La democracia y el parricidio

Por Francisco Tomás González Cabañas

“El padre de familia es el gran criminal del siglo” (Arendt. H)

La democracia esconde sus formas, maneras y metodologías totalitarias, en la perversidad engañosa de una aprobación, condicionada, por supuestas mayorías libres, que periódicamente, legitiman a un grupúsculo de privilegiados, que a gusto y piacere,  a diestra y siniestra, demuestran la condición líquida, difuminada de las leyes, que casualmente (en este ardid centra su energía nodal lo democrático, en que las reglas de juego parezcan de dominio público, cuando en verdad lo central se escribe en tamaño micro para los pocos que cuentan con lupas para detectarlo) siempre los benefician, perjudicando, por lógica a las mayorías que votan a sus victimarios.

La tipología del delito que comete para con su sociedad, podría entenderse como de crimines causae (delitos que se ejecutan por medio de varias acciones, cada una de las cuales importa una forma análoga de violar la ley para encubrir anteriores)  emparentado incluso, o aprovechándose de la continuidad jurídica del estado, al que no deja de vejar, tal vez corresponda a otras tipificaciones existentes o a crearse (en algún otro desarrollo teórico hemos propuesto la figura penal del “democraticidio”) de todas maneras, no es nuestro campo el de la penalidad, sino el del señalamiento, claro, prístino y contundente, acerca un diagnóstico cultural del que no podemos prescindir en caso de que queramos, desde el lugar que fuese, modificar algo, con el fin altruista o no, que fuere.

Retomando las consideraciones de Arendt,  una de las conceptualizaciones más deslumbrantes a la que arriba es la consideración de la “banalidad del mal”. Una suerte de justificación o de prescindencia de libertad, en la que muchos jerarcas nazis se escondieron, se agazaparon, para no reconocerse en la monstruosidad e inhumanidad de sus propios actos. Para evitar esta lógica de escalas, de gradaciones, estimamos, es que la autora llega a la genial conclusión de que el gran criminal, es además y no en verdad, el padre de familia, el modelo cultural entronizado. El encuentro de este límite de responsabilidad es el que permite señalar que más arriba no se puede apuntar, y que en definitiva, todos por acción u omisión fuimos y seguimos siendo responsables.

La complicidad democrática, para nuestra consideración, se evidencia en que cobija al criminal  en todas y cada una de sus acciones, sin que medie límite alguno en la consecución de las violaciones a la ley, que en este caso, serían a la propia condición humana (otro título de otra obra reconocida de Arendt).

Así como para Lévi-Strauss la prohibición del incesto es el único fenómeno que tiene una dimensión cultural como natural,  nosotros creemos que nuestra humanidad al menos debería entender como límite de su auto-vulneración lo que expresa Pedro Casaldáliga (candidato a Premio Nobel de la Paz, obispo emérito de São Felix, místico, poeta, uno de los líderes de la teología de la liberación y una figura internacional en la defensa de los Derechos Humanos) “Todo es relativo, menos Dios y el hambre”. Prescindamos del rol de sacerdote de Pedro, hasta su máximo pastor, el Papa Francisco, lo señala como la cuestión principal a resolver, la del hambre, la pobreza o la marginalidad.

Una democracia que se precie de tal, sea tal o no esconda, complícemente, al asesino del siglo anterior, a decir de Arendt, trabajaría en post de combatir la pobreza. La no realización de esto mismo, y hasta su perversa aquiescencia (la de declamar que se trabaja para erradicarla) no hace más que confirmar el gravoso encubrimiento que perpetra lo democrático, ante su figura cultural-simbólica, denunciada siglos atrás como el gran criminal de la condición humana.

“La falta de legitimación, asimismo, de una justicia fundada en la equidad y la costumbre no sólo en los sistemas deónticos y positivistas para lograr una convivencia social mínima agravó la crisis de la democracia representativa, por lo que hoy parece haberse producido un desplazamiento de la universalidad de la ley a la omnipresencia del entretenimiento formal, del que no se sustraen el ciudadano convertido en un potencial elector y visto cómo ni las autoridades políticas reducidas al discurso del espectáculo. Ser ciudadano es limitarse a concurrir al acto eleccionario, el resto que lo hagan los políticos porque menos se averigua y Dios perdona. Este es el pensamiento que suele ser imperante” (Winkler, P. “El psicoanálisis como envés de la ley”. Revista Affectio Societatis, Vol. 8, Nº 14, junio de 2011)

Esta es la razón por la que los políticos, acendrados en lo simbólico, reinan en los festejos o conmemoraciones protocolares, que cada tanto incluyen a los sectores que suelen tener que ver con cada una de las fechas a concelebrarse.

La democracia pasa a convertirse en un fenómeno ceremonioso, se rubrica tras lo sagrado y totémico de lo electoral (en donde hace rodar la certeza de que garantiza una libertad de expresión que no permite ni promueve, al contrario, la ocluye a la libertad de pensamiento y por ende a que estos, más luego, sean publicados, en un sistema comunicacional aterido de razonabilidad) se reduce a un imperativo categórico que solo nombra, performativamente.

“Están hermanados desde su origen en el Nombre-del-Padre, Padre-del-Nombre  forcluido o no, es decir, en el nombre que nos inserta o excluye del lenguaje y de la cultura. La palabra forclusión, como caducidad constituyen una parte de la terminología jurídica relacionada con la prescripción y el curso del tiempo en el ejercicio de los derechos. La autoridad, que no es sinónima del autoritarismo y requiere del reconocimiento social del otro (de los ciudadanos y habitantes de una nación), pues de lo contrario es carcasa vacía, debe poder ejercitar sus funciones políticas y sociales. En un mundo en el cual por la experiencia de tiranías y dictaduras de distinta índole, aquélla se encuentra sospechada desde el inicio y casi sin admitir prueba en contrario en la concepción popular, la sociedad deviene en soledad y corre el riesgo de transformarse en un sempiterno caos. El caos lo sufren los más visibles, ya que debido a sus escasos recursos no les es posible acceder a la vivienda, al alimento y a la educación, y si las instituciones no median por ellos, el malestar aumenta” (Winkler; pág.17).

Jacques Lacan el introductor del término forclusión en el ámbito psicoanalítico, planteó la estructura de la psicosis como efecto de aquello, bajo el significante del Nombre del Padre. En nuestros términos, o reintroducción en el campo político, ese significante es lisa y llanamente las reglas de juego.

Sea para habitar más placenteramente nuestra alucinación, o para salir de ella (aporía que no está en cuestión aquí) no precisamos cambiar de representantes o encontrar modificaciones accesorias, lo que precisamos es el cambio, radical y conceptual de nuestro ser en el mundo, tanto ontológico como, por ende, político.

La institucionalidad jurídico-legal que impuso como sistema lo democrático (La ley del padre), que en términos reales es votar, obligados por ley, escoger entre las opciones que nos presentan para que seamos gobernados, más allá de resultados, saludando y aplaudiendo, a estos padres quiénes nos prohibieron prohibir,  en nombre de una autoridad que está más en nuestra estructura psíquica que en las instituciones políticas, que en la realidad cotidiana de las redes o de las calles.

El próximo parricidio, simbólico, para establecer nuevas leyes o normas que dispongan un sistema organizacional más acorde con nuestra humanidad, provendrá, seguramente más del campo personal-analítico y como de allí se logre intervenir en lo público-político, que en sentido contrario de la manera en que se venían dando las disrupciones históricas que nos depara en nuestra realidad parroquial de cada una de nuestras democracias aldeanas que se pudren, lentamente, en la carroña de un dios, que deja morir de hambre a sus hijos, para regocijarse de su supuesta grandeza y heroicidad que no está en el plano de lo real, sino de lo imaginario, de un paraíso, de un más allá, de una de las tantas promesas que jamás podremos comprobar sí fueron desperdigadas con el afán del engaño o con la bonhomía de la credulidad, pero que deparan para nosotros, un mismo resultado; el ser los bastardos de un padre criminal, al que antes de ajusticiarlo, deberíamos enjuiciarlo para determinar qué responsabilidad y más luego, en el caso que se determine, penalidad le correspondería por sus acciones como por sus defecciones.

“El parricidio es, según interpretación ya conocida, el crimen capital y primordial, tanto de la Humanidad como del individuo. Desde luego, es la fuente principal del sentimiento de culpabilidad, aunque no sabemos si la única, pues las investigaciones no han podido determinar con seguridad el origen psíquico de la culpa y de la necesidad de rescatarla. Pero tampoco es preciso que sea, en efecto, la única. La situación psicológica es complicada y precisa de aclaración” (Freud, S. “Dostoyevski y el parricidio”. Obras completas).

Desear algo mejor que lo democrático ya nos convertiría en parricidas, por más que tan sólo queramos un padre que oficie de tal, sobre todo para con sus hijos, los pobres,  que más lo necesitan, que no casualmente son los que más lo vindican y vitorean cada vez que con perversidad (en las elecciones en lo electoral) se muestra para consolidar su cetro y espantar las posibilidades de ser juzgado, como su situación larga y humanamente ameritaría.

Política Comunicada

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