¿Por qué los políticos en campaña no nos prometen más o mejor democracia?

Podría constituirse en la prueba irrefutable que de la democracia lo único que realmente les importa es su semántica.

Francisco Tomas Gonzalez Cabañas.
Les debería dar vergüenza.  Hacer campaña mostrándose como si fuesen hijos dilectos, de amos celestiales, que a ojo de buen cubero, solucionaran por inspiración mística, todos y cada uno de los problemas que se les puede presentar a una comunidad dada. Este abuso de los tipos de liderazgo Weberianos, se exacerba ante el carismático, que es hiperbolizado por una maquinaria pseudo profesional de consultores y marketineros, que a cada situación social o política, le encuentran su definición para Twitter. En ciento cuarenta caracteres el hambre de un niño, la falta de trabajo de un adulto, o las posibilidades de producción mediante un me gusta en Facebook o una foto en Instagram se resuelven, fatídicamente, claro está.   “Cuando Lacan en Vincennes habla de producir vergüenza no propone generar culpa ni fijar al sujeto a significantes amo; se trata, por el contrario, de que cada uno se anoticie del goce que está implicado en el uso que hace de los significantes que privilegia en su existencia. Es en esos significantes donde el sujeto encontrará su verdadera nobleza”. (Ortiz Zavalla, G. “Malestares actuales”. Aperiódico Psicoanalítico. Número 29).El simbolismo, marcado a fuego, el totemismo que lo democrático, es la última playa en donde desembarca la razonabilidad humana. Una suerte de epifenómeno, que demostraría que existe un avance cierto e indiscutible de lo humano. La justificación de nuestras existencias errabundas, del arrojo sin ton ni son al que hemos sido sometidos, y que por no tolerar tal orfandad, creamos a partir de esta sublimación de lo negativo, el sentido, en política, la complementariedad, de que prevalecimos por sobre poderes dinásticos, eclesiásticos y militaristas. Somos derechos y humanos, porque nos decimos democráticos. En la reverberación de la semántica (de aquí que en los últimos tiempos lo democrático se juega en los medios de comunicación, porque sólo es un reflejo de una idea, de un concepto, cuya traducibilidad es un imposible) más allá de que seamos obligados, invitados, condicionados, a optar, nunca a elegir (sí así fuera deberían aceptarse las candidaturas más allá de lo partidocrático, o que el azar elija una cámara de representantes en donde todos tengan, realmente, las mismas posibilidades de ser electos) en un acuerdo tácito con la dirigencia que se nos ha instituido como el padre regulador, normativo, el amo disciplinante, nos prometen, consabidamente todo aquello que no nos van a cumplir, pero no lo peor, lo más significativo, o lo más evidente de ante quiénes estamos, es que no nos dicen, con quienes nos van a gobernar, bajo que parámetros, metodologías elegirán a sus equipos técnicos, a sus grupos de colaboradores, o como quieran llamar a sus asesores, colaboradores o quiénes sean que les ayuden en la tarea para lo que propusieron. La firma de tal cheque en blanco, para que a partir de la ratificatoria de mayoría, hagan y deshagan a sus respectivos antojos, se avala, se respalda, cuando, en la previa electoral, desarrollan todo tipo de promesas, para los diferentes segmentos en los que se divide una comunidad y arman y desarman, proyectos para cada compartimento, con la misma facilidad, que los niños construyen y destruyen castillos de arena.

El goce que deberíamos propiciar, es el de que podamos elegir, no al intendente, al jefe comunal, al alcalde, al gobernador, al presidente, al primer ministro, o la definición semántica que posea el político, ofrecido a ser ratificado por la mayoría. Esto es el engaño, desde donde nacen truncas nuestras esperanzas de una democracia que tenga que ver, con que los asuntos del estado se entrecrucen con las cuestiones que nos suceden. Estas personas, los candidatos, ya están elegidas, y no debemos dar importancia que así sea. Claro que tampoco tenemos que creer que las elegimos, como algunos nos pretenden seguir haciendo creer, como si además esto fuese positivo. Ya lo deberíamos saber, y de allí que tendrían que tener vergüenza y nosotros hacérselas sentir. No pueden gobernar para repartir objetos, o para implementar programas preestablecidos. Debemos generar elecciones, para que las reglas de juego establezcan, cuanto puede valer el voto de alguien pobre por ejemplo, sí lo mismo que vale el de alguien para que el estado hubiera estado, valga la redundancia onomatopéyica, más presente, por ejemplo. Para construir nuevos sistemas de gobierno y elegirlos, nuevas nomenclaturas, nuevas formulaciones del contrato social, redefinirlo, reactualizarlo.

Lo establece muy acertadamente el siguiente autor Panameño, a quién citamos para quitarnos el eje de monopolizadores de la palabra, y como muestra de que en cualquier parte del globo (el democrático occidental) nos sucede lo mismo: “A los y las gobernantes que les hemos delegado la gobernanza, son los que nos representan en los diferentes espacios públicos: nacionales e internacionales. En las últimas décadas hemos presenciado cómo ni tan siquiera nos pueden representar dignamente. El problema va más allá del moralismo de denunciar el buen o mal comportamiento de determinados funcionarios y funcionarias. El problema está en que nuestra “clase política” entró en una crisis irreversible de legitimidad. Aun así, en esas circunstancias, un alto porcentaje del populus, en particular al grupo más alienado, quiere ser como esa “clase política”, que está compuesta por varios sectores muy heterogéneos, por un lado lo que voy a llamar la “lumpenyeyesada” que es un elemento importante de esa “clase política” que no tienen cultura ni conciencia política, pero son un ejemplo fetichizado para amplios sectores del populus, así por muy banal que sea su gestión, tendrán un espacio en la “clase política”, a razón de que tienen un arrastre electoral alto, además tienen puestos públicos de relevancia por las mismas razones. Otro sector de ésta “clase política” son lo que Marcos Roitman llamaría “operadores sistémicos,” son aquellos que no necesariamente son un ejemplo fetichizado, pero que en buen panameño resuelven, habitualmente son los que usan el clientelismo como elemento cohesionador; son flexibles: por eso cambian de partido fácilmente o de estatus de independientes a partidarios en un abrir y cerrar de ojos, pero además, y más importante, son funcionales a los intereses de la élite dirigente plutocrática, siempre y cuando estén garantizados sus intereses. Por lo tanto, se requiere – y quizás por las fuerzas de las circunstancias acontezca – el surgimiento de nuevos líderes y lideresas políticas honestas, y un pueblo empoderado capaz de participar políticamente, que se enganchen con sus necesidades objetivas y materiales, en un medio en donde nuestra “clase política” cava su propia tumba. (Rodríguez Reyes, A. Debacle de la clase política Panameña).

La tumba señalada por el autor, es para nosotros la pérdida del poder o la muerte civil por parte de estos actores, que continúan ratificando, con estas actitudes, que no están pensando, sintiendo o viviendo una experiencia democrática, sino totalitaria, o sujeta a una dialéctica de amo y esclavo, de la cual no pretenden, ni para los otros, ni para sí, otros estadios que no sean estos, nefastos para una experiencia de libertad.

La muerte civil es en verdad una ficción jurídica, ha sido en algún tiempo de la historia, una especie de penalidad extrema que simulaba una especie de esclavitud moderna o al menos no tan antigua. Nunca se llegó a implementar en forma sostenida, pero asoma, cada tanto y por sobre todo en culturas feudales, como una suerte de acechanza para los que creen en el temor reverencial (los que se resguardan en posiciones de poder o ventajosas sobre otros, para esquilmarlos en sus capacidades, bienes o energías, abusivos que incluso transgreden la lógica filiar y se aprovechan de sus vástagos o familiares) de que el poder, que alcanzaron o que poseen, se le discurrirá de las manos, producto de la puja que llaman democrática, pero que es en verdad un mero juego estadístico, para ver quiénes reparten mejor la bolsita de mercadería, la dádiva, la prebenda, para los más necesitados, y las expectativas para los que logran tener algo en el buche, en la panza, en el estómago  y quieren no cambiar nada, sino se ellos quiénes también estén en la cúspide de la pirámide. El problema es que hacemos, con las piltrafas humanas que quedan desbastadas, destruidas, a merced de la muerte civil, que es ni más ni menos que el acabose existencial más no así la extinción física. El vagabundeo, errabundo, por parte de los que se creían actores indispensables e insustituibles de la cosa pública, instados a ubicarse en tiempo y espacio de lo que son y han sido es el fiel reflejo del lugar que verdaderamente ocuparon para los otros.

Estos sujetos deberían constituir una suerte de Sanedrín, consejo de ancianos o Senado Vitalicio, que guarde sólo para ellos, en tal ficción de la que nunca podrán salir sí es que no demuestran por motus propio voluntad para ello, este enmascaramiento de la fábula de la campaña permanente, de que solucionarán todo y cada uno de los problemas de los ciudadanos, que supuestamente dependerán de lo que hagan o dejen de hacer. Más allá de lo presupuestario, el sostener esta suerte de Panóptico de Bentham, donde nosotros, los que pretendamos una experiencia de gobierno, con más semejanzas a una democracia o como se la quiera llamar, podamos ver en tal edificio transparente, a estos  políticos en el delirio extremo de sus propuestas, de sus poses, de sus postureos, de sus mentiras inacabas e incomprensibles. Esta suerte de observador nos dará la posibilidad de saber que es a lo que podemos aspirar y que es lo hemos venido padeciendo.

La puerta de ingreso a tal lugar, el franqueo, el límite, para habitar uno u otro lugar es muy básico y sencillo. Pídale a su político que le hable de democracia, que le diga cómo cree que se encuentra, en caso de que así lo entienda, como la mejorara, como la hará más democrática. Un político que quiera hablarle de otra cosa, de acciones, de propuestas, de proyectos, de cosas concretas, no es un político, será cualquier otra cosa (podría ser desde un autómata hasta un charlatán, pero caracterizarlos es lo de menos) menos un político.

Un político que no hable de democracia, debería estar muerto democráticamente, debería estar confinado en el panóptico señalado, para que cada tanto, cuando tengamos tentaciones antidemocráticas, miremos tal lugar y observemos la anti humanidad y la anti política en grado sumo.

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