El Curso de las Ciudades

POR FRANCO MARTÍN LÓPEZ

Durante el desarrollo de la primera mitad del siglo XIX, la naciente nación estadounidense comenzaba a consolidarse como una referencia de progreso en el ámbito internacional. Fuertemente marcada por su independencia de Europa y la posibilidad de expansión hacia las tierras vírgenes del oeste, Estados Unidos desarrollaría una visión particular sobre la naturaleza de la virtud y perversión humana íntimamente relacionada con la dicotomía entre el campo y la ciudad.

El espíritu de la época

La pintura que ilustra la portada del presente artículo es la primera de una serie compuesta por 5 lienzos pintados por Thomas Cole en 1836 llamada “El Curso del Imperio”. Las obras ilustran el auge y caída de una civilización occidental que emerge de la naturaleza salvaje para desarrollar una gloriosa expansión y sumirse en el caos.

Thomas Cole fue uno de los mayores exponentes del romanticismo americano. Nacido en Inglaterra, a los 17 años migró con su familia a América. Fuertemente influenciado por los paisajes naturales del extenso territorio de Estados Unidos, Cole representaría escenarios idílicos en fuerte contraposición a la realidad terrenal de las ciudades y la imaginería urbana.

Cuando Cole publicitó su serie de pinturas, citó el Canto IV de Lord Byron en su obra “Las Peregrinaciones de Childe Harold”. El poema describe los viajes y reflexiones de un hombre joven hastiado del mundo, desilusionado de una vida de placer y deleite, mientras goza de los paisajes de las tierras extranjeras por donde viaja:

 Esa es la moral de todos los cuentos humanos;

No es más que el mismo ensayo general del pasado.

En primer lugar la libertad y la gloria – cuando eso falla,

La riqueza, el vicio, la corrupción – la barbarie al final.

Y la historia, con todos sus volúmenes vasta,

No tiene más que una sola página…

Cada lienzo, que podremos ver en orden a lo largo del texto, refleja una progresiva evolución de la generación que Cole consideraba casi inevitable. La sociedad decimonónica temprana mantenía una interpretación cuasi-platónica del desarrollo de la historia, donde la estabilidad y el progreso se veían constantemente amenazados por la vil corrupción que asechaba a la vuelta de cada esquina, esperando su oportunidad ante la más sutil desviación.

El romanticismo pastoril constituía el leitmotiv del movimiento, donde los individuos agricultores construían un bastión de moral y orden ante el caótico escenario urbano que parecía promover el vicio y la decadencia.

Centro Schumpeter

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