SmartCity Project: Diseñar, medir e implementar políticas Open

Junto a un equipo de asociados con un profundo y amplio expertise y reconocimiento internacional, Smart City Project diseña, implementa y
mide los alcances e impactos de diversos programas y políticas en distintas áreas de la administración pública y gobierno.

Smart City Project desarrolla asimismo acciones para promover el empoderamiento, participación y control ciudadano, así como la innovación,
colaboración y sustentabilidad en emprendimientos o actividades económicas.

Entre sus Servicios se enumeran:
 · Diseño y evaluación de políticas TIC
· Programas de sensibilización y capacitación
· Estrategias para innovación y desarrollo local
· Elaboración de Programas y Agendas Digitales
· Estudios de evaluación y medición de impacto
· Documentación de casos de éxito y difusión académica
· Estrategias y escenarios prospectivos para Ciudades Digitales y en Red
· Estrategias y mecanismos de Gobierno Abierto y participación
· Presupuestos Participativos, voto electrónico e informatización del proceso electoral
· Estrategias de comunicación digital
· Asesoramiento a dirigentes y funcionarios en temas de Inclusión Digital, Datos Abiertos,
RAEE, y otros temas de Gobierno, política y TIC
Directores Prince Consulting junto a Andrés Ibarra, Ministro de Modernización de la Ciudad de Buenos Aires  en el XI Foro Ciudades Digitales.
Directores Prince Consulting junto a Andrés Ibarra, Ministro de Modernización de la Ciudad de Buenos Aires en el XI Foro Ciudades Digitales.

 La visión de Prince Consulting sobre las smart cities*

El nombre, la idea y concepto de ciudad digital ha ido cambiado a lo largo de los años. Al principio la idea se apoyaba del lado del gobierno y la administración pública, así fue evolucionando casi en paralelo al meme tecno-administrativo del gobierno electrónico.

Ciudad digital era en aquel entonces casi lo mismo que hablar de gobierno municipal eficaz y eficiente, gobierno entendido en su dimensión acotada de prestador de servicios y administrador de recursos. Una ciudad digital realizaba un uso extensivo, intensivo y estratégico de las nuevas tecnologías y de esta forma mejoraba la gestión de recursos y la prestación de servicios. Era casi una definición por el in-put. Parecía una definición (y una promesa) muy influenciada por los grandes vendors de TIC.

Hoy la cosa es un tanto distinta, ya que los “apellidos” o calificativos agregados a “ciudad” son muchos y crecen año a año: Ciudades Sostenibles, Abiertas, Innovadores, y hasta en algunos casos Ciudades Felices. Algunos de estos calificativos responden a programas o marcas comerciales de alguna empresa y otros a la creatividad o ego de académicos y expertos.

Más allá de eso, sin dudas que el concepto que más atención atrajo últimamente ha sido el de Ciudad inteligente (Smart City), lo que teóricamente implica dejar de centrarse en el gobierno y la administración pública para ubicarse claramente en el ciudadano, en la comunidad. En sus demandas pero asimismo en su activa participación en la legitimidad y en el diseño, gestión y control de la cosa común, mucho más amplia que la pública. La palabra clave puede ser co-construcción, más que o además de participación y/o colaboración.

Sin embargo, cabe preguntarse si este nuevo meme puede ser aplicado a contextos y particularidades como las que presentan las ciudades argentinas y latinoamericanas en general. Debido a la polisemia de la idea de Ciudad Inteligente, a veces se filtran pre-requisitos o condiciones que sólo parecen adecuadas o posibles para las llamadas ciudades globales, o simplemente grandes ciudades del primer mundo industrializado. No es inusual encontrar tanto en rankings como estudios sobre el tema, que las ciudades más inteligentes son aquellas mega-ciudades como Londres, Boston, Tokio, Barcelona, o similares. Rara vez encontramos una “ciudad inteligente” que no cumple con las condiciones de ser global, grande y con un PBI elevado. En otros casos se usa de modelo o ejemplo a seguir a ciudades “inventadas”, creadas a partir del designio y diseño top-down de un grupo de elite, funcionarios y expertos, tecnólogos o urbanistas, y de la aplicación de sumas multimillonarias. Los ejemplos más claros de ello son Songdo (ciudad cercana a Seúl), Masdar (Abu Dabi), y el más cercano a nosotros de Yachay (Ecuador).

En estos casos queda la duda ¿son innovadoras o inteligentes como consecuencia de un marco previo de condiciones iniciales de diverso origen? Sería un resultado, un out-put, casi una externalidad y no un camino o fin buscado. Bajo estos criterios o creamos ciudades desde cero, o nos quedamos sólo con aquellas que presentan altos niveles de condiciones preexistentes. En el límite interpretativo de lo anterior, para una ciudad “pequeña” o “mediana”, como casi las dos mil que existen en Argentina y varias decenas de miles en América latina, no habría esperanza de ser ni Digital ni Inteligente. Si las ciudades inteligentes son aquellas que presentan condiciones casi imposibles de replicar para la gran mayoría de las ciudades de la región, ¿no deberíamos repensar los requisitos y características de una smartcity?

Tener una marca de ciudad reconocible en el mundo puede ser un objetivo cumplible o una medida de valor para Buenos Aires, San Pablo o Lima, pero no para el 95% de las restantes ciudades del subcontinente. También respecto de los temas prioritarios o agendas surgen diferencias. Mientras la “movilidad y transporte” aparece como tema o problema de las “ciudades inteligentes” esto no constituye ni constituirá un problema en 9 de cada 10 ciudades de Latinoamérica.

Exceptuando un pequeño grupo de megalópolis de talla global como San Pablo, DF o Buenos Aires, en nuestra región son legión las ciudades de tamaños medianos o pequeños, insertas en países con geografías, demografías y políticas complejas, donde prima la concentración de riqueza y poder en las Capitales y alguna otra ciudad favorecida. Algunas de estas ciudades son superavitarias y muchas otras padecen de problemas endémicos de sustentabilidad. La falta de densidad poblacional de muchas ellas y las malas comunicaciones físicas con los centros de oferta y demanda juegan como un demérito.

Estas realidades hacen necesario que deba hacerse un replanteo del tema ciudades inteligentes. De las definiciones, de las mediciones, de los fines y de las promesas. Y tal vez de los medios o del cómo. Queda claro desde el comienzo de esta nota que el concepto es dinámico y evoluciona, que es una idea abierta y en construcción. Eso está muy bien, por supuesto. Lo que parece, aucontraire restrictivo, limitante, es que los ranking, indicadores y definiciones sean sólo para grandes o globales, o sean posibles sólo para ciudades con “ilimitados” recursos económico y demográficos en ambientes de alta calidad institucional y ya innovadores.

Un concepto no es ni verdadero ni falso y el criterio para evaluarlo es su utilidad, no la veracidad. Entonces, ¿es útil un concepto que deja afuera “desde el vamos” a la gran mayoría de las ciudades de la región? ¿Cuáles son los principios y valores que queremos rescatar de las ciudades? ¿Qué tangan mucha tecnología?

Creemos que el camino es encontrar una definición de Smart City, en donde la tecnología sea un factor necesario pero no suficiente para alcanzar los parámetros de una ciudad inteligente. Conceptualizamos a una Smart City como aquella que puede adaptarse y autoproducir las condiciones para resolver los problemas y desafíos que la afectan. Ideas como “Autopoiesis” de NiklasLuhmann o “Ciudad Abierta” de Richard Sennett expresan mejor este espíritu.Bajo esta concepción, tanto grandes ciudades (globales, con altos niveles de riqueza y alta densidad) como aquellas que no lo son, pueden regenerase y encontrar soluciones a sus problemas particulares en pos de la mejora de la calidad de vida de sus ciudadanos. Una ciudad abierta, sin autodeterminación tecnológica, con participación ciudadana en la resolución de problemas y que construya sus propias condiciones de sustentabilidad, es una ciudad inteligente, más allá de sus precondiciones y capacidades económico-geográficas. Un tomógrafo nos puede ayudar a mejorar la calidad de vida de las personas, pero no por eso debemos dejar de lado otros mecanismos como los generados por la Ciudad Y del comienzo. En definitiva, una Smart City es aquella que desarrolla los mecanismos para autogenerar y reproducir las condiciones exitosas para la solución de sus problemas particulares.

No cometamos el mismo error que se cometió cuando se empezaron a construir ciudades “para los autos”. No diseñemos la ciudad en función de la tecnología y menos de sus productos o aplicaciones. En vez de tecnologizar la ciudad, urbanicemos la tecnología.

*Por Alejandro Prince y Lucas Jolías para Puntogov

Más información en princeconsulting.biz

Política Comunicada

Política Comunicada es un medio digital sobre innovación tecnológica y política en la gestión pública de los gobiernos locales Iberoamericanos.

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