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Gobiernos resilientes: el desafío de la innovación pública

Por Carlos Miguel Rodrigues (@Carlosm_rod)

El término resiliencia proviene del latin resilio, que significa “volver atrás, volver de un salto, resaltar, rebotar”. Su formulación original, proveniente de la física, alude a “la capacidad de un material elástico para absorber y almacenar energía de deformación”. Posteriormente, el concepto fue adoptado en la psicología positiva para referirse a “la capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas”.

El vocablo se ha popularizado en los últimos años, extendiéndose a los más diversos campos. Hoy en día es habitual oír sobre la resiliencia como atributo de los ecosistemas, las economías, las ciudades o la arquitectura. En este sentido, el calificativo de “resiliente” apunta a resaltar la capacidad que deben desarrollar los sistemas para adaptarse de manera inteligente, flexible y proactiva a los desafíos derivados de los contextos crecientemente complejos, inciertos y conflictivos en los que nos movemos.

Los gobiernos no son ajenos a esta dinámica. Se trata de un desafío mayor, que demanda de las instituciones públicas no un simple cambio de instrumentos o normas sino una profunda modificación de las lógicas de acción. En un entorno de cambios acelerados e impredecibles como el actual, los gobiernos no pueden seguir pretendiéndose actores unitarios, racionales y jerárquicamente superiores, responsables de dirigir y controlar una sociedad simple y estable. En ese sentido, buena parte de los problemas que podemos identificar en la acción pública pueden atribuirse, en mayor o

Politólogo con estudios de postgrado en Gerencia Pública y Planificación del Desarrollo. Mis áreas de interés incluyen: participación ciudadana, planificación estratégica, desarrollo local y fortalecimiento institucional. He podido conciliar en mi experiencia laboral las actividades profesionales de la gestión pública con las actividades académicas del sector universitario. Esto me ha permitido desarrollar mis capacidades para participar tanto en proyectos de investigación como en proyectos de gestión. En los equipos de trabajo en los que participo procuro aportar capacidad de análisis, organización, orientación al logro y compromiso con la calidad. Adicionalmente, intento mantenerme activo como como comentarista independiente del entorno político y la gestión de gobierno.

Carlos Miguel Rodrigues es politólogo, egresado de la Universidad Central de Venezuela (UCV), Especialista en Gerencia Pública (Universidad Metropolitana, Caracas) y Magister en Planificación del Desarrollo (UCV). Su área de investigación y docencia abarca la participación ciudadana, la gobernanza, el desarrollo local y el fortalecimiento institucional. Ha tenido distintas responsabilidades en el sector público en funciones de análisis del entorno y planificación estratégica. Es locutor profesional y articulista para distintos medios, revistas y portales digitales de Venezuela. Actualmente es becario de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), sede Ecuador, en la Maestría de Investigación en Políticas Públicas.

menor medida, al desfase que se ha producido entre una sociedad crecientemente compleja, diversa, dinámica y exigente, y un aparato público aún demasiado centralizado, uniforme y lento, apertrechado con pocos y muy estandarizados recursos.

En la literatura especializada abundan los planteamientos y propuestas sobre cómo encarar esta modernización de la acción pública, articulados alrededor de términos como “gobernanza”, “Nueva Gestión Pública”, “administración deliberativa” y, más recientemente, “gobierno abierto”. En general, estas nociones dan cuenta de la necesidad de institucionalizar una nueva forma de gestionar lo público, en la cual las decisiones surjan de dinámicas colaborativas que atraigan y reúnan los recursos, el conocimiento y las capacidades que se encuentran dispersos tanto dentro de los gobiernos como fuera de ellos.

En este marco, los gobiernos deben desarrollar características resilientes, que le permitan: 1. Comprender las dinámicas del cambio social, adelantarse a posibles eventos disruptivos y adaptarse inteligentemente a las nuevas tendencias y fenómenos emergentes; 2. Desarrollar lazos de confianza e incentivar la cooperación con actores gubernamentales, sociales y mercantiles, locales o internacionales, en función de la producción de valor público; 3. Forjar y gestionar estratégicamente estas redes de cooperación, asegurando mediante su eficaz funcionamiento la legitimidad y eficacia de la acción pública; y 4. Fomentar la innovación mediante la incorporación y el apoyo a las iniciativas de cambio y la eliminación de las barreras y bloqueos impuestos por los intereses tradicionales.

La agenda de reformas que está en discusión en América Latina apunta en esta dirección, con nuevos mecanismos para la participación, la transparencia y la cooperación emergiendo por doquier. Sin embargo, el riesgo radica en que los intereses y grupos de poder tradicionales bloqueen las iniciativas de cambio, limitándolas a modificaciones superficiales de los procesos de gobierno, sin alterar la estructura ni el paradigma de la gestión. Construir viabilidad política a las reformas es un asunto de primer orden para garantizar su éxito.

La lógica del gobierno resiliente es compleja y difícil, pero es la apropiada para dirigir la acción pública en tiempos que son tanto o más complejos y difíciles.

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