Sin “voluntad general” el contrato social es un acuerdo no democrático

Por Francisco Tomás González Cabañas. 

No conformes con haber perseguido a Rousseau, siglos después lo olvidamos, no sin antes, distorsionar sus consideraciones y reducirlas a frases sacadas de un contexto e impuestas en otro, donde lo que finalmente naufraga es la posibilidad de que contemos con un sistema de organización político y social más justo, ecuánime y por ende, más cercano al ideal de lo que pretendemos como democrático. 

Es verdad, qué al ser puntillosos, específicos y detallistas, pecamos de emular las faltas más severas en que caen los académicos, cuando dotan el sentido de las palabras (del logos) como “farmacon” en su acepción de veneno y no de remedio. 

En la arena electoral, en lo que convirtieron en campo de batalla, lo importante no pasa por los combatientes, sino en resignificar o volver a dotar con otro sentido a lo que esta en lucha, en tensión o en combate.

En el texto “La farmacia de Platón” Derrida lo explica con lujo de detalles. Sí bien, de acuerdo a Borges en “Funes el memorioso” pensar es olvidar diferencias, la palabra en algún momento primigenio, debió ser escrita no sólo para ser recordada, sino para que significara algo más que la mera, como autoritaria, expresión del rey de reyes o única autoridad. 

La palabra refiere desde aquel entonces no sólo a lo que remite, sino y sobre todo, a lo que no, o para decirlo, psicoanalítica, deconstructiva o hermeneúticamente, a lo que se esconde detrás de la misma.

La palabra pierde contundencia o sentido univoco, pero gana en pluralidad, son varios los que la pueden usar (al escribirla) y muchos más los que la pueden escuchar y de allí reparar o no en lo que puede significar para quiénes la escuchen y con ello le terminen de dar sentido, a la acción comunicativa o al logos ya convertido en instrumento de la polis o de la comunidad. 

Desde estas fuentes, surge el poder de la comunicación, sí a usted le llegan las presente palabras y no las lee, las desecha, o contrariamente, las pública, las difunde, las analiza y las critica, será partícipe necesario de nuestra falta de diálogo o en su defecto, contribuirá a fomentar la misma, que por otra parte es la principal manera que tenemos los seres humanos de lograr mejores entendimientos para reconstruirnos en una identidad de lo colectivo.

Transformamos el remedio en veneno, como el que padece un dolor y para mitigarlo usa morfina al punto de hacerse adicto a la misma, en relación al cuerpo democrático, cuando hacemos uso y abuso de las consideraciones del eje conceptual de “contrato social” y de todos sus autores (los contratistas y en especial Rousseau) y dejamos oculto el tópico esencial que en caso del ginebrino es ni más ni menos que la “voluntad general”. 

Desde la revolución francesa a esta parte, a nadie le importa más que una facción política prevalezca sobre la otra, sea en la asamblea, en las calles o en las elecciones. Hasta hace unas décadas atrás, la excusa para el desenfrenado deseo de la imposición (nada tan poco democrático como imponer) se discernía por las ideologías que esgrimieran los contendientes en las lides políticas. 

De un tiempo a esta parte, tal máscara cayó desnudando que detrás de las mismas, sólo existen rostros de hombres y mujeres que se disputan el poder, animalescamente, casi por el instinto salvaje de predominio. 

Las palabras, es decir, las discusiones, las contraposiciones de ideas, en el ámbito de la política de nuestros días, devinieron en un fármaco, inútil y pueril, una suerte de placebo, que si quiera cumple la función de tal.   

Creemos indispensable, el encontrar en lo escrito como “voluntad general” o mejor dicho lo sentimos en el cuerpo democrático, como el remedio que podría poner de pie a nuestro sistema de organización política y social, que podría, luego de la aplicación del mismo, seguir llamándose democracia o porque no un sintagma nuevo que represente y signifique algo mejor para las mayorías. 

En la arena electoral, en lo que convirtieron en campo de batalla, lo importante no pasa por los combatientes, sino en resignificar o volver a dotar con otro sentido a lo que esta en lucha, en tensión o en combate.

Ya sabemos que dejamos de ver confrontaciones entre ideas o principios, y que sólo quedan luchadores de carne y hueso que se disputan el dominio, inercialmente, para brindar los privilegios ganados en la lucha, a los suyos, prometiendo al público espectador de las gradas, que alguna vez serán parte del ejército de los vencedores a cambio de que, no hagan más que aplaudir al finalizar la función. Esto es el contrato social. 

La voluntad general, se implementaría de la siguiente manera (independientemente de qué personas físicas o grupo de las mismas reunidas en la formalidad de un partido político, pongan en consideración del elector, del ciudadano, del habitante, del votante, del público o de la gente) dejando taxativamente y por escrito, en claro las prioridades o los aspectos centrales o primordiales para ejercer el poder, administrándolo o representando a la sociedad con voz y voto en el ámbito del legislativo.

Es decir; el/la o los candidatos, tendrán que conformar o confeccionar una lista, de cinco aspectos, en un orden de prelación o importancia, para comunicar a la comunidad, cuales serán los ejes prioritarios del accionar político, o la voluntad general que pondrán en juego. Así podría ser que, dispongan la lucha contra la pobreza, mejorar la calidad educativa o brindar mayores posibilidades laborales y otros, propongan una comunidad más segura o combativa contra hecho delictivos, realizar acciones para una comunidad más sustentable, equidad en género y por tanto, la política, encontrará en este remedio, que se eligen prioridades (que no significa que lo que no sea prioritario será desechado o no será importante) y no nombres de partidos o expresiones carentes de sentido o mucho menos facciones que se disputan el poder por el mero e instintivo acto de predominio.

La voluntad general, es la única razón por la cuál, el individuo que fuere debe renunciar a sus deseos o intereses particulares, para brindar de esta manera lo suyo para la indispensable necesidad de lo colectivo que es ni más ni menos que lo político. 

La política, debe, en caso de querer denominarse, con razón (consagradas en palabras en acción) democrática, poner en juego ante la ciudadanía la voluntad general y ser claro en que consistirá la misma, para el caso que se elijan a uno u otros. 

Esta es la verdadera letra chica del contrato, que nos hacen firmar, ipso facto y legitimado en elecciones, nuestros gobernantes y sus opositores, así lo expresaron incluso sus mentores, a los qué, por razones varias, transformaron, cómo al fármaco, de remedio en veneno, mediante el cuál agoniza, lenta como inexorablemente nuestra democracia, sí es que no nos damos cuenta a tiempo que necesitamos otro tratamiento.   

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