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Por Germán Silva Cuadra

Eso de que los países tienen de gobernantes lo que merecen es cierto, aunque a veces, no se puede negar que muchos de los rasgos, algunos casi patológicos, se conocerán después de ser electos. Los norteamericanos votaron por Donald Trump, pese a que sabían de sobra sus extravagancias, xenofobia –en un país multicultural- y desprecio por el resto del mundo. Pero esta vez, estaban dispuestos a tolerarle sus guerras absurdas con tal que elevara los niveles de empleo. Y lo logró, a costa del trato brutal hacia los emigrantes, su disputa con China, sus bombardeos en Siria y su obsesión por el twitter que en ocasiones lo asemeja a un adolescente que se levanta a ver su teléfono y al final lanza un mensaje que suele impactar a la mitad del mundo. Pero nadie puede negar en EEUU que era difícil imaginar al nivel que podía llegar el mandatario de la nación más poderosa del orbe. Hace sólo unos días, Trump recomendó tomar desinfectantes –ante el horror de la asesora de salud de la Casa Blanca-, estupidez que varios ilusos siguieron, con las consecuencias obvias.

Bolsonaro se convirtió a una caricatura de lo que denunciaba del PT.

El caso de Jair Bolsonaro es aún más dramático. El ex militar entró a la disputa por la presidencia de Brasil a costa de afirmar todo tipo de barbaridades. Dijo que había mujeres que merecían ser violadas y otras que no por su aspecto físico –como la diputada del PT, María del Rosario-. Dijo que, si se aplicaba la discriminación positiva para las mujeres “porque sí”, eso implicaría tener que contratar negros también.  Dijo que el 90% de los hijos adoptados por parejas homosexuales “van a ser homosexuales y se van a prostituir, con seguridad” Dijo que no iba a combatir ni discriminar a los homosexuales, pero que si veía a dos hombres besándose en la calle los iba a golpear.  Dijo –ufff- que “el error de la dictadura fue torturar y no matar». Dijo que «deberían haber sido fusilados unos 30.000 corruptos, empezando por el presidente Fernando Henrique Cardoso», Dijo, dijo…

Lo cierto es que los brasileños, uno de los países más liberales de Latinoamérica – en el amplio sentido de la palabra-, eligieron a este evangélico fanático, ultra conservador, machista, xenofóbo, racista y homofóbico como un simple acto de protesta y rebeldía frente a la corrupción y decadencia política de un partido que en su momento logró sacar de la pobreza a millones de personas, de la mano de un dirigente sindical carismático como Lula, y que con los años se convirtió en uno más de los que siempre atacó. Un pueblo cansado de los abusos, de las contradicciones de sus gobernantes, que fue juntando impotencia, pero especialmente rabia. 

Y como ha pasado en muchos países, de pronto, la historia deja en la primera línea a un personaje que aparentemente no viene de la política y que rompe con esa lógica. Su mensaje es básico, simple, pero contundente: ¡basta de corrupción y/o de la clase política! Aunque no diga cómo hacerlo, en cuanto tiempo, ni nada. En Guatemala, el humorista Jimmy Morales sorprendió al mundo al convertirse en presidente luego de que en su campaña usara el slogan “Ni corrupto ni ladrón”. Morales no tenía programa, no tenía propuestas, sin embargo, la rabia y hastío con la clase política de su país contribuyó a que la gente le diera carta blanca a un hombre que sólo prometía hacer las cosas distintas a sus antecesores, “pueden criticarme por mi inexperiencia política, pero jamás por robar”, decía.

Germán Silva Cuadra, Psicólogo de la Universidad Diego Portales. Analista, consultor, columnista y académico. Experto en comunicación corporativa, organizacional y gestión de crisis, autor de diversas publicaciones, entre ellas, los libros “¿Y ahora qué hacemos?, cómo las empresas pueden gestionar comunicacionalmente una crisis y salir fortalecidas (RIL Editores, 2013) y “No te reconozco Chile” (RIL Editores, 2016).
Germán Silva Cuadra, Psicólogo de la Universidad Diego Portales. Analista, consultor, columnista y académico. Experto en comunicación corporativa, organizacional y gestión de crisis, autor de diversas publicaciones, entre ellas, los libros “¿Y ahora qué hacemos?, cómo las empresas pueden gestionar comunicacionalmente una crisis y salir fortalecidas (RIL Editores, 2013) y “No te reconozco Chile” (RIL Editores, 2016).

Tres años después, en abril de 2019, en Ucrania, otro comediante se convertiría en un fenómeno electoral al arrasar con un 70% de los votos. Volodimir Zelensky, protagonista de una sátira televisiva en que interpretaba, ni más ni menos, que al presidente de su país en la serie “Servidor del Pueblo”. Un guión simple: un profesor de primaria que llega a dirigir el país por accidente, una verdadera representación de lo que luego se convertiría en su propia realidad. Al más estilo de la película The Truman Show, sus productores inscribieron la marca “Servidor del Pueblo” para luego crear un partido político con el mismo nombre

Y al igual que los comediantes Morales y Zelensky, Jair Bolsonaro se convirtió en su propia caricatura. Un presidente que pensó que su cargo era una extensión de su agresiva campaña prometiendo como librar a Brasil de la corrupción. Un presidente que comenzó sacar a sus colaboradores que disintieran de sus locuras y obsesiones. Mientras tanto, los brasileños comenzaron a hacer su vida normal, y empezaron a mostrar la vergüenza que haber votado por un fanático que no tenía posibilidades de cumplir con nada de lo que se había comprometido. Pero lo peor estaba por venir. Ganó con 55% y antes de empezar la pandemia, ya estaba en 33% de aprobación. 

Bolsonaro negó el riesgo del Covid-19. No tomó medidas de prevención y tampoco se preparó para la fase crítica. Fue explícito en señalar que optaría por seguir moviendo al país, criticando y desautorizando a todos los gobernadores estaduales que decretaron cuarentenas. Se empezó a pasear por Brasil rodeado, a muy poca distancia, por sus poco espontáneos seguidores. Minimizó los muertos, se lanzó contra la prensa, mandó a una delegación a EEUU para reforzar la postura anti medidas, aunque casi todos sus integrantes resultaron contagiados por el virus. Invocó a la religión evangélica –en gran parte de Latinoamérica los evangélicos han seguido con sus cultos convirtiéndose en foco de contagio- para proyectar que el coronavirus se podía combatir a punta de rezos. 

Pero el acto final de Bolsonaro llegaría cuando expulsó a su ministro de Salud por poner más restricciones a la población para detener el contagio que tiene a Brasil con más muertos de todos los que tuvo China. Y unas semanas después, nombraría al pastor evangélico André de Almeida Mendonça como nuevo ministro de Justicia en reemplazo de Sergio Moro, que antes fue el juez que llevó a la cárcel a Lula. ¿la razón?, el ex perseguidor intentó defender a Mauricio Valeixo, el director de la Policía Federal de Rio de Janiero que investigaba por presuntos delitos de corrupción al hijo del presidente, Carlos Bolsonaro. En su reemplazo, el presidente de Brasil instaló a un hombre muy cercano a su familia. 

Es decir, Bolsonaro se convirtió a una caricatura de lo que denunciaba del PT. Tiene a varios integrantes de su familia trabajando en el Gobierno. Ascendió a la Iglesia Presbiteriana al nivel de un verdadero partido -que controla la mayoría de los ministerios-, dejó de tolerar la discrepancia de sus colaboradores, y para colmo, ha puesto en riesgo gravemente la salud de sus compatriotas, llegando a convertir a Brasil en uno de los países con mayor crecimiento del virus. Y claro, el actor, el personaje, no pierde nunca ese estilo brutal y macabro. El día que murieron 475 personas en un día señaló´: “¿y qué? Lo lamento ¿Qué quieren que haga? Me llamo Mesías, pero no hago milagros“.

Sin duda, Jimmy Morales y Volodimir Zelensky son mucho más cómicos que Bolsonaro y los brasileños se deben mirar avergonzados pensando en que la próxima vez que emitan un voto castigo, al menos se fijen en quien tienen de alternativa.