Hacia un Estado de gratuidad

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Por Carlos A. Coria García

Desde un páramo inhóspito, si se quiere, desde lo abstracto, la igualdad o su antagónica, más usada y difundida: la desigualdad, puede ser, en principio, un tema matemático, repartija de 10 naranjas para cuatro personas o, puede ir a lo más profundo de la humanidad como lo es la religión, la historia, antropología el psicoanálisis o la filosofía

Las últimas dos décadas sirvieron a los argentinos para hacer un balance respecto de la realidad cotidiana, que nos pasó y que nos pasa, las décadas pasadas se cuentan en porcentajes, son cifras, estadísticas que resumen la historia socio-económica del país, pasando del 52 % de pobres en los 90´ al 32 % actual, empeorando la situación en las provincias del norte, donde pareciera que la vida está acorde a algunos países africanos que al país de los cuatro climas, la riqueza agraria o del granero del mundo como se supo calificarlo.

Nuestro conocimiento sobre los pobres o, sobre la pobreza como manto cobertor, como subespecie de humanos a los que no queremos darles nombres, -argentinos por cierto-, en las últimas décadas o desde hace al menos treinta años, no tuvo solución definitiva ni mucho menos, haciéndose una realidad estructural, el pobre ya forma parte del paisaje como las Cataratas del Iguazú, el Cerro Ventana o el Uritorco. Trayectoria que termina en el pobrerío, los excluidos, aquellos arrojados a la más vil de las actitudes humanas, al pozo de los infra-humanos, infra-ciudadanos o ciudadanos de cuarta, ese abultado número (para las consultoras) o esa montaña de seres en patas, piojentos, hambrientos, piltrafas parlantes, son lanzados de mano en mano según quien tenga el timón del país que perece día a día, que no remonta, donde la política está íntimamente vinculada al delito, en poblado y en banda.

En el frenesí de la modernidad globalizada que nos toca experimentar, en nuestro transitar en el tiempo y no a la inversa, fue puesto sobre el tapete el término Femicidio, convirtiéndose prácticamente y con total legitimidad en una causa mundial, con el mismo énfasis podríamos instaurar el “pobrecidio” tanto en el país y sobre todo, en el norte “africanizado” del granero del mundo como causa nacional y por qué no mundial.

Desde el año 1994 en que se reformó nuestra Constitución Nacional una lluvia de derechos cubrió el firmamento nacional, así y todo, se nos es imposible congeniar con tremendo manual obligatorio que sintetiza todo aquello que pretendemos como país, sociedad o nación. La llegada del nuevo milenio trajo bajo el brazo la era del asistencialismo, aparición de los movimientos sociales, la economía popular, etc. el milenio nos desayuno de golpe que existían derechos y que serian ejercidos de cualquier forma.

Pero ¿en qué momento nace el derecho? Acaso los derechos están agazapados en algún rincón esperando el momento de salir a la lucha, de aparecerse de pronto ¿existen los derechos o son maquinaciones de temporada? Como si alguien tuviera una lista secreta de derechos que de acuerdo al contexto se exige el cumplimiento, como si fuera una cuestión de magismo, de alquimistas. ¿La política genera derechos o los derechos son política?

Siguiendo la tesis del pobrecidio, inclúyase el infanticidio. Es que una teoría del estado de excepción, -dice Agamben-, es la clave para iluminar la relación que “liga, y al mismo tiempo abandona, al viviente en manos del derecho. Sólo así, sólo en la medida en que se aclare qué es lo que está en juego en la diferencia -o supuesta diferencia- entre lo político y lo jurídico, entre el hecho y el derecho, será posible responder una pregunta crucial en la historia política de Occidente ¿qué significa actuar políticamente? En ese sentido ¿la existencia de la pobreza acaso no es un derecho no ejercido? Cuál es la razón para que exista durante tanto tiempo el fútbol gratuito (desde el año 2009-2017) mientras la vivienda y los alimentos no lo son.

El pobrerío y su universo posible: el basurero, es tratada mediáticamente como una cuestión de política social, tanto por la derecha como por la izquierda como gusta diferenciar al politiquero, pero ninguno de los dos extremos (si existiesen) proponen o mejor aún, hacer efectivo el derecho humano a los alimentos y a la vivienda ¿Por qué en Argentina la vivienda y los alimentos no son gratuitos y el fútbol y otras cosas más si?

Si la voluntad política es menguar o combatir la pobreza, regresar al pobrerío, a la piltrafa parlante al mundo, si se pretende ganarle a la piojera, a la parasitosis estomacal, el Estado, en su afán todopoderoso y mucho más, los agobiadores del discurso: los politiqueros, parásitos de partido, deberían empezar, como signo positivo, declarar la gratuidad de los alimentos y la vivienda en Argentina.

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