A simple corrupción política, doble estándar social

Por Fernando Flores D’Ascencao (@FFlodas)

Seguramente como sociedad muy contadas veces nos hemos hecho la pausa necesaria para reconocernos como partes de un todo. El hombre es el actor social por excelencia, pero como parte necesaria de ese todo le resulta muy difícil –a muy fácil, según desde dónde se lo quiera ver- disociarse de ese conjunto y verse como individuo.

Y he aquí, tempranamente, el quid de este editorial: El verse e identificarse como individuo sugiere el asumir responsabilidades in situ, por uno mismo: hacerse cargo. La sociedad es un todo; y como tal una entelequia que irremediablemente tiende a diluirse, a difuminar sus límites, a fundir y confundir responsabilidades. Es por esto que como parte de una sociedad todos terminamos siendo jueces –y con aceptada habilitación para juzgar y condenar-, pero como individuos simplemente nos convertimos en partes. Y ahí ya no nos gusta. Todos le escapamos al papel de reo y nos calzamos sin problemas la toga habilitante. Lo único que pareciéramos tener medianamente claro es aquello de no poder ser juez y parte, pero eso mismo nos obliga al instante a optar por un rol u otro. Y optamos por ser sociedad, obvio. Optamos por ser jueces.

Fernando Flores D’Ascencao Licenciado en Comunicación Social (UNC) y Diplomado en Gobierno Local (Konrad Adenauer Stiftung). Miembro de la Asociación Argentina de Comunicación Interna (AAdeCI). Docente y Capacitador en Arte, Diseño y Comunicación. Consultor en Imagen y Comunicación, RR.PP., RR.II. y RSE. Participación en organización de Cumbres Latinoamericanas de Alcaldes y Congresos de Gobiernos Locales en Argentina y LatAm. Disertaciones: "Gobiernos abiertos, Comunicación directa", "Los nuevos escenarios de la participación comunitaria", "Las ventajas de comunicar legislación", "No comunicar igual a no gobernar", "Comunicación de crisis en las ciudades del siglo XXI", "La comunicación global del gobierno local", entre otros.
Fernando Flores D’Ascencao
Licenciado en Comunicación Social (UNC) y Diplomado en Gobierno Local (Konrad Adenauer Stiftung).
Miembro de la Asociación Argentina de Comunicación Interna (AAdeCI).
Docente y Capacitador en Arte, Diseño y Comunicación. Consultor en Imagen y Comunicación, RR.PP., RR.II. y RSE.
Participación en organización de Cumbres Latinoamericanas de Alcaldes y Congresos de Gobiernos Locales en Argentina y LatAm.
Disertaciones: «Gobiernos abiertos, Comunicación directa», «Los nuevos escenarios de la participación comunitaria», «Las ventajas de comunicar legislación», «No comunicar igual a no gobernar», «Comunicación de crisis en las ciudades del siglo XXI», «La comunicación global del gobierno local», entre otros.

Si esta estructura planteada la extrapolamos a la vida política en la que todos estamos inmersos, seguramente nos ayudará a identificar que en ese todo social, en ese conjunto de individuos que es la sociedad, encontraremos diferentes y disímiles actores. Y con mayor seguridad aún podremos determinar los diferentes intereses con que cada uno de ellos juega su juego y donde el premio al ganador es simple y llanamente la imposición de su propio juego a los perdedores. Porque si cada uno juega su juego, en el mismo momento que resulta un triunfador, éste es consagrado por un hecho irrefutable: su juego ganador. Y la lógica más elemental de leyes de competencia dice que el ganador siempre termina imponiendo su juego; y esa imposición es siempre vertical, sea hacia abajo –el propio consagrado desde el podio- o hacia arriba –los derrotados por imitación de resultados.

Y hablábamos de diferentes protagonistas que en este corto ejercicio de pensamiento vamos a reducir a una trilogía de personificaciones necesarias: (1°) el político, (2°) el periodista y (3°) el ciudadano. Y cada uno con sus contrapartes necesarias: al político el empresario –lo público y lo privado-; al periodista el lector –el medio y la audiencia-; y al ciudadano el poder –pueblo y gobierno-.

Pero es necesario aquí que no olvidemos que todas estas parejas protagonistas son parte del conjunto, actores de la sociedad y –por ende, como ya dijimos- jueces.

Otra salvedad para hacer antes de avanzar es el hecho que un todo no puede ser juzgado, se juzgan las partes, la individualidad; donde incluso -cuando mayor es la disparidad de fuerzas- pareciera mayor legitimidad asume el proceso.

Encuadrado el enfoque del análisis planteado podemos ir ahora sin mayores retrasos al centro del artículo. De un tiempo a esta parte el actor con mayor fuerza de choque, o el que más ha vuelto a concentrarla (el segundo: periodismo, medios, prensa) ha encarado una cruzada contra la corrupción auto entronizándose como juez supremo, objetivo que rápida y fácilmente es abrazado por el tercer actor de la saga (el ciudadano, el pueblo) para poder capitalizar esto que en el inicio marcábamos de que como sociedad podemos juzgar más que ser juzgados.

Pero el embrollo mayor -que con mandrakiano pase se oculta- se produce concretamente en que sí esta vez se puede ser juez y parte: Los medios en nuestro país -como en casi todo el mundo- dejaron hace décadas de ser el idílico cuarto poder defensor de la libre expresión y acceso a la información sin objetivos comerciales; los medios en nuestro país -como en casi todo el mundo- ¡son empresas! y como tales con su prioritario objetivo de ser rentables y obtener cada vez más y mejores ganancias. Y no estaría mal si así lo asumieran abiertamente. El problema aquí es que el santo cruzado que salió en busca de su grial es a la vez el hereje a combatir. Con el más triste escenario posible: los que lo ven pasar en su cruzada y lo aplauden a su paso –el pueblo- lo hacen sin detenerse a pensar a quiénes están apoyando. Máxime a quiénes siguen y escuchan con ‘su verdad revelada’.

Si los propios teóricos de la lucha contra la corrupción -desarrolladores de marcos normativos de ética y compliance- reconocen que no puede haber corrupción ni fraude en la arena política sin su correspondiente contraparte del sector privado, entonces no podemos concluir en otra idea conceptual que no sea aquella que determina que no son los medios –los multimedios o conglomerados de prensa- precisamente los más idóneos para asumir roles de policía, fiscal y juez.

No por lo menos si contamos con que –de mínima- están denunciando aquello mismo que ya ellos han transitado, aquello que en todo caso detectan por conocimiento de causa, por propios pasos ya transitados con anterioridad.

Si tenemos medios que hay estafado a jubilados –ex beneficiarios de las AFJP-  vendiéndoles acciones por más de U$ 196.000.000 que al año sólo valían U$ 69.000.000 y recomprándoselas a ese valor; o tenemos medios que le deben a la AFIP -con cautelares y acordadas supremas afines- desde el año 2003 más de $ 4.000.000 que son -nada más y nada menos- de contribuciones patronales por nómina de empleados; la verdad hacer ruido ¡y mucho! que la toga del juez le calce como pretenden.

Si tenemos periodistas que facturaron más de $ 20.000.000 por encuestas que nunca realizaron ni para lo cual habían declarado la actividad en AFIP o siquiera estaban registrados como proveedores del estado; o contamos con otros que reciben aportes no reembolsables de gobiernos provinciales por más de $ 300.000 por un par de conferencias y charlas; la verdad, lejos de poder montarse como defensores de la ética y el antifraude debieran –por lo menos- llamarse a silencio monacal. Por lo menos en estos temas dejar de moverse por usinas y cornisas.

Lo extraño y para analizar –nos debemos más lecturas de sociología y psicología de masas- es el degradante papel que asume el tercer actor de la trilogía –la sociedad- rubricando el famoso apotegma de Gustave Le Bon “La masa es siempre intelectualmente inferior al hombre aislado. Pero, desde el punto de vista de los sentimientos y de los actos que los sentimientos provocan, puede, según las circunstancias, ser mejor o peor. Todo depende del modo en que sea sugestionada”.

Es decir -como círculo perfecto a cerrar- medios y multimedios son empresas, dirigidas por empresarios que tienen empleados o contratados –periodistas- que realizan para ellos la vital función de comunicar lo que es de interés para ellos mismos informar, en el momento concreto y con el enfoque preciso. Y ellos, que expuestamente son juez y parte aunque la sociedad inconscientemente se niegue a verlos con sus dos máscaras amén la propia realidad se lo demuestre todos los días desde hace décadas, se despojan rápidamente de un posible rol de acusado y sólo se muestran jueces de salomónica imparcialidad. Y con ellos –sabedores de su poder de sugestión- arrastran en la sentencia al jurado, papel que le encanta asumir a la sociedad en su conjunto –la masa de Le Bon-.

Por esto, ante un simple o complejo, o ante uno o muchos casos de corrupción política, el doble estándar de los jueces y jurados auto postulados es proverbial. Simplemente porque ninguno busca al otro actor contraparte del acto de corrupción. No sea que nos descubramos acusados o simples reos sujetos a juicio de otros. El juez supremo sigilosamente acusa y el jurado sugestionado asume enajenado el peso de dar sentencia.

Todo cierra. Individualmente sabemos cómo. Como sociedad es otro el cantar: no lo queremos ver, o no nos conviene.

4 thoughts on “A simple corrupción política, doble estándar social

  1. Qué claridad de observación y cuán mejor presentación de estado de situación.
    Excelente nota como ya nos estás acostumbrando Fernando.
    Gracias por apostar a pensar críticamente.
    Cordial saludo

    1. Gracias a vos por tu devolución Simón! La idea es pensar juntos, en voz alta y generar más y mejor pensamiento. En ese intento estamos

      Slds

  2. Gracias Damián una vez más.
    Cuando quieras, para sumar ideas e instalar diferentes puntos de vista… a charlar! Y que fluyan que en eso está el placer de pensar (si es que se quiere, como siempre digo. Porque por ahí genera obligaciones y toma de responsabilidades….)

    Slds!

  3. Cada vez más claro Fernando Flores DAscencao! De cuánto nos ahorrariamos si en los grandes medios se plantaran periodistas de esos que se dicen serios y respetables, a hacer su función mas allá del negocio de esos mismos medios que los contratan. Finalmente veriamos independiente al periodismo.
    Gracias Fernando por pensar y ayudarnos a hacer lo mismo!
    Cordial saludo a este nuevo medio también por dar lugar a estas nuevas voces

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