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La “verdad incómoda“ de la Internet

Por José Verón

    Hay una “verdad incómoda”  en relación a la Internet. Una, por lo menos. Nadie niega los innegables avances civilizatorios, que conlleva la web y los medios electrónicos en general. Pero hay- por lo menos –una verdad incómoda

     Verdad incomoda alude en el análisis social a ciertos aspectos de la realidad, que nos negamos a aceptar que sean así o tan así, pero que – ciertamente– son o parecen ser así en verdad y nos negamos a aceptar esto porque esta verdad revela cosas y aspectos acerca de nosotros que, preferiríamos no admitir o que sentimos que, de alguna manera, nos desmerece, que estos aspectos de la realidad acerca de nosotros mismos sean verdaderos o ciertos

   “ Uneasy truth “ como dirían los angloparlantes que, cierta y verdadera, nos desmerece y no contribuye además a nuestra autoestima, personal y social. Verdad, al fin y al cabo, pero que nos incomoda o que no nos es fácil admitir o reconocer como verdadera o al menos cierta

     ¿Cuál es o cuál sería esta verdad incómoda acerca de la internet y los medios electrónicos, a la que, en esta oportunidad, nos queremos referir, y que motivo esta reflexión?  Todos tenemos, aunque quizás interiormente no estemos tan al tanto de ello, verdades incómodas

      Lo cierto, es que es tanto lo que cautivan nuestra atención los medios electrónicos, y la red, que estamos en general desatendiendo y hasta dejando otros medios más tradicionales de inculturación, que generaciones pasadas (nuestros padres, abuelos, etc.) usaban con mucho provecho y eran fuente de transmisión de saberes, adquisición de conocimientos, refinamiento de nuestras capacidades cognitivas, y cultura en general. Pero más aún: estos medios más tradicionales de inculturación (libros, diarios, enciclopedias, revistas, manuales) realizaban y han realizado a lo largo de la historia de la humanidad un valioso aporte a la formación de la persona humana, y de sus recursos para la existencia

     ¿Es verosímil sostener, que desde que tenemos internet bajo mucho la cantidad de libros que leemos por año? ¿Y podemos pensar, qué ponernos o dedicarnos a leer, nos parece a veces hasta una pérdida de tiempo, considerando la velocidad y el vértigo que tienen la internet y los medios electrónicos y la híper abundancia de datos que encontramos allí? Los asertos que contienen estos interrogantes planteados, son– por cierto– discutibles y opinables, pero todos sabemos de cualquier forma, que algo de esto hay: leemos menos, compramos menos libros, diarios y revistas, porque es como que quizás sentimos que, con internet, mucha falta no nos hace todo esto

     En todo caso, pareciera que las personas y las gentes de formación cultural un poco “a la vieja usanza”, saben además de buscar información y datos en internet, clasificar, jerarquizar y sopesar la información hallada y rastreada. Algo que, se puede decir, para las jóvenes generaciones es más difícil

    Con todo lo que nos da internet, hay mucha información inútil en internet, que casi nos abruma, y saber distinguir a esta, de la información verdaderamente valiosa y relevante, es ciertamente habilidad y destreza y heurístico de primera magnitud y valor

    La lectura, nos informaba pero también nos formaba, y nos enseñaba a pensar, y, aun con todo lo valioso que nos da internet y los medios electrónicos, es quizá más difícil que nos pueda dar esto mismo que nos da la lectura
     No podemos dudar, a riesgo de caer en la necedad que la internet y los medios electrónicos nos dan ciertamente mucho; y hacen avanzar el progreso civilizatorio y tienen indudables efectos positivos sobre, el bienestar comunitario y social, y también personal, y sobre la educación; y negar esto sería, verdaderamente una necedad y, tal vez, una idiotez. Pero hay una Verdad incómoda, en relación a todo esto que, por lo general, soslayamos o no admitimos, la miramos de soslayo: Nuestro tiempo en internet, valioso por cierto, y mucho, nos sustrae considerablemente de hábitos saludables y formativos como la lectura más tradicional, por ejemplo; casi como un costo de oportunidad, que, todavía y por mucho tiempo, nos hacen mucha falta y contribuyen decisivamente a constituirnos como personas y como sujetos.

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