pl
opi

El auge de los populismos es, sin lugar a dudas, la mayor de las transformaciones políticas que ha vivido la sociedad occidental en el último lustro. Una transformación que, lejos estancarse, parece mutar y evolucionar a cada segundo.

En un primer momento, el populismo nació como un concepto que identificaba a aquellos países de América Latina que se negaban a jugar al juego de la globalización, y aún continuaban con poderosos discursos socialistas y anticapitalistas. Fundamentaban su poder en el pueblo, en un pueblo soberano, y esa era su principal arma.

Este modo de entender la política como algo que emana de abajo a arriba, ¿no resulta familiar? Probablemente. Es la tesis central de partidos como Syriza o Podemos.

No obstante, con el paso de los años, o de forma paralela (aún no lo sabemos), el término fue mutando, y dejó de ser un movimiento típico de izquierda. Empezaban a surgir partidos y movimientos políticos cuyo principal poder residía en la soberanía de su pueblo, y no necesariamente eran partidos y movimientos de izquierda.

No es el mismo populismo el de Marianne Le Penn que el de Pablo Iglesias, por ejemplo. Tampoco es lo mismo el populismo de Donald Trump que el de Tsipras. Eso es evidente. Sin embargo, y con la salvedad del caso español, todos los populismos sí que comparten elementos comunes. Uno ya lo hemos citado, la soberanía. El otro, más complejo, infinitamente más complejo, es el caso de la inmigración.

Y es que convertir ésta cuestión tan compleja en un arma para obtener un rédito político ha sido quizás uno de los principales errores de nuestro tiempo. Pero tiene su explicación.

En un mundo donde la lucha de clases ya no se comprende del mismo modo que hace cincuenta años, la retórica izquierdista necesitaba hallar una fórmula que la permitiera seguir haciendo oposición en un mundo globalizado y capitalista, pero utilizando las mismas líneas maestras del pensamiento socialista, o, mejor dicho, el de Marx. En otras palabras, necesitaba encontrar una clase posicionalmente inferior que sirviera como baluarte ofensivo contra la clase dominante. En este sentido, son vitales las lecturas a personajes como Antonio Gramsci, quien introdujo el concepto de hegemonía capitalista en términos culturales. Esto es, los mecanismos de opresión por parte del bloque dominante hacia el proletariado ya no eran en términos de productividad, sino de hegemonía cultural de una clase sobre la otra.

Así pues, uno de los colectivos escogidos por parte de esta retórica izquierdista fue la inmigración, y aunque no fuera el único, sí que ha sido uno de los más importantes.

Afirmar que un país, en términos de productividad económica, tiene una capacidad limitada de absorción migratoria es una realidad, pues se fundamenta en un hecho tan simple como que los países se mueven en función de la ley de la oferta y la demanda. Tanto trabajo, para tantos trabajadores. No obstante, el problema es que, al identificar la inmigración como sujeto político por parte de la izquierda, se ha promovido que cualquier planteamiento de carácter político concerniente a la inmigración sea catalogado como reaccionario, es decir, ajeno ideológicamente a la izquierda.

La izquierda se ha apropiado de la inmigración, convirtiéndolo en un tema tabú en cualquier tertulia o mitin político. Y esta diversidad es lo que ha dado como resultado el auge de estas transformaciones populistas. Vemos algunos ejemplos:

Hace apenas unos meses, en Inglaterra, triunfaba el sí a un Brexit económico que dejaba a Europa entre el pavor y la incredulidad. Y uno de los principales argumentos políticos que lo justificaron fue el tema de la inmigración. El eslogan del partido de Theresa May, en una campaña de 2013 mientras era titular de Interior es lapidario: “Go home or face arrest”.

Al otro lado del Canal de la Mancha, el Frente Nacional de Marianne Le Penn avanza hacia la Presidencia de la República a pasos agigantados. Allí el problema es similar al caso inglés, no obstante, introduce una variable mucho más polémica: el islamismo.

Afirmando que se ha tornado una religión conquistadora y fuertemente vinculada a la delincuencia y el conflicto social, el planteamiento de Le Penn es muy sencillo: “aquellos inmigrantes que acuden a Francia en busca de una vida mejor están equivocados, legítimamente equivocados, es verdad, pero equivocados. Aquí no podemos ofrecérsela”.

En el caso español también existe este mismo problema, siendo la principal diferencia el volumen de inmigración, superior al resto de los demás países de la Eurozona. Este hecho, unido a la rapidez con la que se ha acogido a los inmigrantes y la imposibilidad, por parte de las estructuras del Estado, de hacer funcionales sus políticas de integración, ha provocado, por un lado, el malestar de la clase trabajadora, la cual ha visto cómo se introducía una masa social que compite directamente con ella por los mismos recursos; y por otro, la degradación de los partidos de izquierda, los cuales han hecho oídos sordos de las demandas de sus electores, quizá por miedo a sufrir una pérdida casi irreparable de su poder político.

Así pues, es lógico pensar que el problema de la inmigración está estrechamente vinculado al auge de los populismos en Europa. Eso es innegable. Ante este hecho, algunos partidos demandan que sea tratado como un problema político, dando con ello alas a sus filias y sus fobias. Mientras que otros, por el contrario, prefieren no tirarse piedras contra su propio tejado y esquivar el tema, sobre todo cuando hay tanto que perder y traicionar sus raíces ideológicas parece ser pecado capital.

Por lo que respecta al electorado, hoy en día parece cómodo en su filosofía de tratar la actividad política como si de un deporte se tratase. Soy de un equipo, o de otro, con todas las consecuencias. Una incapacidad manifiesta de despojarse de su sentimiento de pertenencia política que parece traer más problemas que soluciones. Veremos qué pasa.

Comunicación y política

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *