Porque en épocas de elecciones nos permitimos ciertas mentiras piadosas

Termina un proceso electoral y sentimos un vacío que no se puede llenar. Si, es la ausencia de candidatos que han estado meses luchando día a día por tu voto.

Por Sergio Baldassarre

Termina un proceso electoral y sentimos un vacío que no se puede llenar. Si, es la ausencia de
candidatos que han estado meses luchando día a día por tu voto. Y para ello han hecho de todo,
selfies con la gente, caminatas, carreras de embolsados, humoradas en programas de televisión,
alguna foto simulando romance con la modelo de turno, algún llanto emotivo y dos cosas
fundamentales: una promesa y una foto con un niño en brazos.

Como si todo se tratara de un perfecto libreto tal como se usan en los filmes que vemos a diario.
Un guión con un relato determinado, las palabras justas, las sonrisas en el momento exacto, y la
cantidad de apariciones públicas acordes. Un guión que genera el posicionamiento del candidato.
Hasta aquí, todo parece normal, y más, siendo que vivimos en la era de la comunicación de masas.
Donde las ideas creativas llaman la atención del futuro votante. Actos políticos en estadios
tecnológicos con WIFI para que se pueda postear en las redes sociales, o charlas desde un
escenario circular 360 rodeado de militantes. Algo del futuro, que sin embargo no es nuevo, es
más, hasta diría que ya está inventado. Ya se hizo, pero lo que se renueva es el público, perdón, el
electorado.

Profesor Sergio Baldassarre
Especialista en Comunicación Política y Campañas Electorales
Equipo Académico del Instituto de Capacitación Política Ministerio del
Interior de la Nación Argentina
Docente de la Universidad de Belgrano*
@sbaldassarre

El hablar rodeado de personas resulta ser visualmente atractivo y genera una proximidad
interesante para quien se presenta a escuchar al candidato, pero, la idea tiene que ver con algo
más práctico que creativo. Y data de los años donde la tecnología no era de uso corriente porque
simplemente no existía. Los candidatos, un postulante a senador de Alabama, o Lenin luego de la
Revolución Comunista, se paraban en un estrado elevado a unos metros del piso y decían sus
consignas ante un público que los rodeaba. El tema es sencillo, no existía ni el micrófono ni el
parlante. Es decir, la única forma de oír lo que tenían para decir era acercarse al estrado del
político. Con la llegada de la tecnología y los sistemas de sonido, la cosa fue más sencilla, el
escenario queda al frente con el orador y las luces apuntándole y de frente el público, tal como
pasa en el teatro o el cine. Y como fondo, la bandera del partido, o la cara del líder en gran
tamaño, como un aviso de la pertenencia de dicho acto, de tal o cual candidato.

Entonces, como la atención del votante tiene una limitada cantidad de minutos, se fueron
formulando sistemas para el discurso, con la inclusión de posturas, la puesta de luces, la forma del
discurso, los silencios, las frases que provocan aplausos y la tonalidad e intensidad en las palabras.
Porque a fin de cuentas, es una representación casi teatralizada de una idea. Y realmente
funciona. A diferencia de una obra de teatro o una película la cuál puede gustarnos o no, el acto
político cuenta con una ventaja: los presentes están ahí porque adhieren a la ideología del orador.
Eso facilita las cosas, sumado a la mística de la marcha sonando al inicio de la jornada, y las
pancartas del político en cuestión como una marca registrada totalizadora y las banderías
correspondientes, es un negocio redondo. Cuando otros que no han estado presentes en el acto
ven grabaciones en video, filmes o fotos de la marea humana extasiada acompañando a ese
candidato, prácticamente sienten interés en formar parte de ello de alguna forma.

La propaganda política, desde la Revolución Comunista o la Alemania Nazi, siempre acompañadas
de una cámara de cine, dieron resultados inesperados. Claro, todo se hacía para las cámaras.
Blandir el puño en señal de fortaleza, o pararse de determinada forma ante los espectadores, era
el secreto. Y para ello se trabajaba mucho. Tanto Lenin como Hitler, ensayaban frente al espejo sus
posturas y muecas antes de cada discurso.

Es decir, hay un cierto contrato establecido entre el candidato y sus votantes, que entienden
reglas establecidas. Saben ambos que forman parte de una ceremonia, de cómo están dispuestos
a escuchar a quien les va a comunicar algo que básicamente ya saben. Es como ver una película
dos veces, solo hay que tener ganas de estar y saber cuándo hay que aplaudir. Obvio que esto no
es malo, el problema es cuando la ceremonia no coincide con el verdadero objetivo o los
resultados de todo lo que allí florece, estalla o se promete. Pero la mística es la mística, y poco
importa. Muchas veces, los discursos tratan sobre cosas que la gente quiere escuchar, aún,
sabiendo de ante mano, que esas cosas que se dicen o prometen no van a ocurrir. Pero es la
mística del simpatizante político y eso el candidato y sus asesores lo saben: lo que mueve al
votante siempre es lo mismo, la esperanza. Y es la esperanza con lo que el votante decide el voto a
metros de la urna el día de las elecciones. Y otras tantas, es la tradición política familiar. En
síntesis, dos enemigos terribles de la verdadera democracia. La tradición no representa garantía
de nada, y la esperanza, es lo primero que va a chocar contra la gran muralla de la realidad.
Porque algo es verdadero: las soluciones políticas no son instantáneas, y las cosas llevan su debido
proceso. Pero el votante necesita una respuesta pronta. Debe votar en menos de dos meses, y no
puede no ser “parte”.

Ahora bien, ¿qué cantidad de votos sacaría un candidato que como un acto extremo, contara la
realidad de lo que se debe hacer para sostener a un Estado, o cuánto debe aumentar los
impuestos o cuantos despidos se necesitan para equilibrar la balanza fiscal? ¿Qué hubiera pasado
si Hitler hubiera contado entre otras cosas, que para lograr una Alemania pujante llevaría a todos
a la muerte y a ser cómplices de los crímenes más grotescos de la humanidad?

Obviamente la respuesta es sencilla, simplemente no lo dijo. Porque a decir verdad, nos
permitimos ciertas mentiras piadosas en épocas de elecciones donde todos los candidatos se
convierten en “héroes” mitológicos porque el electorado necesita “creer”. Y así es el mismo
electorado, que lejos de comprender que a veces es necesario que los que ganan elecciones
puedan equivocarse, acertar, hacer cosas distintas a las prometidas o no poder llegar a cumplir
metas por varios factores, son los primeros en castigar en las urnas las cosas que no logran
interpretar siendo que fueron ellos mismos los que por un discurso o una frase “slogan”
publicitaria, los pusieron donde están.

Tal vez en la era de la hiper-información y con tantos recursos para llegar al conocimiento, al
electorado le haya llegado la hora de la maduración y hacer algunas cosas más que “creer” a la
hora de votar y se informe un poco más sobre quienes deciden a diario el futuro de un país. Lejos
ya de las tradiciones partidarias heredadas, la mística surgida del marketing político y los medios
de comunicación y esa cosita tan bella pero tan ingenua que llamamos “esperanza”. No vaya a ser
que ver una foto en Twitter de nuestro candidato siendo amable con un niño nos haga creer que
todo se va a solucionar.

Política Comunicada

Política Comunicada es un medio digital sobre innovación tecnológica y política en la gestión pública de los gobiernos locales Iberoamericanos.

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