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Por José Dionisio Solorzano

Lo normal es abordar el tema de la censura como una política de gobiernos autoritarios que la emplean para silenciar las voces disidentes y desaparecer las denuncias de sus abusos y desmanes; sin embargo éste no es el caso, sino que en esta ocasión hablaremos de la censura que los medios de comunicación aplican a los voceros cuando éstos declaran fueran de sus esquemas de «aceptación editorial» y lo «políticamente correcto».

Es plenamente inaudito lo sucedido el pasado 5 de noviembre en los Estados Unidos de Norteamérica, pues las grandes cadenas de noticias ABC, NBC, CBS, Telemundo, Univisión, y paremos de contar, acordaron al unísono cortar la transmisión de las primeras declaraciones del presidente Donald Trump después de la realización de las elecciones en aquel país.

Los medios juzgaron las denuncias de fraude electoral esbozadas por el mandatario como falsas y por ende, dijeron en su defensa, que no podían desinformar a sus televidentes al continuar transmitiéndolas.

Los periodistas, entre ellos el tristemente célebre Jorge Ramos, argumentaban que el presidente no había mostrado prueba alguna de su denuncia.

Ahora bien, desde cuando las pantallas de televisión se transformaron en tribunales de justicia para exigir cargas de pruebas o, peor aún, juzgar lo que es verdad y lo que es mentira. Los medios de comunicación actuaron con evidente parcialidad política al censurar al presidente Donald Trump.

Los canales de televisión censuraron las declaraciones de Trump, y lo hicieron amparándose en la «contextualización de la noticia», en la «libertad de expresión» y en la supuesta responsabilidad periodística con la verdad. Posición falaz que solo oculta el interés editorial de cada medio.

Aunque no critico la existencia de las líneas editoriales, es necesario recalcar que el papel del periodista es el de informar y no el de cortar las declaraciones de un presidente y más cuando éste es actor principal en medio de una crisis política nacional. Eso no es periodismo, es una declaración de guerra abierta y frontal.

Hay quien arguye que el periodista no es un simple canal entre la noticia y el público, sino que es un factor vivo con responsabilidad y por ello debe contextualizar, analizar y explicar los hechos. Y aunque en cierta medida coincido, debo agregar que el periodista – por ser un ser humano como cualquier otro – es un sujeto pleno de subjetividad y aquello que analiza lo cambia, pues posee un pensamiento cargado de valores, perspectivas y deseos.

Aquí – permítanme extenderme – hay que hacer la distinción entre periodismo de investigación, periodismo de interpretación y periodismo de opinión, son aspectos diferentes, los cuales tienen su momento y espacio. Sin embargo, ninguno de estos estilos autoriza sacar del aire a un presidente que – repito – es protagonista de una noticia en plena actualidad y desarrollo.

¿Qué debieron hacer los canales con una línea editorial claramente Pro-Biden? Primero cumplir con su deber de informar, dejar que los televidentes escucharan las declaraciones del presidente Trump y posterior a ello contrastar su versión con otras opiniones de expertos o sencillamente de otros políticos, eso sí sería hacer periodismo.

Y, por qué no, en los programas de opinión – en otro momento – hubieran podido editorializar las declaraciones presidenciales o exponer una reflexión sobre las mismas, desde la perspectiva periodística. No obstante, no lo hicieron así, prefirieron cortar la señal negándole así el derecho de expresión del presidente Trump y el derecho de los televidentes de estar informados.

Y, para concluir, la autodefensa esgrimida por los periodistas de EEUU de su «deber» de explicarle a la audiencia lo que ve y lo que escucha, es una manifestación de pedantería, pues la base del argumento es el sostener la incapacidad del lector y/o televidente de reflexionar por sí solo, lo cual es – por lo mínimo – una falta de respeto.