en él coexisten. Desde el árido desierto de Atacama en el Norte, pasando por unas de las urbes más populosas del continente como lo es Santiago de Chile hasta llegar al Sur, hogar de los paisajes más hermosos de la Patagonia chilena y tal vez uno de los reservorios de agua dulce más importantes del globo.

Con sus extensas costas bañadas por el Océano Pacífico, el país posee una riquísima plataforma pesquera que da origen a una gastronomía de mar destacable. Los vinos chilenos adquieren cada vez más relevancia a nivel internacional; los frutales chilenos así como la palta allí cultivada constituyen unas de las mayores fuentes de divisas del país ya que la exportación de las mismas al Sudeste asiático a través del puerto de Valparaíso alcanza valores considerables. El cobre, ese recurso tan deseado por las principales potencias económicas para mantener funcionando su desarrollo industrial, en Chile alcanza su máxima expresión. Tan solo en 2018, su extracción alcanzó el asombroso número de 5,8 millones de toneladas, constituyendo a la minería como la industria más importante del país. Por otra parte, Santiago de Chile se ha transformado en las últimas décadas como una de las capitales del comercio, el retail y el sector de servicios en el cono sur como consecuencia de poseer un capital humano altamente capacitado y una infraestructura moderna y eficiente. No es descabellado afirmar, que muchas potencias europeas soñarían con poseer tal disponibilidad de recursos.

Federico Daruich
Estudiante de Ciencias Políticas y Administración Pública .                                                             Facultad de Ciencias Políticas y Sociales - UN Cuyo                                                            Columnista y Analista Político - Divergente Consultoría                                                         Política Digital
Federico Daruich
Estudiante de Ciencias Políticas y Administración Pública . Facultad de Ciencias Políticas y Sociales – UN Cuyo Columnista y Analista Político – Divergente Consultoría Política Digital

Pero no todo lo que brilla es oro y tal vez el principal problema de Chile, al igual que en buena parte de América Latina, es su corrompida clase política.

Dicho sector, es el principal beneficiado con las políticas neoliberales impuestas en el país a partir de la dictadura militar de Augusto Pinochet (1973- 1990). Con el retorno a la democracia, gran cantidad de protegidos políticos del ex dictador, propietarios de empresas mineras, históricos miembros de la exclusiva oligarquía chilena y gurúes (adoctrinados en el pensamiento liberal de la Escuela de Chicago) del mundo financiero llegaron al poder, y transformaron a Chile en una de las sociedades más desiguales e inequitativas del mundo.

Desde fines de los 90 hasta mediados de los 2000, el país se subordinó al neoliberalismo más salvaje. El servicio previsional chileno fue privatizado conformándose las AFP y generando que la mayor parte de la clase trabajadora pasará a las mismas. Dicho sistema fue especialmente promovido por el hermano del actual presidente, José Piñera. Se favoreció el desarrollo de servicios privados de salud (las denominadas ISAPRES) desfinanciando y dejando en una situación crítica al sistema de salud público chileno. Se privatizó la otrora educación pública chilena. El país pasó de tener unos de los regímenes públicos de educación más destacados de América Látina, a poseer un sistema enteramente privatizado, un auténtico despropósito para un país que ha dado dos premios Nobel de Literatura, Pablo Neruda y Gabriela Mistral, ambos hijos de la educación pública chilena. Se promovió la venta de activos del Estado, se desreguló el sector financiero, y se establecieron beneficios impositivos a las importaciones. Cualquier atisbo de industria nacional enteramente chilena iniciado por el gobierno del socialista Salvador Allende fue arrancado de raíz. En la actualidad, es casi imposible hallar un producto con la etiqueta “Hecho en Chile”.

Mientras tanto, la clase trabajadora se hallaba inmersa en un boom de consumo que duró hasta la segunda mitad de los 2000. El consumo desenfrenado de bienes, ya sean durables o no, llevo a la clase media chilena a ser vista como una de las de mayor poder adquisitivo de Sudamérica. Los economistas y mostraban a Chile como el modelo neoliberal a seguir. El país era exhibido como el claro ejemplo de cómo debían hacerse las cosas en un estado férreamente capitalista lo que llevaba a Chile obtener las mejores calificaciones por parte de agencias calificadoras de riesgo como Standars and Poor´s y Moody´s. El país era visto como el niño prodigio del mundo financiero internacional.
A partir del año 2006, y durante el gobierno de la centro izquierdista Michelle Bachelet, comienza a notarse el resquebrajamiento del modelo chileno. Los estudiantes toman los colegios y las calles de manera masiva, en protesta al modelo privado de educación y solicitando la derogación de su ley fundamental, la LOCE (Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza) en una de las manifestaciones más grandes de la historia del país, se produce así la llamada Revolución Pingüina. En 2011, ya en el primer gobierno del liberal Sebastián Piñera, se produce otra movilización estudiantil masiva esta vez violentamente reprimida por el brazo policial de Chile, los Carabineros, una fuerza policial especialmente entrenada en la represión y en la tortura. Estos movimientos fueron auténticos antecedentes de los que sucedería posteriormente.

El domingo 6 de Octubre el gobierno de Piñera decretó un alza en la tarifa del transporte público en Santiago. Nuevamente los estudiantes iniciaron las protestas con evasiones masivas en el Metro de Santiago. Sin embargo, con el correr de los días, las manifestaciones se fueron haciendo cada vez más populosas y violentas. La represión por parte de Carabineros era totalmente desproporcionada y el gobierno se hallaba totalmente desorientado en cómo manejar la situación. La administración Piñera se hallaba ante en un fenómeno meramente popular, no había allí ningún tipo de bandera política ni sector partidario que canalizara tanta furia. Simplemente, el pueblo de Chile, sus estudiantes, sus trabajadores, se habían cansado de este sistema neoliberal ya agotado y se lo estaban haciendo saber a sus dirigentes.

El sábado 19, Piñera ordenó el toque de queda en Región Metropolitana del país fundamentalmente, en la capital, así como en las ciudades de Valparaiso, Concepción y Viña del Mar. El Ejército salió a las calles, y se denunciaron la sucesión de hechos de tortura y violaciones a detenidos, recordando los oscuros hechos de desapariciones de personas y asesinatos ocurridos durante el golpe militar pinochetista. Efectivamente era el Ejército y no el Ejecutivo quien se estaba haciendo cargo de la situación y lo estaba haciendo de la única manera que lo han hecho las fuerzas represivas por décadas: torturando, violando y matando. Hasta el momento se han reportado más de 3400 personas heridas por la salvaje represión y se maneja el número de 34 muertos confirmados en todo el país, sin embargo, es altamente probable que este número sea mucho mayor.

El viernes 25, luego de continuas protestas con la subsiguiente violenta represión por parte de Carabineros en las principales ciudades del país; se produjo en Santiago la marcha masiva más grande jamás vista en la historia del país, donde se calcula que asistieron a ella el impresionante número de 1.200.000 personas. La marcha, a diferencia de los días anteriores, se dio en un marco pacífico y las consignas eran claras “No Más AFP”, “Educación Pública Gratuita y de Calidad”, “Nueva Constitución”, y la más popular “Piñera Renuncia”.

Los días y meses posteriores continuaron con protestas con diferentes grados de violencia y represión y con las principales ciudades del país totalmente sitiadas. Sebastián Piñera no renunció, pero si modificó a 8 ministros de su Gabinete. El 15 de Diciembre y con protestas aún en marcha, se realizó una Consulta Ciudadana en la cual triunfó con el 92% la opción de redactar una nueva constitución por sobre el 71% que optaron por la formación de una Asamblea Constituyente conformada por miembros electos. Es importante destacar, que la actual Constitución Chilena es de 1980, dictada por el régimen dictatorial de Pinochet y es la carta magna que ha permitido este profundo descalabro neoliberal en las últimas décadas.

Previamente, en el mes de Noviembre se estableció el Plebiscito Nacional 2020, con el objeto de determinar si la ciudadanía está de acuerdo con generar una nueva Constitución y a través de qué mecanismo. La fecha de dicho plebiscito se fijó originalmente para el 26 de Abril de 2020, sin embargo, como consecuencia de las medidas de cuarentena tomadas por la pandemia de Covid 19, la fecha se ha trasladado para el 25 de Octubre.
Dicha pandemia ha calmado las aguas. Por razones obvias a las medidas de distanciamiento social ya no se producen las masivas marchas que se estaban sucediendo a fines de 2019 y principios del corriente año. Sin embargo, esta es una calma aparente ya que el pueblo chileno se cansó de vivir en un país: donde se cobran jubilaciones miserables, donde un estudiante se endeuda de por vida por 5 años de educación universitaria, donde el 1% de la población concentra el 90% de las riquezas, donde las filas para ser atendidos en hospitales públicos superan hasta los tres días de espera, donde un teléfono celular o una computadora son prácticamente un regalo mientras que un kilo de carne constituye un lujo inaccesible, donde un parlamentario tiene los sueldos y dietas más altos del mundo, más alto incluso que los Congresistas estadounidenses, pero fundamentalmente, donde se reprime y se mata al ciudadano que quiere cambios. Este proceso ha dejado una profunda huella en el gobierno y en toda la sociedad chilena, y aún no ha finalizado.

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