“Bien gracias, ¿y usted?”

Por Germán Silva Cuadra

Es una respuesta automática. Cada vez que nos conectamos por video, saludamos a alguien por teléfono e incluso por redes sociales, respondemos de la misma manera. Nos referimos al saludo en modo covid. “Bien gracias” decimos cuando nos preguntan “¿cómo estás”? , aunque en realidad nos encontremos ese día angustiados, cansados, depresivos, o vengamos de pelearnos con todos en casa, es decir al borde del ataque de nervios. Es una respuesta social irreflexiva, que no alcanzamos a procesar. ¿Y qué pasaría si respondieran “mal, ¿y tú? Si realizan ese pequeño ejercicio, les aseguro que pueden pasar dos cosas. La primera, y más frecuente, es que reciban como contra respuesta: “qué bueno”. De seguro, a quien tienes al frente, virtualmente, decodificó lo que se supone que debía escuchar, esto porque los seres humanos estamos acostumbrados a enviar y recibir información convencional, es decir, eso que se supone debíamos decir o escuchar. La segunda alternativa, es que nuestra contraparte se desconcierte e intente salir rápido de esa fase social. “¿ahhh..qué te pasó?”. Entonces tú, seguramente, te sientas arrepentido de tanta sinceridad y termines evitando seguir ese día expresando tus problemas, dificultades o sentimientos.  

La semana pasada se me ocurrió hacer un pequeño experimento psicosocial. Me dediqué a desconcertar a todos con quienes me reuní a través de las infinitas plataformas que ahora sé que existen –Zoom, Teams, Webex, Skype, etc- Es muy simple. Parta por preguntar de la misma forma de siempre, “¿cómo estás?”. Como ya señalamos, de seguro le responderán “bien, ¿ y tú?”. Siga la convención y diga “bien”, pero agregue “bien…bueno, es una forma de decir en estos días”. La reacción, para mi sorpresa, es que el sólo plantear la posibilidad de que podemos empezar a conversar, de lo que sea, asumiendo que este tipo de conversación no es normal, que lo que estamos viviendo no es normal, y por tanto, que es imposible poner la realidad entre paréntesis, ni siquiera en las reuniones de trabajo. Inevitablemente, una pequeña frase que pone sobre la mesa lo que todos estamos viviendo, ayuda a romper un cerco, ese mecanismo de defensa que nos hace que neguemos nuestras emociones y sentimientos en estos espacios, que mal que mal, son nuestra forma de interactuar con otros por estos días. 

Germán Silva Cuadra, Psicólogo de la Universidad Diego Portales. Analista, consultor, columnista y académico. Experto en comunicación corporativa, organizacional y gestión de crisis, autor de diversas publicaciones, entre ellas, los libros “¿Y ahora qué hacemos?, cómo las empresas pueden gestionar comunicacionalmente una crisis y salir fortalecidas (RIL Editores, 2013) y “No te reconozco Chile” (RIL Editores, 2016).
Germán Silva Cuadra, Psicólogo de la Universidad Diego Portales. Analista, consultor, columnista y académico. Experto en comunicación corporativa, organizacional y gestión de crisis, autor de diversas publicaciones, entre ellas, los libros “¿Y ahora qué hacemos?, cómo las empresas pueden gestionar comunicacionalmente una crisis y salir fortalecidas (RIL Editores, 2013) y “No te reconozco Chile” (RIL Editores, 2016).

¿Por qué no podemos – o no deberíamos- expresar nuestros miedos, angustias o estados de ánimo cuando llevamos 100 días encerrados? ¿Por qué podemos hablar de trabajo como si no estuviéramos cansados, estresados, muertos de miedo por nuestros padres o abuelos que están solos y no podemos ver? ¿Por qué no somos capaces de asumir que todos necesitamos hacer un poco de catarsis, aunque se trate de una reunión de planificación, o lo que sea, cuando la incertidumbre nos invade, los niños están conectados a clase en casa, debes hacer el aseo, cocinar, ordenar para llegar al final del día agotados? Y eso que muchos de nosotros somos unos privilegiados, porque un grupo muy grande de personas, además de todo el impacto psicológico que está provocando la cuarentena, no tienen como llevar el sustento a sus familias.

Creo que vivir como esquizofrénicos puede producirnos aún más daño. El autocuidado y el cuidado de los demás también pasa por expresar lo que sentimos. Cuando nos damos cuenta que no somos los únicos que estamos irritados, que hemos ido perdiendo la esperanza o que hay momentos en que no soportamos a nuestra pareja o hijos, la sola verbalización actúa como una acción terapéutica, sanadora. Como lo comenté hace unos meses en esta misma columna, cuando la fase más aguda de la pandemia se termine, tendremos que hacernos cargo -como sociedad- del deterioro de la calidad de vida producto de la crisis económica y social que vendrá, pero especialmente de la salud mental de las personas, familias, parejas, instituciones y empresas. Y cada día que pasa, agudiza el problema.  

¿Cómo será la contención de los niños al regresar al Colegio?, ¿Qué planes implementará El Estado para enfrentar el aumento de cuadros de depresión, Trastornos Obsesivos Compulsivos (TOC), las conductas aversivas, el miedo a los otros –¿has pensado en cuando vuelvas a salir a la calle y te enfrentes con una multitud? – ,  o los trastornos de ansiedad?. Y a eso sumamos que los trabajos no serán los mismos, por lo que tendremos que sufrir un segundo proceso de adaptación, esta vez para aprender a vivir con la “Nueva Realidad”. 

De seguro, tendremos también un explosivo aumento de separaciones y divorcios –esa gente que se dio cuenta que vivía con un desconocido o desconocida-. Pero también, habrán parejas, hermanos, hijos, nietos, amigos que no se pudieron despedir de alguien que amaban, sin poder hacer el duelo correspondiente.  También tendremos muchos más hipocondríacos, niños asustados de acercarse a otros por miedo a contagiarse, gente que no se atreverá a ir a un restaurant por meses o que dudará de quien le pesó la fruta en el almacén. Será un mundo nuevo, muy distinto del que conocimos. 

En Chile, en unos de los tantos anuncios que ha hecho el gobierno, lanzó el programa Saludablemente, un no muy original nombre. La iniciativa, de acuerdo al propio presidente, se concentrará en “la acción inmediata y urgente de contención y orientación”, para lo cual convocó a un grupo de expertos, los que elaborarán un diagnóstico…en ¡noventa días! Es decir, un sentido de emergencia que parece tragicómico. Para desgracia de Chile, en el intertanto, se habrán agravado los cuadros psicológicos y psiquiátricos de miles de personas, habrá aumentado la violencia intrafamiliar, y lamentablemente, tendremos más suicidios. 

Mientras tanto, los ciudadanos tendremos que seguir haciendo esfuerzos por ayudarnos nosotros mismos, a nuestras familias, y ojalá a otros (hay mucha gente que está en un estado de precariedad enorme). El distanciamiento físico no es un impedimento para llamar a alguien que no sabemos de él o ella hace tiempo, solo para saludarlos, o que les mandemos un mensaje de agradecimiento que nunca hicimos e incluso que les podamos despachar un pequeño regalo. También es importante reírnos juntos –el humor es clave en un encierro-, jugar o simplemente hacer una actividad que rompa la rutina, que terminó por imponerse igual. 

Créanme, poder expresar nuestras emociones o escuchar los de otros es una buena terapia colectiva. También asumir que esto que estamos viviendo, no sólo es único en la historia de muchas generaciones, sino que no es normal, por tanto, démonos la posibilidad de decirlo y de desconcertar a otros. Y claro, ser capaces de responder “hoy estoy mal o cansado o irritado” nos dará la oportunidad de que otros se sientan identificados y partir hablando por lo obvio que uno debería hacer en este tiempo: los sentimientos que nos provoca esta maldita pandemia.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *